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4 de diciembre de 2002

Luz de la ciencia, luz del arte: seis años del Museo de la Luz

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en
Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 4 de diciembre de 2002)

No hay noches oscuras en la gran ciudad. El brillo tecnológico de la civilización compite con el manto estrellado y, al iluminarlo, lo opaca.

Aún así, el amanecer es triunfo sobre la oscuridad y muestra detalles que permanecían invisibles en la penumbra, por más iluminada que ésta estuviera con fluorescencias verdosas, brillos rojizos de mercurio o arcoiris de neón.
A la salida del sol, las calles del centro adquieren vida lentamente.

Primero con el rumor de barrenderos. De policías. De panaderos y voceadores. Luego con la lenta construcción de puestos callejeros. Horas después el bullicio de los vendedores ambulantes y sus marchantes las habrá invadido irremediablemente –en algunas calles cerrando el paso de los automóviles–, llenándolas de colores y plásticos y gritos y regateos y también de pequeños robos; de olores y sabores; de colores y sonidos, de gente y movimiento.

En medio de esta vida, este caos que constituye el orden diario del centro de la capital, los nacientes rayos del sol iluminan la torre del Antiguo Templo de san Pedro y san Pablo, que fuera también sede de la Hemeroteca Nacional. El Museo de la Luz surge a un nuevo día.
* * *

La ciencia ilumina. Igual que ilumina el arte. Igual que la luz. En ausencia de luz, las cosas no tienen color; no son siquiera visibles. Un niño “ilumina” cuando colorea un dibujo; así también arte y ciencia, razón y belleza, cuando iluminan nuestro mundo, nuestras vidas, les dan color, luz y significado. Sin arte y sin ciencia, que es como decir sin luz, el mundo no es comprensible, no tiene color, no tiene sentido, no tiene siquiera sabor ni textura: es gris e insípido.

La ciencia ilustra; muestra, explica. Educa; ilumina. También el arte ilustra: muestra el significado profundo de las experienc
ias; muchas veces construye las experiencias mismas, engendrándolas ahí donde antes no las había. Para entender la luz, hay que conocer la total oscuridad. Cualquiera que haya experimentado la forma en que la luz, al ir apuntando luego de la oscuridad total, hace que las cosas vayan apareciendo –vayan de hecho existiendo ahí donde antes, al no ser visibles, no estaban– cuenta con una metáfora adecuada para explicar la experiencia científica, ese momento en que entendemos, en que las cosas adquieren de pronto un sentido que parece imposible no haber percibido antes.

Ilustrar, aluzar, iluminar. La historia también ilustra. La época llamada de la ilustración fue, más que nada, una época científica. El espíritu de compartir la visión racional y empírica del mundo llevó a grandes proyectos como la Enciclopedia, y a la consolidación de la ciencia como la concebimos modernamente.

Con este mismo sentido,
el proyecto del Museo de la Luz de la UNAM, con su carga de historia, de ciencia y de arte, surge en el caos ciudadano: como una suerte de faro, una manera de lanzar una luz que ilumine, ilustre y comparta el placer de la ciencia –el placer del arte– con quienes convivimos en el diario ajetreo de esta capital, quizá la más poblada del mundo.

* * *

La idea de compartir la luz –lo que es la luz, en todos sus aspectos– con el público de la ciudad es novedosa; quizá única. Se trató, desde la concepción misma del proyecto hasta el momento de darlo al mundo, de conjuntar todos los diferentes aspectos del fenómeno luminoso: sus facetas científica, humana, artística, vital, histórica. Una utopía que hoy, seis años después, se mantiene, todavía incompleta pero a la vez exitosa y disfrutable, como un punto de paz en medio de los puestos, las mercancías, el ruido y la gente que puebla el centro citadino.

La luz es radiación electromagnética, que es decir vibración de un éter inexistente. Perturbación del campo eléctrico y magnético que viaja a la velocidad, sí, de la luz.

La luz viaja en línea recta... menos cuando prismas, espejos, lentes la desvían. O cuando, atrapada en fibra óptica, se comporta como el agua en la manguera y posibilita las modernas telecomunicaciones, la computación óptica y cuántas otras cosas.

La luz nos permite ver, gracias a ojos que han evolucionado en millones de años; a moléculas minúsculas que cambian al ser iluminadas, a lentes vivas que enfocan y a cerebros que interpretan señales. Da color y temperamento al mundo, según sean los matices que porte.

La luz surge, fluorescente, de sustancias que la generan, o en reacciones termonucleares que ocurren en las estrellas. Se descompone en arcoiris, se refleja, crea infinitos en un par de espejos. Impulsa la vida, desde la intimidad fotosintética de las células hasta el ciclo ecológico global de la biósfera.

Crea ilusiones ópticas, se enfoca, merced la labor de los optometristas, correctamente para ver. Nos sorprende con cualidades paradójicas y efectos inesperados –sombras de colores, figuras imposibles, reflejos geométricos de belleza insospechada.

Y nos permite también apreciar la majestad del recinto que alberga el museo, la calidad de su historia y de los murales y vitrales que lo adornan. Su pequeña tienda compite, cándida, con la vendimia de las calles. Su portal ofrece un puñado de sueños de ciencia teñida con arte ante la pobreza que reina en las calles. No es inútil el empeño, pues ante la realidad dura sólo la maravilla de la razón, la esperanza y la belleza salvan. Vale la pena, sí, compartir los sueños del hombre científico y artista, no sólo limitarse a sobrevivir un día más. Vale la pena un museo, vale la pena la luz, vale la pena la ciencia como vale el arte. Ése es quizá el mensaje más oculto en los viejos muros.

* * *

El atardecer tiñe de rosa el horizonte, la luz va disminuyendo al caer la noche. Un día más ha pasado en el Museo de la Luz. El publico, ávido de maravillas, no se va decepcionado, aunque sí con ganas de más... El divulgador se debate entre el optimismo se maravillarse por lo logrado y el pesimismo de lamentarse por lo que se podría lograr. Es un paso en el camino de compartir, iluminando con el gozo de lo disfrutable que tienen ciencia y arte.

Y luego la noche cae nuevamente en la esquina de El Carmen y San Ildefonso. El Museo de la Luz duerme y las calles a su alrededor, ahora silenciosas, son un poco menos oscuras que hace seis años. Quizá su torre no sea realmente un faro, un rayo poderoso que barrene la noche, sino sólo una modesta boya que ancla y marca el sitio donde puede encontrarse un poco de ciencia, un poco de arte. De razón y belleza. Con suerte, un poco de luz con qué dar sentido al diario ajetreo de la capital.

5 de diciembre de 2001

Lo que usted siempre quiso saber sobre divulgación científica*

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 5 de diciembre de 2001)




*pero no le pareció que valiera la pena  preguntar

La divulgación científica se ha venido realizando desde hace ya algunos siglos. Algunos señalan a Galileo o a Fontanelle como los primeros divulgadores científicos. En México destacan, durante la colonia, Alzate y Bartolache como precursores del arte de llevar el saber científico al público general.
En nuestros días, la labor de pioneros como Luis Estrada y el proyecto que se aglutina alrededor del Programa Experimental de Comunicación de la Ciencia de la UNAM (posteriormente Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia y hoy Dirección General de Divulgación de la Ciencia) ha llegado a producir frutos importantes, entre los que se cuentan revistas como Naturaleza y ¿Cómo ves?, museos como Universum y el de la Luz, e infinidad de exposiciones, conferencias, actividades, libros y folletos (amén de la formación de un buen número de divulgadores profesionales).

Y sin embargo, entre el grueso de la comunidad científica sigue privando un gran desconocimiento acerca de la naturaleza, e importancia de la divulgación científica como disciplina profesional.

Mucho camino se ha recorrido, hay que reconocerlo, desde los tiempos en que era necesario enfrentar la desconfianza y a veces la abierta hostilidad de los investigadores científicos cuando se enfrentaban a un periodista o divulgador científico. Tales actitudes estaban, hasta cierto punto, justificadas por la improvisación y falta de profesionalismo de los comunicadores, que muchas veces tergiversaban –no intencionalmente, desde luego, sino por falta de preparación– la información proporcionada por el investigador.

Hoy lo común es que, cuando uno busca acercarse a un especialista, encuentre a una persona amable y dispuesta a colaborar, pues a lo largo de los años el trabajo de los comunicadores de la ciencia ha logrado ganar la confianza de la comunidad de investigadores. En general, parece que éstos han adquirido conciencia de que no basta con hacer buena investigación, sino que hay que fomentar la apreciación de la ciencia y la cultura científica entre la población.

Pero, ¿quién lo debe hacer? Desde hace tiempo se reconoce que hace falta profesionalizar la formación de divulgadores. Para ello se han hecho varios esfuerzos, entre los que quiero destacar la creación del Diplomado en Divulgación de la Ciencia, de la DGDC, que actualmente está por empezar su octavo ciclo. Se tienen planes de crear también una Maestría en Divulgación de la Ciencia.

Y es precisamente ahora que han vuelto a poner de manifiesto algunos de los prejuicios (en el sentido de juicios previos, hechos antes de contar con la información necesaria, no de discriminación) que tienen los investigadores científicos en relación con la divulgación de la ciencia.

Hay investigadores que están naturalmente dotados no sólo para hacer su labor, sino también para divulgar. Escriben excelentes artículos y libros, o dan conferencias y participan programas de radio y TV. Sin embargo, son una minoría. Existen muchos otros científicos que no cuentan con las habilidades para comunicar sus conocimientos al público en forma comprensible y atractiva.

Y estrictamente hablando, no tendrían por qué.

La ciencia ha desarrollado un lenguaje superespecializado como una más de las herramientas que le permiten funcionar eficientemente, y el abismo que se ha creado entre quienes son capaces, digamos, de leer un artículo publicado en una revista de investigación científica y el público que puede leer un periódico es inmenso. Porque básicamente cualquier ciudadano cuenta con la información previa –el contexto– que le permite comprender una nota periodística (qué es México, quién es Fox, qué significan siglas como PRI, EUA, DF...). En cambio, sólo los especialistas saben qué es un condensado de Bose-Einstein, o qué significan las iniciales fMRI.

Para poner la información científica al alcance del no especialista, se necesta una labor de recreación (algunos dicen “traducción”, que bien entendida tiene que ser necesariamente una recreación). Los recursos con que cuenta el divulgador –explicaciones, comparaciones, metáforas, símiles, acompañados desde luego del buen manejo de los diversos medios de comunicación, en especial el escrito– permiten dar el contexto faltante, de modo que el conocimiento científico pueda tener sentido para el público.

Los investigadores científicos son formados para realizar otro tipo de labor: la investigación. No reciben durante sus estudios herramientas para divulgar sus conocimientos. Si a esto agregamos que en los sistemas de evaluación y estímulos no se les reconocen las labores de divulgación que lleven a cabo –aunque esta última situación parece estar comenzando a cambiar–, es perfectamente entendible que sólo unos cuantos investigadores especialmente dotados e interesados realicen regularmente estas tareas.

La conclusión que en general se ha considerado razonable es que se deben formar divulgadores profesionales, cuya ocupación específica sea precisamente esa labor de ser un puente entre el mundo de la investigación científica y el los ciudadanos comunes que, sin ser especialistas, tienen necesidades informativas y culturales en relación con la ciencia.

Sin embargo, recientemente he oído opiniones –de primera y segunda mano– de investigadores que, a pesar de reconocer la importancia de la divulgación científica, a la hora de la hora revelan que les parece una labor secundaria, de escaso interés y –lo más preocupante–, definitvamente un problema trivial: algo que cualquier científico puede hacer fácilmente. Sobre las rodillas, digamos. (Una notoria excepción son los pocos investigadores destacados que defienden a capa y espada la importancia de la divulgación profesional: entre ellos Marcelino Cereijido, del CINVESTAV-IPN, por ejemplo, quien ha afirmado que si tuviera que elegir entre la supervivencia de investigadores y divulgadores, escogería lo segundo.)

De modo que, por lo que puedo ver, sigue habiendo necesidad de convencer a muchos investigadores de que hacer divulgación no sólo es un bonito juego que a algunos nos gusta hacer en nuestros ratos libres. Constituye una necesidad nacional que puede beneficiar notoriamente al sistema científico, y es una labor que sólo puede llevarse a cabo al nivel profesional que se necesita si se cuenta con profesionales preparados específicamente, a los que se les pague por realizarla. Hacia allá se encaminan los esfuerzos de divulgadores en todo el país.


3 de octubre de 2001

Divulgación e improvisación

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 3 de octubre de 2001)

En la Gaceta UNAM del pasado 17 de septiembre aparece una convocatoria para un “Concurso de guión de series radiofónicas de divulgación científica”, dirigida a “estudiantes, investigadores, profesores y divulgadores de la ciencia de la UNAM”.

Me congratulo de ver el interés de Radio UNAM por la divulgación de la ciencia: por un momento parecía que la consideraba dispensable, pues como se recordará (Humanidades 217), recientemente la nueva dirección de la emisora decidió –unilateral y súbitamente– cancelar los programas de la barra de ciencia que se habían transmitido con buen éxito durante años para hacer espacio a un nuevo programa noticioso conducido por Ricardo Rocha.

El hecho despertó numerosas protestas. Tantas, que el director de la estación, Fernando Escalante, ofreció abrir un nuevo espacio para estos programas, siempre y cuando se presentaran nuevos proyectos (dando a entender así que los proyectos originales no eran satisfactorios, suposición que habría que comprobar).

Ahora, la convocatoria publicada es muestra de que, además de los espacios que Escalante tan sensatamente se ha ofrecido respetar para los programas de la antigua barra de ciencia, Radio UNAM desea explorar nuevas vías.

No obstante, hay que comentar que la idea del concurso, aun cuando es muy buena, tiene la desventaja de abrir las puertas a uno de los males que han plagado gran parte de la divulgación científica que se hace en nuestro país: la improvisación.

La importancia de la divulgación científica se reconoce cada vez más ampliamente. A diferencia de lo que sucedía hace unos años -cuando el simple hecho de realizar labores de divulgación podía significar que un investigador fuera despreciado y hasta sancionado por sus colegas, por dedicarse a una labor “poco seria”- hoy se reconoce que el conocimiento científico debe ponerse al alcance de la población general.

Evidencia de ello es el auge de los museos y centros de ciencias, de revistas, colecciones de libros y programas de radio que actualmente pueden disfrutarse en el panorama mexicano.

Desgraciadamente, todavía no se ha logrado el reconocimiento paralelo de la importancia que tiene la labor de los divulgadores profesionales de la ciencia.

Durante años los divulgadores nos hemos enfrentado con el arraigado prejuicio de que nuestra ocupación es algo que puede improvisarse sobre las rodillas, que no requiere una formación previa. Es frecuente encontrar esta idea entre los investigadores científicos (aunque aclaro, no en todos). Después de todo, ¿quién mejor preparado que ellos para comunicar al público los conceptos científicos que construyen y con los que diariamente trabajan?

Y sin embargo, la amarga realidad es que son raros -salvo contadas y muy honorables excepciones en las que una habilidad innata suple la carencia de una formación especializada- los casos en los que un investigador puede desempeñar esta labor de forma efectiva. Sobre todo si se trata de hacerlo en forma constante. La divulgación científica no consiste simplemente en “traducir” la ciencia a un lenguaje sencillo y cotidiano; se trata de una labor de recreación que requiere no sólo de una buena comprensión de los conceptos sino de una cultura científica amplia y un manejo profesional de los recursos del lenguaje y la comunicación, además del criterio necesario para adecuar el mensaje al público receptor y la creatividad para hacerlo de forma novedosa e interesante. Es por ello que, idealmente, debe ser realizada por divulgadores profesionales.

La divulgación científica y la formación de divulgadores han sido una preocupación constante de la UNAM, materializada en la creación del Programa Experimental de Comunicación de la Ciencia, que después se convertiría en el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia y finalmente en la actual Dirección General de Divulgación de la Ciencia, DGDC. A lo largo de su existencia, dicha dependencia ha lanzado diversos e importantes proyectos de divulgación en diversos medios. Asimismo, la formación de divulgadores profesionales ha avanzado de la preparación de personal por aprendizaje práctico, primero, y posteriormente con cursos especializados, hasta el actual Diplomado en Divulgación de la Ciencia y, en un futuro próximo, una Maestría en Divulgación de la Ciencia, actualmente en preparación.

A lo largo de toda esta trayectoria, y con base en la experiencia y la reflexión sobre el tema, ha quedado claro que la divulgación científica es una tarea que puede ser realizada óptimamente sólo cuando el personal dedicado a ello cuenta con una preparación especializada.

Volviendo al concurso convocado por Radio UNAM, en mi opinión personal muestra que todavía se sigue prefiriendo improvisar labores de divulgación que encomendarlas a expertos que cuenten con la formación y la experiencia necesarias.

Pensar que estudiantes, investigadores o profesores sin experiencia ni formación en divulgación puedan generar una propuesta profesional de divulgación resulta, cuando menos, muy optimista. Habrá que esperar los resultados, claro, pero si esa es la vía, ¿por qué no se abrió un concurso equivalente para generar un nuevo espacio noticioso, en vez de recurrir a un profesional reconocido como Ricardo Rocha? Después de todo, como argumenta Florence Toussaint en una nota reciente publicada en Proceso (2 de septiembre), “no deja de ser una afrenta a la comunidad universitaria –con dos escuelas y una facultad en donde se enseña periodismo– que su propia emisora no sea capaz de producir un noticiario innovador, profundo”.

En un texto publicado en Humanidades (no. 217), el director de Radio UNAM aboga por que la divulgación científica se presente “a través de radionovela, biografía, episodio dramatizado o cualquier otro formato que motive al radioescucha para seguirnos sintonizando y logre entusiasmar a nuevos radioescuchas”. Pero quien conozca un poco respecto a la divulgación en radio sabrá que precisamente los géneros dramatizados presentan dificultades especiales para realizar esta labor, en virtud de la densidad de información que tiene que comunicarse para lograr un mensaje que tenga sentido y el poco tiempo con el que se cuenta en radio para lograrlo: las dramatizaciones reducen todavía más ese tiempo.

Sería muy deseable que, junto con el afán por, en palabras de Escalante, “replantearnos esquemas que motiven a quienes nos sintonizan a seguir valorando el trabajo académico, científico y cultural de la UNAM”, se valorara la experiencia acumulada por los profesionales que durante años han producido y conducido programas de divulgación científica en Radio UNAM, para que, junto con los nuevos planteamientos, esta labor pueda enriquecerse no sólo con base en ideas preconcebidas, sino en el sólido conocimiento y experiencia de los profesionales.


19 de septiembre de 2001

¿Adiós a la ciencia en Radio UNAM?

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 19 de septiembre de 2001)

Una de las premisas centrales de la divulgación científica que se hace en nuestro país –y el pretexto de esta columna– es que la ciencia es cultura. Por eso, cuando la ciencia logra conquistar espacio en algún medio cultural, superando división artificial entre ciencias y humanidades (las “dos culturas” de C. P. Snow), hay que festejar el acontecimiento. Nuestro periódico Humanidades es uno de estos espacios. Otro lo ha sido, hasta ahora, la radiodifusora universitaria, nuestra querida Radio UNAM.

Durante un largo tiempo, la programación de la emisora ha incluido programas dedicados a la difusión de la cultura científica. Como se trata de una estación esencialmente cultural –no comercial, hay que recordarlo– esta labor se inserta perfectamente en sus labores de difusión cultural. Al igual que las otras dos funciones sustantivas de la universidad -la enseñanza y la investigación- la difusión es una labor importantísima para la sociedad, y justifica plenamente la inversión que ésta hace para mantenerla funcionando.

Hasta hace unas semanas, Radio UNAM contaba con una barra diaria de programas de ciencia que, con distintas trayectorias, cubrieron en forma muy exitosa las necesidades de un público bien definido. Esto se debe, en gran parte, a que los programas eran producidos y conducidos por divulgadores profesionales de la ciencia que contaban con la preparación y la experiencia necesaria, algo que no es tan común encontrar en los medios masivos de comunicación.

Entre estos programas destacaron los siguientes: En la ciencia, un espacio breve que se había transmitido ininterrumpidamente desde 1982, y A la luz de la ciencia, con duración de una hora, ambos producidos por la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC) de la UNAM y conducidos por Rolando Ísita y su equipo de colaboradores; Por pura curiosidad, a cargo de Juan Manuel Valero, producido por la Coordinación de la Investigación Científica, la Facultad de Química y la DGDC; y finalmente La respuesta está en la ciencia, de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT).

Estos programas se transmitían en la barra de 2 a 3 de la tarde en días hábiles, y todos contaron con un público que supo responder con interés y fidelidad al trabajo profesional realizado por sus responsables.

Desgraciadamente, como parte de una reorganización de la programación total de la estación, la barra de ciencia fue sustituida un nuevo programa de tipo noticioso, conducido por Ricardo Rocha.

Es claro el beneficio que un comunicador tan famoso le puede aportar a una estación, que, quizá, no tiene ya la cantidad de radioescuchas que solía tener. Lo que no entiendo es qué puede ganar Rocha: supongo (espero) que no dinero, tomando en cuenta la grave crisis económica que enfrenta la UNAM. El director de la estación, Fernando Escalante, declaró al periódico Reforma (Cultura, 30 de agosto del 2001) que la entrada de Rocha “no impactará en el presupuesto”, pues “es una coproducción y por ello compartimos gastos y utilidades”.

Lo malo es que, para hacer lugar al nuevo programa, se haya decidido prescindir de la barra de ciencia. Desde luego, hubo una reacción inmediata del personal involucrado, ante lo cual la directiva de la estación invitó, según Reforma, a “elaborar un nuevo proyecto radiofónico a la brevedad, para que podamos continuar con la divulgación de la ciencia”.

Esto no debería ser necesario: los proyectos de los programas mencionados han probado ser buenos. Al parecer se trataba de un prejuicio –en el sentido de juicio previo, antes de ver la evidencia– de los directivos de Radio UNAM. En la nota de Reforma, Fernando Escalante dijo: “La estructura de Radio UNAM no ha cambiado en los últimos 20 años. Lo que pretendemos ahora es hacerla más atractiva. Que los conductores no se dediquen a platicar durante dos horas con sus invitados, sino que exploren todas las opciones de producción que da la radio”.

Uno podría preguntarse, ¿por qué una estación exitosa, dentro de su ramo, que es el cultural, tendría que cambiar? Como dicen los gringos, “si no está descompuesto, no lo arregles”. El programa indiscutiblemente más exitoso de la radio en la capital, el de Gutiérrez Vivó en Radio Red, al igual que muchos de formato similar, consisten, esencialmente, en un señor sentado frente a un micrófono, dando sus opiniones y entrevistando gente. Esa fórmula funciona y gusta al público, si está bien hecha (es decir, si conductores, temas e invitados son buenos e interesantes: pienso en Miguel Ángel Granados Chapa y su Plaza Pública, uno de los grandes éxitos de Radio UNAM, o el maravilloso programa de Jaime Litvak). Recordemos también el inmenso éxito de los programas de Ikram Antaki, a pesar de que más bien parecían conferencias.

Lo más irónico es que el nuevo programa de Rocha, anunciado con bombo y platillo en los medios de comunicación, consiste en... un señor sentado frente a un micrófono entrevistando a invitados. Y recibiendo reportes de enviados especiales, reporteros, etcétera... En fin, al parecer, se planea invitar a los participantes en los programas de la barra de ciencia a colaborar con el programa de Rocha.

En una carta publicada en el semanario Proceso (19 de agosto de 2001), un grupo de personas, supongo que trabajadores de Radio UNAM, afirman que la estación “fue pionera en los programas de opinión que hoy están de moda en la radio comercial”, lo cual es muy cierto. También protestan porque afirmar que “Radio UNAM se encuentra estancada desde los años setenta (...) es falso y una falta de respeto para muchos universitarios que han dedicado a la emisora su mejor esfuerzo”. Estoy totalmente de acuerdo: en particular, las instituciones y personas que han producido los programas de la barra de ciencia a lo largo de todos estos años (he tenido el honor se ser invitado a todos ellos alguna vez) han hecho una labor que no puede descartarse de un plumazo.

Espero que la oferta de conservar estos espacios, aun cuando sea en otro horario, se cumplan sin escudarse en una supuesta necesidad de “renovar los proyectos”. De otro modo, los radioescuchas perderíamos una de las mejores oportunidades que teníamos de conocer el panorama dela ciencia. Y eso sería una tragedia.