25 de junio de 1997

El Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
25 de junio de 1997


En mi anterior colaboración hablé acerca de la importancia de la divulgación de la ciencia. Mencioné también algunos de los criterios que, en mi opinión, ayudan a definir esta actividad.

En esta ocasión, como lo ofrecí entonces, quisiera hablar acerca de la única institución oficial que en nuestro país se dedica en forma exclusiva y específica a la divulgación de la ciencia: el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia (cucc) de la unam, en el cual tengo la satisfacción de laborar.

El cucc nace el 17 de abril de 1980, durante la gestión del rector Soberón, con los objetivos de “divulgar la ciencia dentro y fuera del ámbito universitario, desarrollando labores docentes y de investigación en el diseño sistemático y experimental de los planes y programas de difusión”.

Sus antecedentes son el Departamento de Ciencias de la Dirección General de Difusión Cultural de la unam, creado en 1970, así como el Programa Experimental de Comunicación de la Ciencia (pecc), de la Coordinación de Extensión Universitaria, que nació en 1977 y en el que también participaba la Secretaría de Educación Pública. Inicialmente el cucc estuvo adscrito a la Coordinación de Difusión Cultural, pero alrededor de 1988 fue transferido a la Coordinación de la Investigación Científica.

Durante todos esos años, la figura del doctor Luis Estrada, pionero de la divulgación de la ciencia en México, estuvo detrás de los esfuerzos, el entusiasmo y la continuidad del cucc. Siendo director de éste, como lo fue antes del pecc, Estrada logró conformar un pequeño grupo de personas que se dedicaron a comunicar a los universitarios, así como hacia el exterior de nuestra casa de estudios, no sólo los avances modernos, sino también los conceptos y la experiencia de lo que significa el quehacer científico.

Para ello se estableció una estructura “inspirada en los talleres medievales”. Siendo la divulgación de la ciencia una actividad que, más que enseñarse, se tiene que cultivar y desarrollar mediante la práctica, pareció adecuado en esos días trabajar mediante la experimentación y los ensayos razonados. Los hallazgos que se lograron, así como una actividad sostenida que alcanzó buen reconocimiento entre los universitarios fueron la mejor prueba del acierto del enfoque que el cucc siguió durante esta primera época.

Muchos de quienes hoy son reconocidos como los principales divulgadores de la ciencia en nuestro país colaboraron o fueron en algún momento parte del personal del cucc. Además de los divulgadores que formó en esa época, y que constituyen una “escuela” cuya influencia aún puede detectarse con facilidad, el cucc publicó durante varios años el boletín mensual Prenci. La famosa revista Naturaleza, nacida como Física en 1968 y que continuó publicándose hasta 1984, fue también producto de muchas de las personas que laboraban en el cucc.

A partir de 1989, bajo la rectoría del José Sarukhán, el doctor Jorge Flores Valdés asumió la dirección del cucc y reorientó sus actividades para lograr un mayor desarrollo y dinamismo, y a concretar uno de los proyectos de divulgación de la ciencia más grandes de nuestro país: la construcción de un museo de ciencias. Universum, producto de cuatro años de esfuerzo de un equipo mucho más amplio y diverso que el del cucc original, fue la semilla de una serie de museos de ciencias que comenzaron a abrir sus puertas en distintos lugares de la república. Hoy, después de haber sido visitado por varios millones de personas, especialmente jóvenes, constituye uno de los principales focos de contacto entre el público general y las diversas manifestaciones del conocimiento científico. Puede decirse con toda seguridad que la historia de la divulgación de la ciencia en México se divide en antes y después de Universum.

Por todo esto: por una gran cantidad de publicaciones periódicas y bibliográficas; por la experimentación y reflexión que llevaron a definir muchos de los criterios que todavía actualmente guían la actividad de divulgación de la ciencia; por una cantidad innumerable de charlas, conferencias, debates, exposiciones y cursos; por la formación de una escuela de divulgadores cuyos “nietos” continuamos todavía desarrollando e impulsando la comunicación de la ciencia al público amplio, así como su inclusión dentro la cultura general de la población; por la creación, finalmente, de Universum, así como del Museo de la Luz y el anexo del museo de Geología, próximo a inaugurarse; por todo esto y más, la labor del Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia de la unam constituye uno de los pilares fundamentales en la defensa y promoción de la actividad científica en nuestro país.

Así como se reconoce la importancia de fomentar la formación de científicos jóvenes y de apoyar a los grupos de investigación existentes para que crezcan y se multipliquen, debe quedar claro que la buena imagen y la comprensión que el público general tenga de la actividad científica resultará decisiva para el desarrollo de la ciencia en México. La divulgación de la ciencia es la mejor arma con que contamos para lograr este objetivo.

El cucc, como centro formador de divulgadores y como sitio de reflexión sobre dicha actividad ha cumplido con creces su cometido. Esperemos que en el futuro continuar con su labor en forma cada vez más amplia, profesional y exitosa.

11 de junio de 1997

La importancia de la divulgación de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
11 de junio de 1997


Es cada vez más generalizada la idea de que la ciencia es importante y que toda persona debe tener algunas nociones básicas de ella. Como he mencionado en otras ocasiones, la visión científica puede resultar inquietante o desagradable para algunas personas. Pero a pesar de que la ciencia tenga enemigos, o de que para la gran mayoría de nosotros pueda resultar aburrida, difícil y oscura, todo mundo comienza a estar convencido de que en la actualidad resultaría extremadamente difícil sobrevivir, y mucho menos llevar una “buena vida”, sin las ventajas derivadas del conocimiento científico y sus aplicaciones.

Querámoslo o no, la ciencia llegó para quedarse, y todos estamos en contacto, en mayor o menor grado, con sus productos y las interpretaciones que hace de la realidad que nos rodea. Pensemos sólo en las vacunas, los antibióticos, los transistores y las computadoras, los autos y aviones, los plásticos y los alimentos industrializados, la luz eléctrica, las grúas y la bomba atómica; o en la visión heliocéntrica del sistema solar, la visión darwinista de la evolución...

Desgraciadamente, mucha gente cree que la única forma en que puede estar en contacto directo con el conocimiento producto de la investigación científica es a través de la escuela y el estudio. Es decir, de la llamada “educación formal”.

La divulgación de la ciencia, área a la que me dedico y de la que encontramos diversos ejemplos cada quince días en Humanidades, constituye otra vía por la que la población de todos niveles e intereses puede conocer los conceptos e información que han cambiado la vida de nuestra especie (y de varias otras). La divulgación difiere de la enseñanza en que no pretende lograr un aprendizaje, sino que se esfuerza en presentar la visión científica del mundo a un público general. La primera meta de la divulgación es interesar a la audiencia (si no lo logra, no cuenta siquiera con una audiencia). Es posible entonces explicar los conceptos: mostrar la forma en que gracias a experimentos, inducción y una buena dosis de creatividad, discusiones y sudor, los investigadores científicos logran presentar modelos coherentes, armoniosos y funcionales de la realidad.

Resulta ambicioso pretender utilizar la divulgación para enseñar. Sin embargo hay numerosos divulgadores que, bajo el nombre de “enseñanza no formal”, buscan nuevas y mejores maneras de utilizar la divulgación de la ciencia como un complemento que llene algunas de las lagunas de la enseñanza escolarizada. Todo es válido, siempre y cuando se haga bien.

Pero, ¿qué importancia tiene comunicar la ciencia al público? ¿Se necesita realmente? ¿O se trata sólo de un entretenimiento, una curiosidad o un mero complemento de la cultura general? En realidad, cualquiera de estas respuestas podría ser adecuada, pero existen también argumentos que apoyan en forma mucho más sólida la necesidad de divulgar la ciencia amplia y vigorosamente.

Uno de ellos es la innegable necesidad que tiene toda sociedad de contar con investigadores que hagan ciencia, que busquen respuestas a nuevos y viejos enigmas. Cada día surgen problemas para los que hay que buscar soluciones, pero también cada día contamos con nuevos desarrollos e inventos científicos y tecnológicos que aparecen como consecuencia de investigaciones “básicas”, que “nunca iban a tener ninguna aplicación”. Y la única manera de contar con científicos es motivar a los jóvenes hacia el estudio de carreras de esta área.

Un segundo argumento para apoyar la necesidad de comunicar la ciencia al público es que todo miembro de una sociedad democrática requiere conocer al menos los conceptos científicos básicos antes de poder formarse una opinión informada y responsable sobre los temas en los que la ciencia está involucrada: el uso de la energía nuclear, la contaminación ambiental, el calentamiento global, la salud reproductiva, las nuevas epidemias y las nuevas tecnologías... no se puede actuar ni opinar siquiera sobre ninguno de estos temas si no se entienden al menos los fundamentos básicos que permiten interpretarlos.

Hay también un argumento cultural: la ciencia puede ser divertida, interesante y apasionante. Pero también es una de las más altas creaciones del intelecto humano, una que además de maravillarnos puede hacernos comprender cómo funcionan partes de la naturaleza. De otro modo, sólo podemos contemplarlas o admirarnos de su belleza, pero no entenderlas ni hacerlas nuestras. (Al pensar en esto recuerdo siempre cómo he envidiado a los músicos profesionales, que pueden disfrutar y entender la música de una manera que siempre nos estará vedada a los simples escuchas). Y, como beneficio adicional, este conocimiento podemos utilizarlo para mejorar nuestra vida. A riesgo de parecer chauvinista, ¿qué otra disciplina nos puede ofrecer tanto?

Todo lo anterior ha hecho que poco a poco surjan en todo el mundo personas y grupos dedicados a “popularizar”, “vulgarizar” o “divulgar” la ciencia. En nuestro país existe la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (somedicyt), que recientemente cumplió diez años. Entre otras cosas, la sociedad organiza desde hace seis años un congreso anual en el que los divulgadores nos reunimos a compartir información y a juntar ánimos y esfuerzos.

En la unam, por otro lado, existe el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia (cucc), única institución en el país dedicada por completo al desarrollo de esta actividad y a investigar las maneras de realizarla cada vez mejor. De ello hablaremos próximamente.

28 de mayo de 1997

Seudociencia, anticiencia y esoterismo

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
28 de mayo de 1997

Uno de los problemas que presentan las discusiones sobre la naturaleza de la ciencia es que, a la menor provocación, surgen personas que aprovechan las dudas sobre la verdad absoluta del conocimiento científico para afirmar que “la ciencia no tiene ningún valor” o que cualquier otra disciplina o forma de conocimiento, de la astrología al marxismo, pasando por la meditación trascendental, es tan “científica” como la física o la biología.

Antes de que el lector humanista (no hay que olvidar el nombre de nuestro periódico) crea que se halla ante uno de esos científicos soberbios que descalifican toda disciplina social o humanística por no compartir los métodos de las ciencias naturales, debo aclarar que al mencionar al marxismo pretendo solamente marcar una diferencia (bastante clara, por otro lado) entre disciplinas en las que las hipótesis pueden someterse a prueba mediante experimentos para descartar las menos útiles y conservar las más prometedoras, y otros campos en los que las teorías pueden fundamentarse en mayor o menor grado con hechos del mundo real, pero en las que la opinión y el pensamiento subjetivo tienen mucha más peso que en las que tradicionalmente llamamos “ciencias”. Dicho de otro modo: la imposibilidad de experimentar hace que la teoría marxista, al igual que el psicoanálisis, estén más cerca de la filosofía (o, en opinión del inmunólogo Peter B. Medawar, de la literatura) que de la ciencia. Lo cual no las hace ni mejores ni peores: sólo menos comprobables.

Decía pues que, en cuanto se menciona, como lo hice en la anterior entrega, que la ciencia no tiene el monopolio de la verdad ni el método infalible para llegar a ella, saltan los defensores de las pseudociencias, los enemigos de la ciencia y los creyentes de disciplinas esotéricas para reclamar un trato igualitario, como si las imperfecciones del método científico constituyera una prueba de la virtud de sus respectivas doctrinas. ¿Qué tiene esto de malo? Analicemos brevemente cada uno de estos casos:

Las seudociencias: Aunque el término tiene fuertes connotaciones negativas, tan pseudociencia es el marxismo como el creacionismo que niega la teoría de la evolución por selección natural, aduciendo pruebas “científicas” del origen divino de las especies. En ambos casos se trata de teorías, filosofías, creencias, pero no de ciencias. El psicoanálisis, por otro lado, se halla en una frontera en la que cuenta con defensores y detractores, que buscan otorgarle o negarle el codiciado título de ciencia. Lo mismo le sucede a la homeopatía.

Hace años, en uno de los Coloquios de Investigación que organiza semanalmente el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia, UNAM, escuché a un humanista (creo recordar que se trataba de Roberto Moreno de los Arcos) decir que disciplinas como la sociología, la historia y la psicología no tenían por qué aspirar a ser llamadas “ciencias sociales”; para él, el título de “humanidades” era no sólo más adecuado, sino más digno (y citaba la rima infantil: “yo no soy bonita ni lo quiero ser, porque las bonitas se echan a perder”). En realidad, el debate sería tonto (ningún daño hace que existan “ciencias” sociales, políticas, económicas o hasta de la administración, si así desean llamarse) si no fuera porque la falta de claridad en la frontera entre ciencia y no ciencia permite que visiones claramente erróneas, como la “ciencia creacionista”, pretendan obtener la aceptación acrítica del público con sólo mostrar supuestas credenciales “científicas”.

La anticiencia: Muchas personas sienten una inquietud o incluso una abierto rechazo ante los avances científicos. En algunos casos, la reacción es toma formas relativamente benignas (véanse, por ejemplo, los comentarios ante la derrota del campeón Kasparov por la computadora Deep Blue). Pero en otros, el temor y la ignorancia llevan a la satanización de todo lo que tenga que ver con la ciencia, y fomenta actitudes radicales como la oposición absoluta a cualquier uso de la energía nuclear, la destrucción de laboratorios en los que se experimenta con animales o el calificar a cualquier sustancia química de “veneno” (como si hubiera sustancias que no fueran químicas). La admisión de las debilidades del método científico sirve de argumento para los enemigos de la ciencia, que la descalifican y le niegan cualquier utilidad o aspiración de acercarse a la verdad.

Esoterismo y supercherías: Todos conocemos varios ejemplos de grupos, sectas, métodos o disciplinas que ofrecen desde buena suerte o predecir el futuro hasta transformar al creyente (normalmente, claro, mediante el pago de una respetable cantidad de dinero) en un superhombre. Cualquiera tiene derecho a creer en horóscopos, dianética, meditación trascendental o yoga. Pero no puede aceptarse que este tipo de disciplinas se presenten a sí mismas como “científicamente comprobadas”, o que contradigan hallazgos científicos validados en la práctica y respaldados por teorías serias y coherentes. Este tipo de pretensiones permiten que existan casos extremos (y peligrosos) como los de presidentes de los Estados Unidos (los del norte, no los mexicanos) que sigan los consejos de un astrólogo para guiar la política de la nación.

Por todo esto hay que dejar claro que, aunque la objetividad total sea una meta inalcanzable y aunque la ciencia no garantice verdades absolutas ni pretenda dar soluciones infalibles, hay una distancias insalvable entre ella y disciplinas que, por sus naturalezas y métodos, no necesitan (ni deben) presentarse como “científicas”. ¿Dónde estaríamos si de pronto a los artistas se les comenzara a exigir que produjeran obras “científicamente comprobadas”?

14 de mayo de 1997

Ciencia y objetividad

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
14 de mayo de 1997


Hace poco un querido amigo me preguntó con gesto preocupado, después de leer algunos de mis escritos, si “acaso tenía yo algún tipo de cruzada personal contra de la objetividad de la ciencia”.

Su pregunta me resultó comprensible, pues habíamos estado discutiendo acerca de las diversas ciencias y sus métodos para acercarse a la realidad, y tratábamos de aclarar en qué se distinguen de otras disciplinas como las religiones, las pseudociencias y las “filosofías” tipo new age y similares. Yo había expresado opiniones que se alejan del canon anticuado y positivista que se enseña a los alumnos de primer semestre de las carreras científicas (por ejemplo en los libros de Carlos Bunge), lo cual provocó la inquietud de mi interlocutor.

Pero yo también me sentí inquieto, pues mi amigo, químico como yo, se sintió obligado a preguntarme si creía en la existencia de una realidad objetiva “ahí afuera” de nuestras conciencias. Aclaro que me apresuré a responder afirmativamente. ¿Qué caso tendría seguir preocupándonos de cualquier cosa, mucho menos hacer ciencia, si no fuera así?

Con esto, mi amigo no sólo se tranquilizó, sino que comenzó a leer un estupendo libro de introducción a la filosofía de la ciencia (¿Qué es esa cosa llamada ciencia? de Alan F. Chalmers, Siglo XXI, México, 1984). Me pregunto, sin embargo, cuánto tiempo más pasará sin que los científicos (en general) se preocupen por conocer aunque sea un poco sobre esta apasionante área, vital para cualquiera que se interese en la ciencia, ya no digamos que viva de (o para) ella.

¿Por qué decimos que el conocimiento científico es más cierto, más seguro o al menos más útil que el adquirido por otras vías? ¿Cómo puede justificarse su validez o “verdad”? Éste es el problema central de la filosofía de la ciencia. A primera vista se antoja decir que la investigación científica, al basarse en observaciones desprejuiciadas (“objetivas”) y experimentos rigurosos, complementados con un inflexible método inductivo (generalizando a partir observaciones individuales para llegar a reglas generales), simplemente descubre las leyes de la naturaleza. En esto, como leí recientemente en la solapa de algún libro, los científicos siempre han pretendido distinguirse de los practicantes de otras disciplinas: “el conocimiento científico”, dicen, “no se construye, sino que se descubre”. Desgraciadamente, la cosa no es tan simple.

Yo descubrí el interesante librito de Chalmers hace más de diez años (gracias a que Ruy Pérez Tamayo lo mencionó durante un ciclo de conferencias). Aunque jamás osaría considerarme ni remotamente cercano a ser un especialista en el tema (¡hay doctores en filosofía de la ciencia!), me duele pensar que prácticamente ninguno de los investigadores científicos que conozco saben o se interesan siquiera por aprender algo al respecto.

Y no me extraña: muchas de las ideas que se encuentran al entrar en este campo son inquietantes (al menos para quienes tenemos una formación en las “ciencias naturales”; los científicos sociales, historiadores y sociólogos parecen hallar un placer casi morboso en discutir acerca de los problemas que tiene la ciencia para demostrar su objetividad).

Se topa uno con demostraciones de la imposibilidad de tener un acceso directo a la realidad (siempre se interpondrán nuestros sentidos) y aún de confiar plenamente en el método inductivo (que algo suceda muchas veces no es prueba lógica de que sucederá siempre).

También se descubre que las tentativas por rellenar estas lagunas (como el falsacionismo de Karl Popper) son sólo intentos fallidos, y se llega a las concepciones relativistas-históricas de Thomas Kuhn: lo que establece la verdad o falsedad de una teoría es únicamente el consenso de la comunidad científica. Su libro La estructura de las revoluciones científicas (Breviarios del Fondo de Cultura Económica, México, 1971) será para mí siempre un clásico. Por desgracia, y para vergüenza suya, parece que Kuhn negó siempre ser un relativista, resistiéndose a ver que la palabra no necesariamente debe tener connotaciones negativas (¡ups!, quizá proyecté demasiado obviamente dónde están mis simpatías...)

Las ideas “anarquistas” y radicales de Paul Feyerabend están quizá mucho más allá del límite como para inquietar realmente a un investigador científico, pero resulta sorprendente el simple hecho de que se pueda argumentar en forma sólida y coherente que en ciencia “todo vale” y que el conocimiento científico es tan válido como la lectura de las líneas de la mano.

En un libro posterior (La ciencia y cómo se elabora, Siglo XXI, Madrid, 1990), Chalmers trató de suavizar el tinte relativista muchos creyeron ver a su primer libro... con muy poco éxito. De hecho, en mi opinión su segundo intento no hizo sino restar fuerza al primero. Aun así, es comprensible que ni científicos ni filósofos de la ciencia quieran proporcionar armas que los partidarios de la pseudociencia y aún la anticiencia puedan usar en contra uno de los productos más acabados del intelecto humano.

Hay una distancia insalvable entre decir que la ciencia no es totalmente objetiva y que el conocimiento científico consiste en modelos sujetos a revisión y adaptación continua, y afirmar que “si algo parece real, es real” o que “nosotros creamos nuestra propia realidad”. La realidad no se amolda a nuestras creencias ni deseos, aunque nuestras interpretaciones y modelos de ella sí puedan hacerlo. Lo indudable es que la ciencia funciona: ahí tenemos a la tecnología, la medicina y tantas otras áreas de su aplicación para probarlo. Evitar que la ciencia se convierta en un dogma no es estar en su contra, sino desear conocerla mejor. ¡Si tan sólo los científicos lo supieran..!

2 de mayo de 1997

Di sí ala ciencia ficción

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
2 de mayo de 1997


En mi anterior colaboración, hablando de ciencia ficción, usé algunas expresiones como “productos comerciales de segunda” y “ciencia ficción barata” al referirme a La guerra de las galaxias y Viaje a las estrellas. Como no quisiera quedar como alguien que no aprecia la ciencia ficción (por el contrario, soy aficionado), he decido comentar aquí algunas de mis opiniones respecto a este género.

En primer lugar, hay que pensar qué tan conveniente resulta el nombre mismo: algunos afirman que “ciencia ficción” es una mala traducción del inglés science fiction, y que deberíamos referirnos al género como “ficción científica”. Otros consideran mejores términos como “relatos de anticipación” o hasta engendros como “fantaciencia”. Yo me inclino por aceptar los hechos consumados, así que usaré “ciencia ficción”.

Como segundo punto habría que definir el género, lo cual a primera vista parece fácil. Aparte de los dos ejemplos ya mencionados, tenemos novelas como 2001: Odisea espacial, de Arthur C. Clarke; la trilogía de Fundación, de Isaac Asimov; la serie de Dune, de Frank Herbert, y las novelas de Larry Niven, Orson Scott Card y muchos, muchos otros ejemplos (no habría aquí espacio para mencionarlos, además de que -la aclaración sobra- no soy un experto en el campo). Todos estos son reconocidos amplia y claramente como productos de ciencia ficción. Pero hay otros casos en que la distinción no es tan clara, como cuando hablamos de programas de TV como Mi marciano favorito, Perdidos en el espacio o Mork y Mindy, o de novelas en que las referencias a aspectos científicos y tecnológicos se mezclan con lo sobrenatural o lo francamente fantástico -como, hadas, duendes y dioses. Las obras de H. G. Wells se consideran generalmente ejemplos clásicos de ciencia ficción, pero no así las de Julio Verne (tendría que escribir “Jules Verne” pero yo siempre lo conocí como Julio). ¿Es Frankenstein una novela de ciencia ficción, o de terror? Supongo que depende del interés del lector.

Quizá lo que habría que hacer es definir las reglas para hacer ciencia ficción. Esto nos lleva al problema central del que quiero hablar: la distinción entre “buena” y “mala” ciencia ficción. Pero permítame el lector no usar términos tan (para no desperdiciar la cacofonía) terminantes. Hablemos mejor de ciencia ficción “rigurosa” (lo que los gringos llamarían hard) y ciencia ficción “laxa” o “comercial” (soft). El gran maestro Asimov (no le digo así por veneración personal -aunque ganas no me faltarían-, ni tampoco fue masón; se trata de un título que la comunidad de ciencia ficción de los EUA confiere a los más grandes exponentes del género) describía más o menos así las reglas del juego. Para hacer ciencia ficción rigurosa:

1) Se toma una situación “real” y se plantea un aspecto científico, sólo uno, en que el mundo del relato difiera del nuestro. ¿Ejemplos? Una Inglaterra de principios de siglo en la que un hombre construye una máquina para viajar al pasado o al futuro; una colonia de humanos en la Luna, dentro de algunos años o siglos; un hombre que logra volverse invisible; una Tierra en la que toda la población vive en cuevas subterráneas, lejos de luz del Sol; una sociedad que cuenta con robots cada vez más perfectos; un mundo en el que el agua es un recurso más raro que el oro.

2) A continuación, se extrapola, en forma realista, para explorar las consecuencias que tendría sobre la situación ese aspecto distinto. Pero el chiste es no “sacar conejos del sombrero”: aparte de ese “algo” sorprendente que plantea el escritor, todo lo demás debe resultar “normal” y creíble. Aquí es donde productos como La guerra de las galaxias quedan fuera del juego de lo riguroso y se vuelven comerciales: en ellos, siempre puede aparecer otro aspecto inesperado, muchas veces en el momento preciso para salvar al héroe. Es un poco como escribir una novela de detectives en la que, en el momento en que lo necesitara, el escritor hiciera aparecer un recurso o personaje nuevo para resolver el misterio (recordemos el famoso baticinturón de Batman).

Uno de los aspectos que más se le ha criticado a La guerra..., por ejemplo, es el uso de “la fuerza”, ese poder místico que proporciona habilidades sobrenaturales a los caballeros Jedi. ¿No se trataba de una película de ciencia ficción? ¿Por qué meter entonces esa fuerza misteriosa? Lo cual no le quita nada de lo divertido o entretenido que pueda resultar la película, por supuesto... sólo que no es ciencia ficción; no rigurosa, al menos. No de la que los expertos consideran verdadera ciencia ficción.

Asimov, y muchos de sus colegas, opinan también que la ciencia ficción fomenta que la población conozca y entienda los conceptos y avances científicos y tecnológicos, es decir, que en cierto modo se trata de un medio de divulgación de la ciencia. Una razón más para apoyarla.

¿Cuál es el panorama en México? Existe una sociedad de aficionados a la ciencia ficción (de hecho, he oído que van a tener un congreso a principios de mayo en el D. F.); también hay al menos una revista que puede conseguirse en tiendas como Sanborns: la revista Asimov, que en parte traduce material de la edición original en inglés y en parte presenta el trabajo de autores mexicanos del género. Y no olvidemos los dos o tres premios para cuentos de ciencia ficción que existen en el país. Es más, hay hasta algunos intentos de hacer ciencia ficción en el cine, como La invención de Cronos. Lo siento: las viejas películas del Santo, con sus marcianos pintados de plateado, no cuentan...

16 de abril de 1997

¿Locos por la ciencia? Como no explicar una tragedia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
16 de abril de 1997

El viernes 28 de marzo le pregunté a una amiga astrónoma, que no suele leer el periódico, si me creería que dos días antes 39 personas se habían suicidado porque estaban convencidas de que tenían que abandonar sus “envases” corporales para ir a reunirse con los extraterrestres que tripulan una nave que viaja escondida detrás del cometa Hale-Bopp. Por supuesto, me dijo que no.

Se equivocaba, como todos ya sabemos. La noticia ocupó las primeras planas de los periódicos y se comentó en noticieros y revistas. Pero, además de lo lamentable del suceso mismo, fue muy preocupante ver cómo los medios informativos comenzaron inmediatamente a ofrecer posibles “explicaciones”, a cuál más absurda y tendenciosa, de cómo Marshall Applewhite, líder de la secta “Puerta del cielo” pudo convencer a 39 seres humanos normales y libres de que aceptaran morir en aras de sus fantasías interplanetarias. Encabezados del tipo “Suicidio por internet”, “El líder era homosexual”, “El cometa de la muerte” o “¡Viaje a las estrellas!” sólo contribuyen a fomentar en el público desinformado conceptos erróneos y prejuicios que, lejos de evitar este tipo de desgracias, ayudan a diseminar de las ideas que las provocan y ofrecen un terreno fértil para que florezcan la superstición, la fantasía desbordada y el fanatismo.

Comentemos, pues, que hay detrás de algunas de estas explicaciones.

"La información científica puede ser peligrosa." Se podría argumentar que los suicidios de San Diego fueron una consecuencia de la avalancha de “propaganda” científica en que vivimos sumidos y que, de alguna manera, el tratar de asimilarla condujo a las absurdas interpretaciones que causaron esas muertes. El exceso de confianza y la soberbia de muchos científicos, que resultan molestas y preocupantes para humanistas, artistas y en general para el resto de los mortales, ocasionan un rechazo a la ciencia y facilitan que se llegue a conclusiones como ésta.

Es cierto que muchas veces los científicos exageran al afirmar que el conocimiento científico es absolutamente “cierto” y “objetivo”. A veces llegan a descalificar, prejuiciosamente, todo conocimiento al que se llegue por medios distintos a la investigación científica (y no me refiero a revelaciones místicas, intuiciones o adivinación, sino a tradiciones, reflexiones, interpretaciones históricas, sociales o artísticas, etc.). Este tipo de actitud se conoce como “cientificismo”, y es una de las causas de rechazo irracional que mucha gente siente ante la ciencia.

Pero en el caso que nos ocupa, sin embargo, el que un grupo de fanáticos haya escogido a una simple bola de hielo que viaja por el espacio como la “señal” que esperaban para morir no puede achacarse a un exceso de información científica. Por el contrario, refleja una falta de información y de comprensión acerca de lo que los científicos saben sobre los cuerpos celestes.

“La ciencia-ficción tiene una influencia perniciosa.” Los testimonios de las “víctimas” (?) sobre su afición a “La guerra de las galaxias”, “Viaje a las estrellas” y demás productos gringos de ciencia ficción barata apoyan esta opinión. En realidad, la buena ciencia ficción fomenta la mejor comprensión de la información científica auténtica, no la creencia en supercherías acerca de extraterrestres. Pero incluso los productos comerciales de segunda (como los mencionados) se ofrecen sólo como fantasía y entretenimiento. Culparlos de estas muertes equivaldría a decir que “Romeo y Julieta” debe prohibirse, pues puede causar suicidios entre los enamorados.

“El líder era homosexual” (y por tanto, estaba loco). La realidad es exactamente lo contrario de lo que parece indicar este tipo de opinión. El líder era un homosexual reprimido, y por eso (entre otras cosas, seguramente) buscaba evadir la realidad a través de la fantasía. Un encabezado más adecuado hubiera sido algo así como “Los peligros del clóset”. En efecto, Marshall Applewhite se avergonzaba de su homosexualidad, y recurrió a una clínica para tratar de “curarse”. Las notorias prácticas represivas que buscaban eliminar todo rastro de sexualidad entre sus discípulos (llegando incluso hasta la castración para “eliminar los impulsos animales”) revelan el temor que tenía a aceptar su propia realidad, a la que trató de escapar mediante sus disparatadas fantasías. Probablemente, si hubiera logrado superar su homofobia y reconciliarse consigo mismo, aceptándose como un ser humano libre para vivir su sexualidad en la forma que lo deseara, hubiera sufrido menos y hubiera causado menos daño.

“El primer suicidio por internet.” Ésta es una expresión del prejucio de que la “demasiada libertad” o el “exceso de información” pueden ser peligrosos. Las sociedades parecen tener un gran temor al libre flujo de las ideas, que se refleja especialmente en los varios intentos que se están haciendo para limitar la transmisión de información a través de la red (por ejemplo, el debate acerca de la pornografía en internet que se está dando en los Estados Unidos). La secta de Applewhite difundió sus ideas en la red, pero culpar a ésta de las muertes sería como culpar a las carreteras de los miles de muertes que se producen cada año en ellas.

Mi opinión, que además de resumir lo que he querido expresar en esta nota, es que la realidad es más complicada, y las causas de esta tragedia no pueden reducirse a este tipo de ideas simplistas. La única arma con que contamos para combatir los prejuicios, el fanatismo y, en general, la ignoracia, es la educación. La libre difusión y, sobre todo, la discusión razonada de todo tipo de ideas científicas, humanistas, artísticas, religiosas y de todo tipo es el único antídoto que conocemos contra el totalitarismo y la censura, que sólo ponen nuestras mentes a merced de fanatismos y fantasías los cuales, si no nos llevan al suicidio, sí pueden acabar con lo más valioso que tenemos: nuestra capacidad de creación, crecimiento y desarrollo como personas y como seres humanos.

2 de abril de 1997

La amenaza de las clonas humanas

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
2 de abril de 1997

Para Raúl, que ya está harto de oír hablar de Dolly

La incomprensión hacia la ciencia se manifiesta de diversas maneras. Una de ellas es la visión de todo avance científico y técnico como una amenaza potencial de la que hay que protegerse; un paso más en la deshumanización de nuestra sociedad Esta imagen frankensteiniana de la ciencia, reforzada por bombas atómicas y contaminación química, se presenta hoy encarnada (paradójicamente) en una mansa oveja llamada Dolly, que aparece incesantemente en periódicos y noticieros.

Dolly fue producida, como es sabido, por clonación a partir de una célula de una oveja adulta, y el hecho de que haya llegado a la madurez en perfectas condiciones de salud abre la posibilidad de lograr lo mismo con seres humanos. Esto ha provocado las más variadas reacciones, desde declaraciones de científicos que abogan por la prohibición o reglamentación estricta hasta protestas desde el vaticano, que considera (otra vez) francamente escandaloso que el ser humano “juege a ser dios”.

Aunque no pretendo explicar una vez más en qué consiste la técnica ni los beneficios que nos puede proporcionar (esta información está disponible para todo mundo en estos días), quizá convenga hacer algunos comentarios generales sobre el asunto.

La palabra clonar (no “clonizar” ni “clonificar”, como se ha dicho en algunos periódicos) se deriva del griego klon, que significa rama o retoño. En biología, clonar significa producir un organismo que tenga exactamente la misma información genética que otro. Esto es lo contrario de lo que sucede cuando interviene el sexo, cuya principal función biológica es mezclar los genes de los padres para producir nuevas combinaciones que puedan resultar más exitosas (en pocas palabras, acelerar la evolución).

La reprodución de una viña o de un rosal por medio de ramitas o “piecitos” es precisamente un proceso de clonación. Las rosas de las florerías, por ejemplo, son producto de complicadas cruzas, y se reproducen por clonación: si se permitiera que se reproducieran sexualmente, los genes seleccionados con tanto cuidado se revolverían, perdiéndose la perfección de las rosas.

Como se ve, esto de la clonación no es tan novedoso, ni siquiera respecto a los animales: ya en 1962 se había logrado clonar artificialmente ranas, y en 1981 se clonaron ratones. En cada uno de estos casos la noticia causó alarma y se levantaron voces de protesta, pero se seguía teniendo el consuelo de que la clonación humana aún estaba lejos.

¿Por qué resulta tan inquietante la posibilidad de clonar humanos, y por qué no creo que haya que preocuparse tanto? Octavio Paz, en La llama doble, escribe:

“La idea de ‘fabricar mentes’ lleva espontáneamente a la aplicación de la técnica industrial de la producción en serie: la fabricación de clones (...) De acuerdo con las necesidades de la economía o la política, los gobiernos o las grandes compañías podrían ordenar la manufactura de este o aquel número de médicos, periodistas, profesores, obreros o músicos. Más allá de la dudosa viabilidad de estos proyectos, es claro que la filosofía en que se sustentan lesiona en su esencia a la noción de persona humana, concebida como un ser único e irrepetible.”

Pero un momento: el que técnicamente sea posible producir clonas (o clones) humanos no quiere decir que podamos duplicar personalidades, ni aptitudes intelectuales. No se pueden “fabricar mentes”, pues está ya más o menos claro que la personalidad y las acciones de una persona no están determinadas por los genes, o al menos no en un grado importante.

Es deseable, sí que se comience a trabajar en legislaciones y reglamentos para evitar malos usos, entre ellos la remota posibilidad de producir legiones clonadas de obreros similares a los “épsilon” tontos y sumisos de la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley (aunque esto resultaría mucho más costoso y difícil que simplemente esclavizar ¾física o económicamente¾ al número necesario de personas nacidas en la forma usual; la tecnología para lograrlo la tenemos desde los albores de la civilización).

La otra posibilidad, la de la “clona de Hitler”, no tiene mayor interés, pues se trataría de otra persona, aunque con un cuerpo idéntico.

Por otro lado, la excesiva reglamentación de nuevas tecnologías a veces resulta exagerada, como sucedió durante el debate sobre la mal llamada “ingeniería genética” en los setentas. Fue útil, pero las temidos monstruos que la nueva tecnología hacía posible nunca llegaron (afortunadamente).

En pocas palabras, no tenemos por qué culpar a la ciencia del mal uso que podamos hacer de ella. Tampoco debemos creer que al esconder los descubrimientos que nos inquieten podremos hacer que desaparezcan, ni sustraernos a la responsabilidad de usarlos correctamente. Después de todo, para matar a alguien puede usarse una pluma fuente, pero nadie pensaría en prohibirlas para evitar su mal uso.

En cuanto a los problemas religiosos (como la cuestión de la repartición de almas entre clonas) o éticos (por ejemplo, la producción de cuerpos idénticos como fuente de órganos para transplantes al original), supongo que tendrán que irse resolviendo sobre la marcha. No será la primera ocasión en que un avance científico ponga a pensar a humanistas y filósofos, y si eso logra cerrar un poco la brecha que existe entre ellos y los científicos y tecnólogos, el resultado habrá valido la pena.