17 de septiembre de 1998

Cómo buscar extraterrestres

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en septiembre de 1998)


En la entrega pasada hablábamos de la discusión sobre las supuestas pruebas de vida microscópica marciana presentes en la roca alh84001, proveniente del planeta rojo. La balanza, comentábamos, se inclina a favor de la posición parsimoniosa de esperar a tener pruebas más concluyentes antes de decretar que hay (o hubo) vida en otro planeta.

Aunque a todos nos puede decepcionar un poco esta actitud, es la más congruente con la actitud científica. (Digo “actitud científica” y no “método científico” porque éste último es una abstracción inexistente: la receta de cocina de “observación, hipótesis, experimentación, comprobación, teoría, ley...” no sólo es tonta sino falsa. Ningún científico trabaja así. Pero eso es tema para otra ocasión.)

En general, cuando los científicos no pueden recurrir a pruebas o experimentos, suelen sujetarse al dictado de un antiguo filósofo y monje franciscano inglés, que vivió de alrededor de 1285 a 1350: Guillermo de Occam, el famoso maestro del protagonista de la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa. El principio filosófico por el que más se le recuerda, la llamada “navaja de Occam” o ley de parsimonia, aconseja que, en igualdad de circunstancias, debe elegirse la explicación más sencilla para un fenómeno, o como lo expresó el mismo Occam, “no se deben multiplicar innecesariamente los entes (explicaciones)”.

Puede parecer poca cosa, pero la vieja navaja de Occam no parece perder su filo con el tiempo. Es ella la que muchas veces nos permite rasurar las molestas pelusas de la pseudociencia y las hipótesis inútiles ahí donde los razonamientos y las “pruebas” se estrellan con la imposibilidad de comparar concepciones distintas de la realidad (la famosa “inconmensurabilidad de los paradigmas” de la que hablaba el filósofo Thomas Kuhn).

Volviendo, pues, a los microbios marcianos, hasta el momento resulta más sencillo suponer que los minerales de carbonato, las partículas de magnetita y los hidrocarburos policíclicos presentes en la piedra marciana, al igual que las estructuras microscópicas en forma de bacteria, fueron producidas por procesos geológicos y químicos, y no por supuestos seres vivos.

¿Qué nos hace pensar que esta explicación sea “más sencilla” que la de simplemente aceptar que pudo haber bacterias vivas en Marte hace 4,500 millones de años? Varias razones: en primer lugar, no tenemos otras pruebas que indiquen la presencia de vida en ese planeta. En segundo, aunque existen bacterias terrestres que podrían sobrevivir y quizá hasta proliferar en un ambiente como el marciano, esto no quiere decir que haya habido ahí condiciones propicias para la aparición de la vida.

Esta es una falacia a la que parecen ser propensos últimamente los astrónomos: encuentran un ambiente en el que tal vez haya agua líquida (como en Europa, el satélite de Júpiter) o algunas otras condiciones en las que algunas bacterias terrestres podrían sobrevivir, y declaran el lugar como “candidato para albergar vida”.

Yo tiendo a pensar que, aunque los astrónomos sí saben que la vida no surge así como así en cualquier lado (aunque hay quien sostiene que el cosmos está lleno de meteoritos que “siembran” vida por todos lados), suelen incorporar especulaciones como ésta a sus proyectos de investigación por la sencilla razón de que, como el tema está de moda, así recibirán más apoyo. Hoy en día, cualquier investigación astronómica que huela a vida resulta atractiva.

¿Habrá alguna forma de distinguir, en forma rápida y sencilla, la presencia de vida en otros mundos? El biólogo molecular francés Jacques Monod se hizo la misma pregunta en los años sesenta. Concluyó que es casi imposible distinguir la vida por muchas de las características que comúnmente asociamos con ella: existen entidades no vivas que se “reproducen” y crecen (como los cristales, o los robots); otras que realizan un “metabolismo” para obtener energía para realizar sus funciones (como las máquinas), otras que presentan respuestas a los estímulos de su ambiente... en fin, luego de considerar varias posibilidades Monod llegó a la conclusión de que la única característica realmente única de la vida era lo que él llamó “teleonomía”: la cualidad de estar aparentemente diseñadas para un propósito en especial. Así, un ojo parece estar “diseñado” para ver; una mitocondria, para oxidar moléculas de alimento y aprovechar la energía liberada, etcétera.

La solución de Monod, sin embargo, no resulta totalmente satisfactoria, y ciertamente sería difícil utilizarla para detectar vida en otros planetas. En la próxima ocasión hablaremos de otra propuesta más prometedora para distinguir un planeta habitado de otro desierto.

2 de septiembre de 1998

¿Y qué pasó con los microbios marcianos?

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 2 de septiembre de 1998)


Una de las desventajas de la ciencia es que, en muchas ocasiones, no puede asegurar nada con un cien por ciento de certeza.

Tomemos, por ejemplo, esos frecuentes debates televisivos en los que algún locutor o locutora, frecuentemente con acento cubano, siente de un lado a una serie de científicos “serios”: astrónomos, biólogos y demás. Del lado opuesto se hallan “expertos” en ovnis, extraterrestres y complots de los gobiernos por ocultar la evidencia de los mismos.

¿Qué es lo que normalmente sucede? Que los científicos hacen el ridículo, con sus afirmaciones llenas de expresiones como “tal vez”, “probablemente”, “no se sabe aún”, “no es posible asegurarlo”, “hasta donde sabemos”, etcétera.

En cambio, los “ovniólogos” (y aquí no puedo dejar de visualizar, no sin cierto estremecimiento, los ojos húmedos y enrojecidos de Jaime Mausán) cuentan con el aplomo que sólo puede tener quien ha construido alrededor de su intelecto una coraza tan gruesa que ni la duda ni las razones en contra pueden penetrar. Afirman tajantemente que las constantes visitas de extraterrestres a nuestro planeta están “científicamente comprobadas”. Cualquier evidencia en contra es rechazada con argumentos ad hoc: sacados de la manga especialmente para el caso. En caso de que no haya suficiente información para comprobar alguna de sus afirmaciones, alegan que las pruebas han sido ocultadas por gobiernos que no desean que el público se entere de los tratos que tienen con los extraterrestres. (No, no estoy haciendo propaganda para la película “Los expedientes X”, que no he visto.)

El problema, claro, es que los científicos se empeñan en respetar la verdad: aun cuando la fiabilidad de un dato sea aceptada por prácticamente toda la comunidad científica, rara vez pueden afirmar que “está absolutamente comprobado”.

Bien, pues recientemente han salido a la luz los resultados de un largo debate en el que los creyentes en la existencia de extraterrestres tuvieron que defender su posición ante los cuestionamientos de científicos escépticos. Sólo que esta vez los miembros de ambos bandos eran científicos serios, y los extraterrestres cuya existencia se ponía en duda eran -supuestamente- antiguas bacterias marcianas.

El origen del debate -como recordarán quienes estén pendientes de las noticias científicas- fue una roca hallada en la Antártida, con una antigüedad de 4,500 millones de años. Dicha roca, aparentemente, fue despedida desde la superficie de Marte debido al choque de un meteorito, y vino a caer en nuestro planeta hace 13 mil años. La roca fue hallada en 1984 y, recientemente, se hallaron en ella vestigios que parecían indicar la presencia -hace miles de años- de vida microscópica en el planeta rojo.

¿Cuáles son las evidencias? Básicamente, la presencia de minerales de carbonato, del tipo que es común hallar en sitios donde hay o hubo vida; unos microscópicos granos de magnetita, mineral que se encuentra en algunas bacterias terrestres; ciertas moléculas orgánicas -conocidas como hidrocarburos aromáticos policíclicos- que frecuentemente se forman a partir de restos de materia viva y, finalmente, unos supuestos microfósiles de bacterias: estructuras microscópicas con forma de twinky wonder que son notablemente semejantes a las modernas bacterias terrestres.

Desgraciadamente, ninguna de estas evidencias es definitiva. A pesar de lo que decía el detective Auguste Dupin, antecesor de Sherlock Holmes creado por Edgar Allan Poe, no siempre la acumulación de suficiente evidencia circunstancial basta para comprobar la veracidad de una hipótesis. Resulta que el carbonato se deposita no sólo en donde haya vida, sino en cualquier lugar que presente, por ejemplo, las condiciones de acidez suficientes para provocar la precipitación. Lo mismo puede decirse de las demás evidencias: la magnetita tampoco se forma sólo como resultado de la acción de seres vivos, y los cristales hallados en la roca marciana -conocida como alh84001-, a diferencia de los que contienen las bacterias terrestres, presentan imperfecciones. Los hidrocarburos policíclicos también pueden hallarse en meteoritos y, por tanto, pueden formarse por procesos inorgánicos. Y los supuestos microfósiles, además de ser mucho más pequeños que las bacterias terrestres, pueden también muy bien ser simples depósitos minerales.

Independientemente de esto, las búsqueda de vida en Marte -y en otros mundos- continúa, y ha recibido impulso gracias al prematuro anuncio de las “pruebas de vida en Marte”, hecho por el geoquímico David S. McKay. Aunque muchos han criticado la prisa con que McKay dio a conocer sus “hallazgos”, comparándolo incluso con el chasco-fraude científico de la fusión fría, lo cierto es que la posibilidad de vida, aunque fuera microscópica y extinta, en el vecino planeta dio un impulso muy necesario al interés de la nasa en la exploración espacial.

Sin embargo, también hay un lado negativo: muchos investigadores de la vida extraterrestre han comenzado a hacer suposiciones poco sólidas sobre la gran posibilidad de hallar vida en otros mundos sólo porque hay condiciones similares a algunos medios terrestres en los que existen seres vivos. Continuaremos hablando de este tema.

20 de agosto de 1998

Aborto

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en agosto de 1998)


La discusión de moda últimamente es, sin duda, y quizá por encima de la del fobaproa, lo de Chiapas y la designación del nuevo embajador gringo, la que se ha dado sobre el aborto. La única diferencia -y la razón por la que elegí hablar hoy de ese tema- es que sobre el aborto, a diferencia de las otras cuestiones, la ciencia sí tiene algo que decir.

Hagamos un breve recuento de la situación. Todo el problema comenzó cuando algún tipo de célula, que durante millones de años se había venido reproduciendo por bipartición, decidió cambiar de método y colaborar con otra de la misma especie para, mezclando sus genes, lograr una mayor diversidad genética. El resultado fue no sólo una mayor versatilidad en las respuestas que sus descendientes pudieron ofrecer a los retos del ambiente (lo que el filósofo Karl Popper llamaba los “problemas” que el ambiente plantea a los seres vivos), sino que la evolución del nuevo organismo “sexual” podía ser más rápida.

Así es: el sexo, lejos de ser una fuente de pecado diseñada especialmente para hacer sufrir a las almas débiles y poner a prueba a los aspirantes a santidad, es la forma que tiene la naturaleza para acelerar la evolución de los seres vivos (si insiste usted en ser antropocentrista, ponga aquí “la madre naturaleza”). Incluso quienes pensábamos que el objetivo del sexo era producir placer nos vemos forzados a aceptar que todas esas sensaciones maravillosas no son sino accesorios de lujo con los que la naturaleza nos manipula -como corresponde a toda madre que se respete- por nuestro propio bien. En este caso, para garantizar que nuestros egoístas genes sobrevivan y sigan transmitiéndose de generación en generación.

A partir de la aparición del sexo, los órganos, instintos y demás infraestructura biológica necesaria para garantizar la reproducción de los individuos continuaron evolucionando. En algún momento a lo largo de nuestra rama del frondoso árbol evolutivo, aparecieron comportamientos y formas de relación asociados al sexo. De ahí a la aparición del amor y el deseo, así como de tabúes, mitos y prohibiciones no hay un gran trecho. Queda el misterio de cómo algo que originalmente servía para garantizar la supervivencia de las especies puede llegar a convertirse en una gran fuente de angustia, represiones e infelicidad para tantas personas (en parte gracias al catolicismo, religión para la que, por algún motivo, todo lo relacionado con el sexo es aborrecible).

Bueno: una vez existiendo el sexo y el ser humano, algunas veces ocurre que una mujer queda embarazada sin desearlo. ¿Qué hacer? Tal vez es demasiado joven y tiene planes que se frustrarían si tiene al bebé; tal vez el padre ha desaparecido, dejándola sola con “su” problema. Tal vez no tiene dinero, y sabe que si nace, su hijo sufrirá hambre y tal vez muera. Tal vez fue violada y el odio que siente hacia su agresor le impide relacionarse con el nuevo ser que se desarrolla en su interior. En todos estos casos, el aborto es una alternativa que nuestra mujer considerará, independientemente de lo que le hayan enseñado y de lo que opine la moral cristiana.

¿Cuáles son las razones para oponerse a que esta mujer aborte? En dos excelentes artículos publicados en la revista Ciencias, en un número dedicado al aborto (no. 27, julio de 1992) el embriólogo Horacio Merchant, del Instituto de Investigaciones Biomédicas, hace algunas afirmaciones al respecto. En primer lugar, la posición antiabortista considera que la vida del “nuevo ser” comienza a partir de la fecundación, es decir, cuando el espermatozoide se une al óvulo para formar el cigoto.

La elección de esta etapa, sin embargo, es bastante arbitraria: embriológicamente no puede considerarse que un óvulo fecundado sea un ser humano. En todo caso, habría que esperar a la aparición de algunas de las características que lo definen como tal -particularmente la maduración del sistema nervioso central- antes de otorgarle derechos. (Recordemos que muchas veces, en los debates sobre el aborto, se considera que los derechos del embrión o feto, “inocente y libre de pecado”, son incluso más importantes que los de la madre, a quien se considera, de forma implícita, “culpable” de su estado. Una de las características de la intolerancia, a diferencia del pensamiento democrático, es que tiende a culpar a los individuos de las desgracias que les suceden.)

¿Cuándo un ser comienza a ser humano? ¿En el momento en que comienza a vivir? Tanto el espermatozoide como el óvulo están vivos desde antes de la fecundación, y pueden potencialmente dar origen a un ser humano. De hecho, en ciertas condiciones el óvulo puede por sí mismo dar origen a un ser completo sin ayuda del espermatozoide, fenómeno conocido como partenogénesis. En palabras de Merchant, “cabe preguntarse que, si el óvulo posee individualidad y toda la capacidad para desarrollarse como un nuevo individuo, ¿a partir de qué etapa es válido impedir que se desarrolle?”. Tomando en cuenta esto, no sólo toda forma de anticoncepción, sino la menstruación misma -un proceso totalmente natural- podría considerarse “inmoral”, al matar una célula que potencialmente podría convertirse en un ser humano. Resulta, digamos, difícil defender esta posición.

¿Podríamos entonces considerar que el nuevo individuo comienza a existir cuando adquiere conciencia? Esto sucede en una etapa bastante avanzada del embarazo, si no es que después del nacimiento. Nadie aceptaría un aborto en etapas tan avanzadas (además de que es peligroso).

¿Podría tomarse como parteaguas el momento en que madura el sistema nervioso ¾sitio donde se asentará la conciencia? Esto sucede aproximadamente a las diez u once semanas de la gestación, cuando se forman las sinapsis -uniones- entre las células nerviosas del embrión (pues antes de ello no puede hablarse realmente de sistema nervioso). Pero, otra vez, el embarazo está ya avanzado.

Como se ve, el problema es complejo. Lo que parece quedar claro es que tomar el momento de la fecundación como el inicio de la vida de un nuevo individuo no se justifica.

Nótese que hasta aquí no ha habido necesidad de hablar del “alma”, el “espíritu” ni nada que se le parezca. Esto es porque la ciencia no necesita de esos conceptos. Por feo que suene, la ciencia es una disciplina materialista. Esto quiere decir que sólo se ocupa del universo físico, aquel al que podemos tener acceso por medio de los sentidos. Presuponer, como lo hace la moral católica, que un cigoto fecundado debe gozar de la dignidad de ser humano, al menos en potencia, es una posición difícil de sostener. En particular porque se apoya en la suposición (creencia) en la existencia de un alma que habita el “cuerpo” (difícilmente puede llamársele así a un óvulo fecundado, pero en fin…) a partir del momento de la fecundación. ¿Qué pasa con los que no somos católicos y no creemos en dios ni en la existencia de un alma? ¿Debe la ley (y la vida de las mujeres que se ven orilladas a abortar) depender de una creencia religiosa?

A partir de la valiente propuesta del secretario de salud, Juan Ramón de la Fuente, y de la reacción en contra promovida por la derecha católica, en especial por el grupo provida (¿prosida?), varios académicos e intelectuales, junto con el Grupo de Información en Reproducción Elegida (gire) se han dado a la tarea de promover y apoyar el debate sobre la legalización del aborto. En mi opinión, es una discusión necesaria y urgente. Aunque es difícil que el voto de la mayoría de la población apoye el cambio, se habrá al menos iniciado la discusión y la concientización, con lo que en unos años, si la labor continúa, podrá contarse con suficiente a poyo para modificar la ley. Lo invito a usted, amable lector, lectora, a participar informándose y formando su propia opinión.

(Por cierto, hablando de la revista Ciencias -excelente publicación trimestral de la facultad del mismo nombre-, le recomiendo ampliamente el número de julio de 1992, mencionado anteriormente. En él hallará, además de los artículos sobre el aborto, otro excelente dedicado a la divulgación de la ciencia y una traducción de la “modesta propuesta” de Jonathan Swift, en la que me inspiré para mi colaboración del número pasado de humanidades.)

5 de agosto de 1998

Dos modestas propuestas

(con un saludo para Jonathan Swift)

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 5 de agosto de 1998)
(reimpreso en
La jornada, 21 de septiembre de 1998)

Últimamente mis artículos en Humanidades han estado llenos de quejas, lo cual no me tiene muy satisfecho, pues mi propósito inicial con estas colaboraciones era hablar de relaciones placenteras entre los mundos de la ciencia y las humanidades. Pero eso se acabó. Hace unos días tuve la fortuna de leer una nota en el periódico (Crónica, 16/junio/98) donde se presentan las opiniones de Sergio Reyes Luján, coordinador de vinculación de nuestra universidad, y eso hizo que se me abrieran los ojos y por fin viera la luz.

El funcionario indica que “los institutos de investigación de la unam no pueden seguir justificando el presupuesto asignado a esta área ‘con un simple número de cifras de publicaciones internacionales’ ” (y yo, tonto de mí, que creía en la importancia de la evaluación por pares como criterio de validez científica). En vez de eso, y debido a que “actualmente se vive una brutal competencia como consecuencia de la globalización[...] la unam debe abrir sus laboratorios para que el ingeniero y el investigador de la empresa hagan lo que se necesita para que sean aún más competitivos” (sic).

¡Y yo que pensaba que lo que había que hacer con los institutos y laboratorios era seguir produciendo conocimiento científico! Pero ahora, con la transferencia de los dos buques oceanográficos del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología a la Coordinación de Vinculación, y el anuncio de que se buscará rentar el estadio universitario para conciertos y se planea cerrar el resto de las tiendas unam, me queda claro hacia dónde debemos movernos.

En vista de esto, y porque siento que mi nueva iluminación me permite ver con claridad lo que otros tal vez todavía no han podido percibir, quiero hacer dos propuestas para permitir que la unam, y en especial sus institutos de investigación, cumplan mejor con los nuevos objetivos que la globalización nos impone.

Paso, pues, a enunciar mis dos propuestas para la unam del año 2000:

1) En primer lugar -y ya que en la cámara de diputados se están dando pasos en este sentido- propongo que se modifique la ley orgánica de la universidad para añadir una nueva función sustantiva, la cual será definida como primordial y a la cual estarán sujetas las otras tres (que como se recordará son la enseñanza, la investigación y la difusión de la cultura). Esta función es la obtención de un margen de ganancias comparable con el de cualquier otra empresa del ramo (léase universidades privadas, aunque tal vez podría aspirarse a tener las ganancias de una cadena de supermercados).

2) Como segundo paso en la eficientización de nuestra alma mater, y para mejor vincularnos con la sociedad a la que servimos, sería deseable eliminar gastos inútiles. Y nada más adecuado aquí que cerrar una serie de los llamados “institutos de investigación” que únicamente funcionan como torres de marfil que no cumplen función alguna de producción de bienes o servicios que beneficien a la sociedad (y que, desde luego, puedan cobrársele adecuadamente).

Entre los institutos que pienso que podrían cerrarse sin mayor trámite ni averiguación están (me limitaré a los del área científica, que es la que conozco mejor, pero invito a los lectores a proponer una lista similar para el área de humanidades): el de Matemáticas (a nadie le gustan y no parecen ser productivas en términos económicos), Astronomía (¡basta ya de estar mirando a las estrellas cuando tenemos tantos problemas aquí abajo!), Fisiología Celular (si en todo este tiempo no han podido hallar una cura contra el cáncer, el sida o el envejecimiento, seguramente no lo harán nunca, y ultimadamente, ¿por qué seguir criando bacterias, levaduras o ratas?), Biomédicas (al fin y al cabo ya explotó, y costaría más caro reconstruirlo que simplemente cerrarlo), Biología (creo que sólo tienen colecciones de plantas y de conchas) y Física (¿alguien sabe para qué sirve? Desde luego, no van a descubrir una nueva teoría de la relatividad).

Entre los institutos que podrían salvarse están el de Ingeniería, el de Química y el de Biotecnología, que pueden realizar investigaciones patrocinadas por grandes empresas como ica o por laboratorios farmacéuticos. En la rayita se quedarían algunos como Matemáticas Aplicadas, Materiales o Ecología, pues no está claro si sus servicios puedan venderse.

Pero, desde luego, no estoy proponiendo que los institutos económicamente improductivos se cierren y ya: con un poco de ingenio se pueden hallar nuevos usos para sus instalaciones. Las bibliotecas podrían conservarse para ser usadas ¾mediante módicas cuotas¾ por los estudiantes (la de Fisiología Celular es mi favorita). En Astronomía tienen telescopios que pueden rentarse a grupos de muchachos (o a parejas enamoradas) para ver la luna y las estrellas. El Instituto de Física tiene un acelerador de partículas que podría ser el atractivo central de una gran discoteca (propongo un nombre como “Technobar Rayos Cósmicos”). Y muchos otros institutos tienen salas de conferencias que podrían adaptarse para fiestas de quince años y banquetes de bodas.

Tal vez haya quien esté en desacuerdo con mis ideas, pero me permito recordarles que estamos en tiempos de vacas flacas, y que cuando el hambre apremia, hay que abandonar lo importante y concentrarse en lo urgente. En otras palabras, si lo que está en juego es nuestro alimento de cada día, conceptos obsoletos como la dignidad y los ideales salen sobrando (y ni hablar del amor al conocimiento o la cultura). Sólo pido que, si mis ideas son aprovechadas, se me dé el crédito correspondiente y una compensación en efectivo.

25 de junio de 1998

Dos visiones de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en junio de 1998)


Desde que comencé a colaborar en Humanidades, esta columna -de aparición últimamente más irregular de lo que yo quisiera-, se llamó “Las dos culturas”, tratando de hacer honor a la clásica (y trágica) distinción que hace C. P. Snow entre cultura humanística y científica. Sin embargo, leyendo la Gaceta unam (1°/junio/97) encontré un ejemplo de cómo incluso dentro de la “cultura científica” pueden encontrarse distintos enfoques.

A principios de junio se publicaron dos notas en la Gaceta que me llamaron la atención. En ambas se hablaba de ciencia, aunque con distintos enfoques y temas distintos. Su lectura me hizo reflexionar en cómo una misma actividad puede verse de formas tan distintas.

La primera nota reproducía declaraciones de Francisco Bolívar Zapata, coordinador de la investigación científica de nuestra universidad. Entre otras cosas, el doctor Bolívar -destacado biólogo molecular y fundador del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, hoy Instituto de Biotecnología- afirma que la comunidad científica en México es de una gran calidad, aunque mucho menor de lo que debería ser para... -y aquí es donde comienzan a aparecer algunas dificultades- para “que la masa crítica de investigadores mexicanos pueda empezar a tener una participación efectiva en la solución de problemas importantes”.

¿Cuáles son esos problemas importantes? Podría suponerse que, ya que se habla de investigadores científicos, los problemas que tendrían que resolver serían, asimismo, problemas científicos. Pero no. Más adelante en la misma entrevista, Bolívar habla del “desarrollo de tecnología e investigación en la industria”. También menciona el posible establecimiento de “proyectos universitarios de investigación, orientados a la solución de problemas en diferentes sectores, en los cuales participen empresas y dependencias gubernamentales y privadas que brinden apoyo financiero”.

Finalmente, en relación con la modernización de los planes de estudio, habla de que “sin una investigación de alta calidad, será imposible la formación de recursos humanos competentes, y mucho menos aspirar a participar en la solución de muchos de los problemas que afectan al desarrollo del país”.

Cualquiera que conozca el Plan de Desarrollo 1997-2000, de la unam (mejor conocido como “Plan Barnés”) reconocerá en el discurso de Bolívar la misma visión utilitarista y mercantilista (no puedo resistir decir “neoliberal”) de la ciencia que ha caracterizado, desgraciadamente, las acciones de nuestro actual rector. Visión que considera a la ciencia como generadora de soluciones para problemas industriales, sociales, nacionales, y finalmente como generadora de recursos económicos, en vez de lo que realmente es: una generadora de conocimiento (el que, claro, posteriormente puede aplicarse, bien o mal).

Es como si dijéramos que, como no hay suficiente dinero, se tendrá que poner a trabajar a los investigadores científicos para que dejen de hacer investigación “básica”, improductiva desde el punto de vista económico y busquen la forma de ganar, cuando menos, suficiente dinero para seguir manteniendo la infraestructura científica.

El segundo artículo que encontré en la Gaceta fue una entrevista con la astrónoma Julieta Fierro, divulgadora de la ciencia recientemente galardonada con el premio Klumpke-Robert de la Sociedad Astronómica del Pacífico.

Ahí Julieta menciona que “en los países más poderosos la divulgación de la ciencia es una actividad importante que premian y consideran fundamental. Habría que hacer lo mismo en nuestro país.”

Aunque en lo personal no estoy de acuerdo con algunas de sus propuestas, como la de otorgar estímulos de productividad en esta área” (considero que lo peor que le podría pasar a la divulgación es burocratizarse para tener que producir a cambio de “bonos”, como les ha sucedido a los investigadores con el sni), coincido perfectamente en la meta que Julieta fija para la divulgación de la ciencia: “hacer que la divulgación forme parte de la cultura del país”.

Pero sobre todo, Julieta afirma -muy correctamente- que “hacer difusión científica es una de las mejores formas que tiene la universidad para retribuir a la sociedad lo mucho que ella nos ha dado”.

En resumen: una visión es la de usar a la ciencia para ver qué le podemos sacar a la sociedad -y en el extremo, hacer sólo la ciencia que podamos venderle a la sociedad. La otra es ver cómo podemos retribuir a la sociedad haciendo que la ciencia se integre a su cultura.

Me podrán decir que la visión de Julieta es idealista y pasada de moda, y que la de las autoridades es moderna y acorde con la realidad nacional (e internacional, en estos tan sobados “tiempos de globalización”). Pero no importa: tengo muy claro con cuál me quedo.

10 de junio de 1998

Apología del divulgador de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 10 de junio de 1998)


Quienes nos dedicamos a la divulgación de la ciencia tenemos claras algunas cosas. Una es que la ciencia es atractiva, interesante e intelectualmente estimulante. Es placentera. Por eso nos gusta: nos gusta conocerla y compartirla.

Otra de las cosas que tenemos claras es que la ciencia es útil e importante para la sociedad. Muchos avances tecnológicos, médicos y de otros tipos se han producido como consecuencias directas de avances científicos. Para tener una industria sana y -exagerando un poco- una economía creciente, es necesario tener ciencia, tanto básica como aplicada. Y para tener ciencia hay que tener científicos. Y para tener científicos, la gente tiene que saber que la ciencia es atractiva, interesante e intelectualmente estimulante. Y que es útil e importante para la sociedad. Todo esto es precisamente el papel de los divulgadores de la ciencia: comunicar a la sociedad el placer y la importancia de la ciencia.

Pero -y esta es una tercera cosa que los divulgadores sabemos, aunque algunas veces no queramos reconocerlo- es que no es por eso por lo que nos gusta compartir la ciencia: lo hacemos por que es asombrosa, placentera, interesante y apasionante.

Por otro lado, la ciencia constituye un sistema de conocimientos que es coherente, racional, lógico: cualquiera puede llegar a entender por qué los científicos hacen las afirmaciones que hacen, pues éstas se deducen -deben poder deducirse- lógicamente de las premisas. Cuando un científico dice que ha hallado una explicación para un fenómeno, no se trata de que le haya puesto un nombre, o la haya inventado. No: si de verdad se trata de un investigador científico, tendrá que haberse informado sobre las ideas, teorías y experimentos que se han hecho en relación con el fenómeno de que se trate, y la explicación que presente tendrá que estar sustentada en experimentos y ser coherente -es decir, no contradecir- las teorías aceptadas al respecto. (También podría suceder que el investigador en cuestión planteara una manera totalmente nueva de interpretar la realidad: que desatara una revolución científica, pero esa, como dice el dicho, es otra historia.) Compárese esto con, por ejemplo (y sin afán de ofender a nadie), cuando en el catecismo se nos dice que dios es tres personas en una, y que esto se tiene que creer aunque no se pueda entender, porque es dogma.

Esta cualidad que tiene la ciencia de ser racional y lógica -de ser entendible- hace que también sea una de las aventuras intelectuales más placenteras que un ser humano puede emprender. No necesariamente haciendo ciencia: basta con conocerla, estudiarla, descubrirla, interpretarla, disfrutarla. Por eso muchos de los que nos dedicamos a la divulgación de la ciencia tenemos también la secreta convicción de que es una pena -casi diría un pecado- que tanta gente pierda su tiempo estudiando y haciendo caso de creencias y supersticiones tan burdas como la astrología, la búsqueda de ovnis tripulados por extraterrestres, las buenas y malas “vibras” provenientes de cristales de cuarzo, y muchas otras. Nos gustaría lograr transmitir nuestro sentimiento de que la ciencia es mucho más gratificante e interesante que eso, y que no es justo que personas dotadas de una inteligencia que es producto de millones de años de evolución por selección natural la malgasten -y malgasten su vida- esperando señales de los astros o de una baraja.

Pero hasta ahora he estado hablando de “ciencia” y “científicos” como si todos estuviéramos de acuerdo en qué significan estas palabras. Y no siempre está tan claro. El diccionario de la Real Academia, por ejemplo, nos dice que ciencia es “el conocimiento cierto de las cosas, sus principios y causas”, pero también el “saber, erudición... habilidad, maestría en el conocimiento de cualquier cosa”. O sea que la pretensión de los científicos modernos de que “ciencia” sólo puede ser lo que ellos hacen (la física, la química y la biología) no está para nada justificada. Originalmente, ciencia quería decir “saber”. (Por cierto, aquí cabría preguntar: ¿la ciencia es lo mismo que la información científica? ¿O es que la ciencia es la actividad que realizan los científicos? ¿Es la ideología que comparten? ¿Qué entendemos realmente por “ciencia”?)

Cuando los científicos naturales se apropian de la palabra están haciendo lo mismo que los súbditos del tío Sam cuando se apoderan del toponímico “americano” para usarlo sólo como sinónimo de “nacido en los eua”. Con trabajos le dan la graciosa concesión a la historia, la antropología, la sociología, la economía, la arqueología y no sé cuántas otras de aspirar a ser “ciencias sociales”. Como si necesitaran el calificativo de “ciencias” para ser respetables. Como si “humanidades” no fuera un término igual de prestigioso y mucho más adecuado.

Un científico, por su lado es -siempre según la academia- “el que se dedica a una o más ciencias”. Pero, ¿es lo mismo un científico que un investigador científico? ¿Puede alguien que tenga formación científica y trabaje utilizando la información científica, aunque no la produzca, aspirar a llamarse “científico”? No, según los autoproclamados dueños de la ciencia. Sí, si nos atenemos a una definición amplia, como la del diccionario.

De modo que quienes nos dedicamos a la divulgación de la ciencia, que la amamos porque conocemos su interés, su utilidad y su belleza, que queremos compartirla y ayudar a que se extienda, crezca y se desarrolle, podemos con todo derecho aspirar a llamarnos científicos. Al igual que quienes la enseñan. No “investigadores científicos”, pero sí “trabajadores de la ciencia”. En particular, prefiero el término que en México hemos venido utilizando, y que me parece mejor que el “vulgarizador” de los franceses o el “popularizador” de los gringos: divulgadores de la ciencia o, por qué no, divulgadores científicos.


5 de junio de 1998

Dos visiones de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en junio de 1998)


Desde que comencé a colaborar en Humanidades, esta columna -de aparición últimamente más irregular de lo que yo quisiera-, se llamó “Las dos culturas”, tratando de hacer honor a la clásica (y trágica) distinción que hace C. P. Snow entre cultura humanística y científica. Sin embargo, leyendo la Gaceta unam (1°/junio/97) encontré un ejemplo de cómo incluso dentro de la “cultura científica” pueden encontrarse distintos enfoques.

A principios de junio se publicaron dos notas en la Gaceta que me llamaron la atención. En ambas se hablaba de ciencia, aunque con distintos enfoques y temas distintos. Su lectura me hizo reflexionar en cómo una misma actividad puede verse de formas tan distintas.

La primera nota reproducía declaraciones de Francisco Bolívar Zapata, coordinador de la investigación científica de nuestra universidad. Entre otras cosas, el doctor Bolívar -destacado biólogo molecular y fundador del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, hoy Instituto de Biotecnología- afirma que la comunidad científica en México es de una gran calidad, aunque mucho menor de lo que debería ser para... -y aquí es donde comienzan a aparecer algunas dificultades- para “que la masa crítica de investigadores mexicanos pueda empezar a tener una participación efectiva en la solución de problemas importantes”.

¿Cuáles son esos problemas importantes? Podría suponerse que, ya que se habla de investigadores científicos, los problemas que tendrían que resolver serían, asimismo, problemas científicos. Pero no. Más adelante en la misma entrevista, Bolívar habla del “desarrollo de tecnología e investigación en la industria”. También menciona el posible establecimiento de “proyectos universitarios de investigación, orientados a la solución de problemas en diferentes sectores, en los cuales participen empresas y dependencias gubernamentales y privadas que brinden apoyo financiero”.

Finalmente, en relación con la modernización de los planes de estudio, habla de que “sin una investigación de alta calidad, será imposible la formación de recursos humanos competentes, y mucho menos aspirar a participar en la solución de muchos de los problemas que afectan al desarrollo del país”.

Cualquiera que conozca el Plan de Desarrollo 1997-2000, de la unam (mejor conocido como “Plan Barnés”) reconocerá en el discurso de Bolívar la misma visión utilitarista y mercantilista (no puedo resistir decir “neoliberal”) de la ciencia que ha caracterizado, desgraciadamente, las acciones de nuestro actual rector. Visión que considera a la ciencia como generadora de soluciones para problemas industriales, sociales, nacionales, y finalmente como generadora de recursos económicos, en vez de lo que realmente es: una generadora de conocimiento (el que, claro, posteriormente puede aplicarse, bien o mal).

Es como si dijéramos que, como no hay suficiente dinero, se tendrá que poner a trabajar a los investigadores científicos para que dejen de hacer investigación “básica”, improductiva desde el punto de vista económico y busquen la forma de ganar, cuando menos, suficiente dinero para seguir manteniendo la infraestructura científica.

El segundo artículo que encontré en la Gaceta fue una entrevista con la astrónoma Julieta Fierro, divulgadora de la ciencia recientemente galardonada con el premio Klumpke-Robert de la Sociedad Astronómica del Pacífico.

Ahí Julieta menciona que “en los países más poderosos la divulgación de la ciencia es una actividad importante que premian y consideran fundamental. Habría que hacer lo mismo en nuestro país.”

Aunque en lo personal no estoy de acuerdo con algunas de sus propuestas, como la de otorgar estímulos de productividad en esta área” (considero que lo peor que le podría pasar a la divulgación es burocratizarse para tener que producir a cambio de “bonos”, como les ha sucedido a los investigadores con el sni), coincido perfectamente en la meta que Julieta fija para la divulgación de la ciencia: “hacer que la divulgación forme parte de la cultura del país”.

Pero sobre todo, Julieta afirma -muy correctamente- que “hacer difusión científica es una de las mejores formas que tiene la universidad para retribuir a la sociedad lo mucho que ella nos ha dado”.

En resumen: una visión es la de usar a la ciencia para ver qué le podemos sacar a la sociedad -y en el extremo, hacer sólo la ciencia que podamos venderle a la sociedad. La otra es ver cómo podemos retribuir a la sociedad haciendo que la ciencia se integre a su cultura.

Me podrán decir que la visión de Julieta es idealista y pasada de moda, y que la de las autoridades es moderna y acorde con la realidad nacional (e internacional, en estos tan sobados “tiempos de globalización”). Pero no importa: tengo muy claro con cuál me quedo.