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8 de octubre de 2003

Ciencia: las desventajas del amor romántico (o por qué no tirar a su novia a la basura)

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 8 de octubre de 2003)

A Lilu, que se enamora pero no a lo tonto

A veces, la idea que tenemos de cómo funciona la ciencia es parecida a estar enamorado.

El enamoramiento, dice el conocimiento popular, es un estado extático en que tendemos a ver en el ser amado todas las virtudes posibles, todas las perfecciones. La encarnación del ideal.

Estar enamorado es volverse un tonto feliz; perder por completo el sentido crítico y disfrutar simplemente del placer de embelesarse observando, escuchando, tocando, oliendo y gustando del objeto de nuestro amor. Parecería el estado ideal para cualquiera –y en cierta forma lo es, sin duda–, sólo que tiene un gran inconveniente. El enamoramiento, como tantas cosas en esta vida, tarde o temprano termina.

La vida se vuelve entonces una dura caída desde la nube en que andábamos para terminar estrellarnos en el duro suelo de la triste realidad. Descubrimos que esa persona que idealizábamos es en realidad tan imperfecta como cualquier otro cristiano. Tiene mal carácter; a veces le huele la boca. No es capaz de hacer tantas cosas como esperábamos. A veces es necia, tonta, egoísta. Tiene granos en la cara. Va al baño. En ocasiones suelta flatulencias. Es, en otras palabras, humana.

Cuando a algún querido amigo le pasa esto (o a mí mismo), no me queda otra opción que decir lo que siempre se dice en estos casos: “¿pero qué esperabas?”.

Y en efecto: ¿cómo pudo uno creer que alguien pudiera ser tan perfecto? ¿Cómo podría alguien responder a todas, absolutamente todas, las expectativas de otra persona? La idealización que el enamorado hace del objeto de su amor es una trampa que él mismo se tiende y en la que irremediablemente cae. Y lo peor –y lo mejor también, porque sería terrible estar condenados a gozar sólo una vez en la vida de las delicias del enamoramiento– es que no se aprende: vuelve uno a caer en la trampa una y otra vez. Enamorarse es indudablemente un acto muy poco racional, y es por ello que, aunque la lógica nos prevenga, volvemos a tropezarnos con la misma deliciosa piedra.

¿Y qué sucede con la ciencia? Algo bastante parecido. Cuando uno la descubre, la ciencia fascina porque es un método que promete revelarnos las verdades últimas acerca del universo y la naturaleza. Es fuente de conocimiento cierto, comprobable y objetivo. Tan objetivo que podemos aplicarlo para generar tecnología que funciona. A través de la ciencia, el ser humano se ha ido quitando los sucesivos velos que nublaban su visión para ir avanzando con pie cada vez más firme hacia la comprensión certera de todas las cosas.

Suena maravilloso... sólo que no es cierto. Como un enamorado cuando vuelve a la realidad, quien profundiza un poco más en el conocimiento de qué es la ciencia y cómo funciona descubre cosas que probablemente no le van a agradar, y que amenazan con romper su idilio.

Descubrirá, por ejemplo, según nos enseñan los sociólogos de la ciencia, que los científicos, lejos de ser almas bondadosas que trabajan sólo por el amor al conocimiento y el bienestar de sus congéneres, son feroces competidores en una lucha por la supervivencia. Que forman clubes y mafias que excluyen y atacan a los grupos rivales en la carrera por lograr el descubrimiento, ganar la primicia, acertar en la hipótesis. Que intercambian el conocimiento que producen por el reconocimiento de sus colegas –y el prestigio que lo acompaña, y el dinero y el poder que a su vez acompañan a éste.

Igual que el enamorado que comete el error de visitar a su amada por la mañana y sin previo aviso, descubriéndola sin maquillaje y recién levantada de la cama, quien estudia la filosofía de la ciencia –otra de las disciplinas que ponen la ciencia bajo el domo de observación– hallará grandes y desagradables sorpresas. Que la pretendida objetividad científica es inalcanzable. Que la superioridad de la ciencia sobre otras formas de conocimiento es tan difícil de justificar como la supremacía de unas razas sobre otras inferiores. Que la fe ciega que los científicos tienen en la existencia de un mundo físico regido por leyes regulares es tan imposible de probar como la superioridad de nuestra “media naranja” por sobre todas las otras personas en el mundo.

Y cuídese usted, si ama la ciencia, de escarbar en los tenebrosos pantanos de las relaciones entre ciencia y sociedad. Puede resultar tan arriesgado –y peligroso– como revisar el diario de la persona amada. “El que busca encuentra”, dice el dicho, y al investigar uno halla que la ciencia es una empresa que no sólo no puede existir aislada de la sociedad que la financia y sostiene, sino que obedece a mandatos políticos y económicos que la misma sociedad le impone. Habrá temas que serán impulsados porque así conviene a la ideología dominante; otros serán suprimidos por no convenir a los intereses monetarios o políticos de la clase en el poder. Empresas y gobiernos invertirán dinero y esfuerzo sólo en los campos de investigación que prometan redituar nuevas armas y tecnologías que proporcionen poder.

Y sin embargo, a pesar de todas estas imperfecciones, a pesar de que la imagen pura e impoluta de la ciencia que nos ofrecieron en la escuela haya resultado no ser cierta, sería una lástima renegar de ella. La ciencia tiene algo más, algo que la hace valiosa a pesar y por encima de estos “defectos”.

¿Qué se pensaría de un amante que, al descubrir que su amada (o amado) tiene verrugas, arrugas, canas, malos humores, olores y torpezas –como las tiene todo ser humano– sufriera una desilusión tan grande que lo hiciera desecharla como una muñeca defectuosa? ¿De la chica que rechazara a los príncipes de los que durante un breve rato estuvo enamorada, sólo porque descubre que se trata sólo de simples plebeyos teñidos de azul?

Se pensaría, sin duda, que tales personas viven en un mundo de fantasía, y que probablemente les espera una vida de desilusión y soledad. A menos, claro, que pongan los pies en la tierra y acepten que los humanos son seres imperfectos que y hay que aprender a apreciar lo que tienen de bueno y disfrutable.

La ciencia, en efecto, puede tener verrugas, ser imperfecta, pero eso no demerita su valor como empresa que ha dado al hombre muchos de los frutos más valiosos de su historia. Que le ha revelado algunas de las visiones más fascinantes y bellas acerca del universo –aunque algunas de ellas hayan resultado ser erróneas y hayan sido suplantadas por otras visiones, quizá igual de engañosas.

La ciencia, como los hombres y mujeres que la hacemos, es humana, y por tanto imperfecta. Pero, ¿qué otra cosa hubiéramos podido esperar? El valor de la ciencia no es su perfección, sino la riqueza de la visión que nos presenta. Riqueza, claro, que tenemos que cultivar y redescubrir cada día, como lo hacen los amantes que superan el simple enamoramiento y pasan a la etapa más plácida pero más firme del amor.

Amar a la ciencia por lo que es, sin idealizarla, es quizá una labor difícil para un científico, pero si se logra nos da una visión mucho más profunda y sólida de esta fascinante disciplina.


3 de febrero de 1999

Los tres mundos del doctor Popper

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
3 de febrero de 1999)

Desde hace unos años, la tradicional riña entre científicos y humanistas se ha recrudecido. Los físicos, biólogos, químicos, astrónomos y demás representantes de las ciencias “duras”, “naturales” o, simplemente, “ciencias” han sostenido durante décadas (y hasta siglos) una larga discusión con sus contrapartes en las llamadas “ciencias sociales” o, simplemente, “humanidades”.

Dejemos de lado el problema de quiénes son ciencias y quienes no. Más o menos todo mundo está de acuerdo en que las ciencias que estudian el mundo físico y biológico se han apoderado del término ciencia -que antiguamente significaba “conocimiento”. Al hacerlo, han excluido a cualquier otra disciplina que pretenda usarlo... un poco a la manera de los Estados Unidos con el término “americano”. De cualquier modo, está claro que las disciplinas que estudian todo aquello en donde interviene el hombre, de la psicología a la antropología, pasando por la sociología, la historia y quizá hasta la filosofía, son claramente diferentes de las ciencias naturales.

Muchos científicos naturales, debido a su sobreespecialización y a una cierta soberbia, tienden a considerar a las ciencias sociales y demás disciplinas “humanísticas” como una especie de intentos fallidos de hacer ciencia. “No son objetivas, no tienen rigor, son influidas por la ideología de los participantes”, dicen (como si un químico o un físico pudiera tener acceso directo a la realidad “objetiva” y no estuvieran influenciados por factores biológicos, psicológicos, sociales, culturales, políticos, históricos, etcétera).

Los del área humanística, por el contrario, atacan ferozmente la supuesta superioridad y objetividad de las ciencias naturales, tachándolas de “constructos” socioculturales arbitrarios, fabricados para servir a los intereses de las clases dominantes, etcétera (como si un químico o un biólogo pudieran tergiversar los datos en la forma que se les antojara con tal de obtener resultados que apoyaran sus ideas preconcebidas... aunque se dan casos, ni quién lo dude, pero eso es otra cosa: se llama fraude científico).

Esta polarización de las posturas no beneficia a nadie, y evita que cada área se enriquezca con las herramientas de la otra y que podrían serle útiles. ¿Por qué este antagonismo, si finalmente todas estas disciplinas buscan lo mismo: el conocimiento?

Sir Karl R. Popper (1902-1994), el famoso filósofo austriaco nacionalizado inglés, desarrolló un concepto que tal vez pueda ayudarnos a entender qué es lo que está pasando.

En un hermoso escrito titulado “La selección natural y el surgimiento de la mente” (incluido en el libro Epistemología Evolucionista, compilado por Sergio Martínez y León Olivé y publicado por Paidós y el Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos de la unam), habla de la evolución del universo físico. A partir del big bang, con la formación de las partículas fundamentales y la materia, que posteriormente se agrupó para formar planetas, estrellas y galaxias, el universo -dice don Popper- ha ido constantemente evolucionando y dando origen a cosas que anteriormente no existían. Un hito especialmente importante en este proceso es el surgimiento de la vida.

Siguiendo con este proceso la evolución biológica, entre sus infinitas ramificaciones, ha llegado a producir la conciencia y el intelecto humano. Y con ellos, el arte, la poesía y la filosofía: en una palabra, la cultura. El universo, nos dice sir Karl, es creativo. (Hay que hacer aquí la aclaración de que Popper no plantea que haya un objetivo o intención implícita en la evolución del universo: simplemente, sus distintos niveles de complejidad han surgido porque las condiciones físicas así lo han permitido.)

Volviendo al tema, Popper divide al universo en tres “mundos”: el mundo uno, o mundo físico, que incluye la materia y la energía, el tiempo y el espacio (incluyéndonos nosotros mismos en tanto seres biológicos, con cuerpos físicos). El mundo dos, o mundo de la mente, se refiere a la conciencia y los procesos psicológicos. Nuestro “yo”, nuestras mentes y nuestras inteligencias habitan, pues, en este mundo. Finalmente, el mundo tres, o mundo de la cultura, incluye todos los productos del intelecto humano, que se hallan en los cerebros de la humanidad (bueno, al menos en algunos) pero también en sus bibliotecas, en la red y en los otros medios de comunicación. Aún cuando la raza humana desapareciera de la tierra, el mundo tres seguiría existiendo, al menos potencialmente, en estos escritos.

Tomando en cuenta esta visión, habría que reconocer que las ciencias naturales son, en cierto sentido, más “sencillas” que las disciplinas sociales y humanísiticas, pues estudian únicamente el mundo uno. Las disciplinas como la psicología, que estudia el mundo dos, o la sociología, antropología o historia, que estudian el mundo tres (aunque no siempre es clara la separación entre mundo dos y mundo tres), se enfrentan a un problema distinto. El intelecto humano es parte de la realidad que trata de estudiar, y esto necesariamente interfiere con el ideal de “objetividad” que toda ciencia persigue.

Así, aún cuando las ciencias naturales se enfrentan al problema de estudiar una realidad (el mundo uno) a la que no tenemos acceso directo, sino sólo a través de nuestros sentidos (pues nosotros, nuestras mentes, vivimos en el mundo dos), las disciplinas humanísticas se encuentran con que el investigador forma parte de su objeto de estudio. Esto acarrea problemas en cuanto a objetividad, imparcialidad y confiabilidad se refiere.

Tal vez el tener en cuenta esto ayude a que los científicos dejen de exigir un rigor que las condiciones no permiten, y aprendan a apreciar la riqueza de los enfoques provenientes de las disciplinas humanas, aunque no sean “objetivos” en un sentido científico-natural. Y los humanistas, a su vez, podrían dejar de pretender imitar a los científicos, buscando una objetividad que no sólo es imposible de alcanzar -aún para los científicos naturales-, sino que estorba en su labor de comprender la mente, la cultura y la sociedad humanas. Ojalá así sea.