(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 4 de diciembre de 2002)
Por Martín Bonfil Olivera
La columna de divulgación científica que publiqué en el extinto periódico Humanidades, de la UNAM, de enero de 1997 a diciembre de 2004
Me congratulo de ver el interés de Radio UNAM por la divulgación de la ciencia: por un momento parecía que la consideraba dispensable, pues como se recordará (Humanidades 217), recientemente la nueva dirección de la emisora decidió –unilateral y súbitamente– cancelar los programas de la barra de ciencia que se habían transmitido con buen éxito durante años para hacer espacio a un nuevo programa noticioso conducido por Ricardo Rocha.
El hecho despertó numerosas protestas. Tantas, que el director de la estación, Fernando Escalante, ofreció abrir un nuevo espacio para estos programas, siempre y cuando se presentaran nuevos proyectos (dando a entender así que los proyectos originales no eran satisfactorios, suposición que habría que comprobar).
Ahora, la convocatoria publicada es muestra de que, además de los espacios que Escalante tan sensatamente se ha ofrecido respetar para los programas de la antigua barra de ciencia, Radio UNAM desea explorar nuevas vías.
No obstante, hay que comentar que la idea del concurso, aun cuando es muy buena, tiene la desventaja de abrir las puertas a uno de los males que han plagado gran parte de la divulgación científica que se hace en nuestro país: la improvisación.
La importancia de la divulgación científica se reconoce cada vez más ampliamente. A diferencia de lo que sucedía hace unos años -cuando el simple hecho de realizar labores de divulgación podía significar que un investigador fuera despreciado y hasta sancionado por sus colegas, por dedicarse a una labor “poco seria”- hoy se reconoce que el conocimiento científico debe ponerse al alcance de la población general.
Evidencia de ello es el auge de los museos y centros de ciencias, de revistas, colecciones de libros y programas de radio que actualmente pueden disfrutarse en el panorama mexicano.
Desgraciadamente, todavía no se ha logrado el reconocimiento paralelo de la importancia que tiene la labor de los divulgadores profesionales de la ciencia.
Durante años los divulgadores nos hemos enfrentado con el arraigado prejuicio de que nuestra ocupación es algo que puede improvisarse sobre las rodillas, que no requiere una formación previa. Es frecuente encontrar esta idea entre los investigadores científicos (aunque aclaro, no en todos). Después de todo, ¿quién mejor preparado que ellos para comunicar al público los conceptos científicos que construyen y con los que diariamente trabajan?
Y sin embargo, la amarga realidad es que son raros -salvo contadas y muy honorables excepciones en las que una habilidad innata suple la carencia de una formación especializada- los casos en los que un investigador puede desempeñar esta labor de forma efectiva. Sobre todo si se trata de hacerlo en forma constante. La divulgación científica no consiste simplemente en “traducir” la ciencia a un lenguaje sencillo y cotidiano; se trata de una labor de recreación que requiere no sólo de una buena comprensión de los conceptos sino de una cultura científica amplia y un manejo profesional de los recursos del lenguaje y la comunicación, además del criterio necesario para adecuar el mensaje al público receptor y la creatividad para hacerlo de forma novedosa e interesante. Es por ello que, idealmente, debe ser realizada por divulgadores profesionales.
La divulgación científica y la formación de divulgadores han sido una preocupación constante de la UNAM, materializada en la creación del Programa Experimental de Comunicación de la Ciencia, que después se convertiría en el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia y finalmente en la actual Dirección General de Divulgación de la Ciencia, DGDC. A lo largo de su existencia, dicha dependencia ha lanzado diversos e importantes proyectos de divulgación en diversos medios. Asimismo, la formación de divulgadores profesionales ha avanzado de la preparación de personal por aprendizaje práctico, primero, y posteriormente con cursos especializados, hasta el actual Diplomado en Divulgación de la Ciencia y, en un futuro próximo, una Maestría en Divulgación de la Ciencia, actualmente en preparación.
A lo largo de toda esta trayectoria, y con base en la experiencia y la reflexión sobre el tema, ha quedado claro que la divulgación científica es una tarea que puede ser realizada óptimamente sólo cuando el personal dedicado a ello cuenta con una preparación especializada.
Volviendo al concurso convocado por Radio UNAM, en mi opinión personal muestra que todavía se sigue prefiriendo improvisar labores de divulgación que encomendarlas a expertos que cuenten con la formación y la experiencia necesarias.
Pensar que estudiantes, investigadores o profesores sin experiencia ni formación en divulgación puedan generar una propuesta profesional de divulgación resulta, cuando menos, muy optimista. Habrá que esperar los resultados, claro, pero si esa es la vía, ¿por qué no se abrió un concurso equivalente para generar un nuevo espacio noticioso, en vez de recurrir a un profesional reconocido como Ricardo Rocha? Después de todo, como argumenta Florence Toussaint en una nota reciente publicada en Proceso (2 de septiembre), “no deja de ser una afrenta a la comunidad universitaria –con dos escuelas y una facultad en donde se enseña periodismo– que su propia emisora no sea capaz de producir un noticiario innovador, profundo”.
En un texto publicado en Humanidades (no. 217), el director de Radio UNAM aboga por que la divulgación científica se presente “a través de radionovela, biografía, episodio dramatizado o cualquier otro formato que motive al radioescucha para seguirnos sintonizando y logre entusiasmar a nuevos radioescuchas”. Pero quien conozca un poco respecto a la divulgación en radio sabrá que precisamente los géneros dramatizados presentan dificultades especiales para realizar esta labor, en virtud de la densidad de información que tiene que comunicarse para lograr un mensaje que tenga sentido y el poco tiempo con el que se cuenta en radio para lograrlo: las dramatizaciones reducen todavía más ese tiempo.
Sería muy deseable que, junto con el afán por, en palabras de Escalante, “replantearnos esquemas que motiven a quienes nos sintonizan a seguir valorando el trabajo académico, científico y cultural de la UNAM”, se valorara la experiencia acumulada por los profesionales que durante años han producido y conducido programas de divulgación científica en Radio UNAM, para que, junto con los nuevos planteamientos, esta labor pueda enriquecerse no sólo con base en ideas preconcebidas, sino en el sólido conocimiento y experiencia de los profesionales.
Durante un largo tiempo, la programación de la emisora ha incluido programas dedicados a la difusión de la cultura científica. Como se trata de una estación esencialmente cultural –no comercial, hay que recordarlo– esta labor se inserta perfectamente en sus labores de difusión cultural. Al igual que las otras dos funciones sustantivas de la universidad -la enseñanza y la investigación- la difusión es una labor importantísima para la sociedad, y justifica plenamente la inversión que ésta hace para mantenerla funcionando.
Hasta hace unas semanas, Radio UNAM contaba con una barra diaria de programas de ciencia que, con distintas trayectorias, cubrieron en forma muy exitosa las necesidades de un público bien definido. Esto se debe, en gran parte, a que los programas eran producidos y conducidos por divulgadores profesionales de la ciencia que contaban con la preparación y la experiencia necesaria, algo que no es tan común encontrar en los medios masivos de comunicación.
Entre estos programas destacaron los siguientes: En la ciencia, un espacio breve que se había transmitido ininterrumpidamente desde 1982, y A la luz de la ciencia, con duración de una hora, ambos producidos por la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC) de la UNAM y conducidos por Rolando Ísita y su equipo de colaboradores; Por pura curiosidad, a cargo de Juan Manuel Valero, producido por la Coordinación de la Investigación Científica, la Facultad de Química y la DGDC; y finalmente La respuesta está en la ciencia, de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT).
Estos programas se transmitían en la barra de 2 a 3 de la tarde en días hábiles, y todos contaron con un público que supo responder con interés y fidelidad al trabajo profesional realizado por sus responsables.
Desgraciadamente, como parte de una reorganización de la programación total de la estación, la barra de ciencia fue sustituida un nuevo programa de tipo noticioso, conducido por Ricardo Rocha.
Es claro el beneficio que un comunicador tan famoso le puede aportar a una estación, que, quizá, no tiene ya la cantidad de radioescuchas que solía tener. Lo que no entiendo es qué puede ganar Rocha: supongo (espero) que no dinero, tomando en cuenta la grave crisis económica que enfrenta la UNAM. El director de la estación, Fernando Escalante, declaró al periódico Reforma (Cultura, 30 de agosto del 2001) que la entrada de Rocha “no impactará en el presupuesto”, pues “es una coproducción y por ello compartimos gastos y utilidades”.
Lo malo es que, para hacer lugar al nuevo programa, se haya decidido prescindir de la barra de ciencia. Desde luego, hubo una reacción inmediata del personal involucrado, ante lo cual la directiva de la estación invitó, según Reforma, a “elaborar un nuevo proyecto radiofónico a la brevedad, para que podamos continuar con la divulgación de la ciencia”.
Esto no debería ser necesario: los proyectos de los programas mencionados han probado ser buenos. Al parecer se trataba de un prejuicio –en el sentido de juicio previo, antes de ver la evidencia– de los directivos de Radio UNAM. En la nota de Reforma, Fernando Escalante dijo: “La estructura de Radio UNAM no ha cambiado en los últimos 20 años. Lo que pretendemos ahora es hacerla más atractiva. Que los conductores no se dediquen a platicar durante dos horas con sus invitados, sino que exploren todas las opciones de producción que da la radio”.
Uno podría preguntarse, ¿por qué una estación exitosa, dentro de su ramo, que es el cultural, tendría que cambiar? Como dicen los gringos, “si no está descompuesto, no lo arregles”. El programa indiscutiblemente más exitoso de la radio en la capital, el de Gutiérrez Vivó en Radio Red, al igual que muchos de formato similar, consisten, esencialmente, en un señor sentado frente a un micrófono, dando sus opiniones y entrevistando gente. Esa fórmula funciona y gusta al público, si está bien hecha (es decir, si conductores, temas e invitados son buenos e interesantes: pienso en Miguel Ángel Granados Chapa y su Plaza Pública, uno de los grandes éxitos de Radio UNAM, o el maravilloso programa de Jaime Litvak). Recordemos también el inmenso éxito de los programas de Ikram Antaki, a pesar de que más bien parecían conferencias.
Lo más irónico es que el nuevo programa de Rocha, anunciado con bombo y platillo en los medios de comunicación, consiste en... un señor sentado frente a un micrófono entrevistando a invitados. Y recibiendo reportes de enviados especiales, reporteros, etcétera... En fin, al parecer, se planea invitar a los participantes en los programas de la barra de ciencia a colaborar con el programa de Rocha.
En una carta publicada en el semanario Proceso (19 de agosto de 2001), un grupo de personas, supongo que trabajadores de Radio UNAM, afirman que la estación “fue pionera en los programas de opinión que hoy están de moda en la radio comercial”, lo cual es muy cierto. También protestan porque afirmar que “Radio UNAM se encuentra estancada desde los años setenta (...) es falso y una falta de respeto para muchos universitarios que han dedicado a la emisora su mejor esfuerzo”. Estoy totalmente de acuerdo: en particular, las instituciones y personas que han producido los programas de la barra de ciencia a lo largo de todos estos años (he tenido el honor se ser invitado a todos ellos alguna vez) han hecho una labor que no puede descartarse de un plumazo.
Espero que la oferta de conservar estos espacios, aun cuando sea en otro horario, se cumplan sin escudarse en una supuesta necesidad de “renovar los proyectos”. De otro modo, los radioescuchas perderíamos una de las mejores oportunidades que teníamos de conocer el panorama dela ciencia. Y eso sería una tragedia.