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11 de octubre de 2006

Asesoría mística

OJO: a diferencia de todos los demás textos publicados en este blog, éste no lo publiqué en Humanidades, ni en ningún otro lado. Lo escribí en octubre de 2006 para la extinta revista Wow Internacional, como primer intento de colaboración (pedido por ellos). No les gustó o se pasó el momento, y ya no lo publicaron, aunque luego me publicaron otros. Pero me costó mucho trabajo escribirlo y hoy pensé que vale la pena ponerlo en algún lado, como testimonio de algo que vale la pena recordar.

No cabe duda que tener a un especialista como asesor es la mejor garantía de tranquilidad. Cuando uno sabe, por ejemplo, que el banquete de bodas está siendo organizado por un chef experto, o que el jefe de la policía es un perito competente y experimentado, puede dormir tranquilo, confiando en que todo saldrá a pedir de boca.

Por eso, y sobre todo en un país como el nuestro -que como es bien sabido es la encarnación del surrealismo- nada podría ser más adecuado y tranquilizador que saber que la Presidencia de la República cuenta con una asesora mística.

En efecto: un reportaje de Anabel Hernández publicado en La revista del diario El universal reveló hace poco que el nombre de esta insigne funcionaria es Rebeca Moreno Lara Barragán, y que está contratada como Directora de Logística de la Oficina de Apoyo a la Esposa del C. Presidente con un sueldo mensual bruto de 78 mil pesos.

La situación no debería extrañar a nadie. En todo caso, no hace sino mostrar la coherencia ideológica de quienes llegaron a ocupar la posición de “pareja presidencial” gracias a una campaña orquestada por el publicista Santiago Pando siguiendo los dictados de los “mayas galácticos” y las enseñanzas de la psicomagia de Alejandro Jodorowski.

Los especialistas

La red de expertos que asesoraron la campaña presidencial de Fox resulta notable: el propio Santiago Pando, Antonio Calvo, compositor y productor de teatro; Álex Slucki, “canalizador de ángeles”, y la mencionada Rebeca Moreno (quien según Anabel Hernández es conocida con el nombre de Kadoma Sing Ya, que significa “lo que está siempre vibrando”).

Quizá entre ellos el más conocido sea Pando, famoso no sólo por ser el creador de la campaña que condujo a la victoria el 2 de julio de 2000. Saltó a las primeras planas en 2002, cuando decidió renunciar al equipo foxista por órdenes de sus chamanes, quienes le anunciaron que “debía seguir la luz de los mayas galácticos y ser su vocero en la revolución de conciencias que ya se gesta en México”, según afirma Rodolfo Montes en un reportaje publicado en la revista Proceso en septiembre de ese año.

¿Quiénes son estos mayas galácticos? Unos “seres extraterrestres que desde hace mucho tiempo habitan en la Tierra”, reveló entonces Pando. Con semejantes guías, no es de extrañarse el gran éxito que tuvo la campaña foxista: la mejor prueba, contra todo lo que pudieran refutar los escépticos, que nunca faltan, es precisamente el triunfo del 2 de julio.

Aunque el discurso de este especialista podría parecer oscuro y hasta hueco o incoherente (“en nuestro país está ocurriendo la primera revolución, una implosión a nivel de conciencia, que tiene que ver más con el lado de la espiritualidad”), no cabe duda de que es un hombre que sabe de lo que habla. “Me estuvieron preparando hace mucho tiempo para esto. Recibo vibras. Oigo todo el tiempo voces. Son entes, son seres de luz. Al principio, no sabía qué era, pensaba que eran ideas que se me ocurrían, pero poco a poco fui dándome cuenta de que cuando siento un hormigueo y me duele aquí y siento muy caliente, es el momento en que cojo una pluma y me pongo a escribir, pues es cuando se quieren comunicar conmigo”. Podría sonar como un caso para el neurólogo, pero no: en esta ocasión, es claro que estamos ante un auténtico fenómeno de contacto con extraterrestres. Al menos, eso asegura Pando.

La versión de los místicos

Y es que, contra lo que uno pudiera suponer en esta época de avances vertiginosos de la ciencia y la tecnología, el pensamiento racional no ha logrado desbancar a otras formas de conocimiento. Pando lo expresa cuando habla de lo que viene: “es difícil explicarlo, porque justamente lo que se romperá es una lógica, un arquetipo, un paradigma y todo un sistema”.

¿Por qué suponer que el pensamiento racional es la única visión posible? Después de todo, sólo ha dado frutos tan importantes como nuestro sistema social de derecho, nuestras reglas de convivencia y de gobierno, nuestra visión de la justicia y los derechos humanos, amén de todo el aparato científico y tecnológico con que contamos en la actualidad (vacunas, transportes, telecomunicaciones, computadoras, edificios, medicamentos, métodos de diagnóstico, nuevos materiales... la lista es tan amplia como el horizonte que nos rodea cotidianamente). ¿Por qué no creer que también el mundo de los espíritus –en caso de que exista– puede ser fuente de conocimiento confiable?

Al menos Rebeca Moreno sí lo creyó. Y para ello entró en contacto con un personaje ya conocido para los lectores de Wow: el médium cubano Jorge Berroa, quien en el número 19 de nuestra revista sirvió como canal para llevar a cabo una divertida entrevista nada menos que con el mismísimo Mahatma Gandhi, con la que se inauguró la era del “periodismo esotérico”.

Habrá quien se niegue a creer en semejante posibilidad, pero a la hoy asesora presidencial Rebeca Moreno el médium Berroa le reveló que “ya antes, en otra vida había preparado el rescate de Ricardo Corazón de León”. Y a Antonio Calvo le dijo que “era un alma que venía de Orión a cumplir una misión en esta Tierra”.

Quizá lo que nuestro país necesitaba, precisamente, es un gobierno nuevo que lograra el necesario cambio: abandonar los caducos valores de la racionalidad y luchar, con el apoyo de ángeles, chamanes y espíritus del más allá galáctico, para lograr que México entre a una nueva era de luz. Es más, ¡quizá ya estamos en esa era luminosa, sólo que no hemos sido capaces de darnos cuenta!

La visión racional

Desgraciadamente, nunca falta el negrito en el arroz: los defensores del pensamiento racional. El que se basa en la lógica; el que pide razones y explicaciones, y que requiere una coherencia en los argumentos. Estos escépticos de lo sobrenatural insisten en la superioridad de su forma de ver el mundo. No en balde, dicen, la racionalidad es la modalidad de pensamiento que utilizan detectives, periodistas y científicos para hallar las respuestas más confiables a las preguntas que intentan contestar. Es también, idealmente, la base para tomar decisiones en una democracia (aunque, como nos demostró Pando, la realidad dista mucho de este ideal: las enseñanzas de los mayas galácticos, junto con una buena dosis de propaganda bien planeada, bastaron para ganar las elecciones).

Los escépticos son los eternos aguafiestas. Insisten en negar la posibilidad de que estemos siendo observados y asesorados por civilizaciones extraterrestres más antiguas y sabias que la nuestra. Se basan para ello en argumentos aparentemente sólidos, como las tremendas distancias, de miles de años luz, que nos separan incluso de las estrellas más cercanas. Su argumento –racional, por supuesto, y suponiendo en primer lugar que tales civilizaciones existen, que cuentan con una tecnología avanzada y que tienen interés en venir hasta acá –, es que un viaje desde tal lejanía requiere un gasto de energía más allá de lo imaginable. Además del tiempo necesario, que según nos enseña el doctor Einstein debe ser superior a la cifra en años luz que nos separan de ellos, pues nada puede superar la velocidad de la luz.

Pero claro, eso dicen ellos, los racionalistas. ¿Por qué no puede superarse la velocidad de la luz? ¿Por qué no podrían los extraterrestres contar con la energía necesaria y estar ahí, escondidos en sus platillos voladores, o bien aquí mismo, ocultos entre nosotros, asesorándonos como los niños que somos para conducirnos por el camino de la luz? ¿Sólo porque lo dijo Einstein?

¿Y usted qué opina?

En realidad se trata de un choque de cosmovisiones. Habrá quien prefiera limitarse a lo que podemos observar, medir y comprobar mediante la experimentación. Habrá quien opte por “sentir las vibraciones”.

La diferencia estriba en qué tan confiable sea la visión que ofrece cada una de estas formas de pensar. Los científicos, por ejemplo, a cambio de la poderosa herramienta de producción de conocimiento que manejan, se limitan a tomar en cuenta sólo explicaciones naturales, y se ven obligados a dejar fuera las sobrenaturales (si las aceptaran, no tendría caso realizar experimentos para comprobar las hipótesis que explican la naturaleza: cualquier explicación sería posible). A lo largo de la historia humana, ha sido esta capacidad de formular hipótesis sobre el mundo que nos rodea, y después someterlas a prueba para desechar las que no ofrezcan predicciones acertadas, la que ha permitido que la humanidad sobreviva con gran éxito y transforme el mundo para su beneficio.

La visión mística, en cambio, nos ofrece un mundo en que las cosas pueden cambiar simplemente porque nosotros así lo deseamos. Después de todo, entidades superiores, seres extraterrestres y presencias del más allá están ahí para ayudarnos.

Al margen de lo que cada uno opine, podemos estar seguros de que el rumbo de México está bien definido. Si la política racional no ha dado buenos resultados, quizá la asesoría de adivinos y guías espirituales nos pueda ayudar a superar el eterno bache nacional. Podemos respirar tranquilos: el futuro de la nación está en buenas manos. La vidente Rebeca Moreno asesora a la esposa del C. Presidente. Ella es, según la describió Santiago Pando en una entrevista radiofónica, “un faro que transmite energía distinta a la que tiene la gente cuando está atrapada en la razón”. Menos mal, porque si trata uno de usar la razón para analizar la situación del país, la verdad es que no se entiende nada.

2 de junio de 2004

Los ovnis de mi señor general: un golpe para la credibilidad científica

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 2 de junio de 2004)

A Gerardo Gálvez Correa, un amigo lúcido

La situación haría llorar al más plantado. Luego de años de fomentar la enseñanza científica, como lo manda la constitución; luego de décadas de llevar a cabo múltiples actividades de divulgación científica, de dar conferencias, escribir en todos los medios, tener programas de radio y televisión, de construir museos, y tantas otras cosas... luego de todo esto, la comunidad científica mexicana no ha logrado adquirir la más mínima credibilidad.

Al menos eso es lo que puede deducirse de la actitud del Secretario de la Defensa Nacional, general Clemente Ricardo Vega García, cuando decidió entregar los videos de unos ovnis observados por un avión de la fuerza aérea mexicana en el cielo de Campeche a Jaime Maussán, el conocido charlatán que se gana la vida como “experto” en el llamado fenómeno ovni.

El avión de marras patrullaba el cielo en busca de aviones de contrabandistas. Para ello contaba con un radar y una cámara infrarroja, capaz de detectar objetos por el calor que despiden. Los objetos voladores no identificados que descubrieron en el radar, pero que permanecían invisibles, aparecían en la cámara infrarroja como bolas luminosas. Se movían al unísono y, al parecer, comenzaron a seguir a la aeronave mexicana.

Suena intrigante, en efecto. Una persona curiosa y honesta pensaría que hay buenas razones para investigar más, y quizá tendría razón. Pero a partir de ahí, la historia se tuerce por el camino del desastre. La Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) decide entregar el material a Maussán con el fin de que lo haga público: strike one. Maussán echa las campanas al vuelo (como ya lo ha hecho en tantas ocasiones, muchas de ellas comprobadas más tarde como fraudes en mayor o menor grado), y se refiere a la decisión de la SEDENA como algo histórico, único en la historia mundial: un gobierno que oficialmente reconoce la existencia del fenómeno ovni. El ridículo internacional, nada menos.

Y desde luego, cuando Maussán dice “ovni”, no se refiere a que no sabe de qué se trata: el está seguro de que son naves extraterrestres. Platillos voladores, pues. Y aprovecha el espaldarazo que ha recibido su credibilidad para asegurar que ya no es posible negar que los extraterrestres nos visitan. Los medios de comunicación, sobre todo los de Televisa, empresa donde trabaja Maussán, destacan la nota en primera plana (aunque hay que decir que la mayoría de los medios presentaron los hechos sin mostrar que creían que efectivamente se tratara de extraterrestres... quizá no todo está perdido). De este modo, el público general recibe un mensaje claro: los marcianos llegaron ya, y el ejército tiene pruebas. Strike two para la cultura científica de nuestro pueblo.

Pero ahí no acaba todo: en entrevista, el general Vega García afirma que si no le dio el video a verdaderos científicos es porque ¡no los conoce! Strike three. Existen astrónomos en la UNAM y otras instituciones, especialistas en fenómenos atmosféricos y otros que podrían haber ayudado a interpretar lo observado por los asustados pilotos caza-narcos. Al afirmar que no los conoce, el general no sólo reconoció públicamente que es un ignorante (y un irresponsable, pues ¿se imagina usted qué haría en caso de una emergencia militar de otro tipo si no tiene al menos la cultura indispensable para saber que el ejército, en caso necesario, puede recurrir a la comunidad científica nacional para obtener asesoría confiable?). Implicó también que las fuerzas armadas del país no reconocen la existencia y la calidad de los científicos mexicanos. Y de paso, les negó credibilidad.

En una encuesta reciente, el ejército quedó en segundo lugar entre las instituciones más confiables para el pueblo mexicano, sólo después de la iglesia (la católica, claro). Hoy esa institución muestra que no reconoce la capacidad de los científicos de la UNAM, y en general del país, y al mismo tiempo que sí conoce y respeta la autoridad de un charlatán como Maussán. ¿Qué efecto tendrá este golpe en la credibilidad de los científicos ante la opinión pública mexicana?

Desde luego, la cosa no quedó así. La comunidad científica de la UNAM organizó una mesa redonda a la que asistieron los medios, y en ella se aclaró la situación. Se mostró que la SEDENA debió haber recurrido a los científicos, y se propusieron explicaciones sensatas al fenómeno observado (la más probable es la de las centellas o “rayos bola”, un fenómeno relativamente poco estudiado, aunque hay quien afirma que se trataba de aviones caza estadounidenses). Y más recientemente, un grupo de astrónomos, divulgadores y científicos de todo tipo lanzaron un manifiesto para protestar por los hechos. Pero el alcance que estas medidas tengan no es comparable con el golpe publicitario que la SEDENA le ofreció en bandeja de plata a un seudocientífico apoyado por el aparato mediático más poderoso del país.

Al menos, como dice un amigo cuyos argumentos he citado libremente en este texto, la UNAM protestó, pero ¿dónde está la protesta de la Secretaría de Educación Pública? ¿La del Conacyt, la Academia Mexicana de Ciencias, el Consejo Asesor de Ciencias de la Presidencia?

Y como dice otro amigo, el ejército no se manda solo: el jefe supremo de las fuerzas armadas es el presidente de la república. ¿Cuál es su posición al respecto? ¿O será que todo, como afirman los que saben, fue sólo un golpe mediático para desviar la atención del público y los medios de los desoladores escándalos políticos que ensombrecen el panorama nacional? “Yo no me presto a eso”, afirmó indignado el general Vega cuando se le mencionó la hipótesis, pero no es fácil encontrar otra explicación.

Lo que sí es evidente es que la comunidad científica como un todo, incluyendo a investigadores, funcionarios, educadores y comunicadores de la ciencia, tendremos que redoblar esfuerzos si queremos hacer un “control de daños” ante el golpe que la Secretaría de la Defensa le ha propinado a la imagen pública de la ciencia en México. Ni modo, así es nuestro país. Ahora sólo nos queda seguir trabajando.

21 de mayo de 2003

Tecnoamenaza microscópica (o los placeres de la paranoia)

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 21 de mayo de 2003)


Todo comenzó con el anuncio de una mesa redonda sobre nuevas tecnologías. “La convergencia tecnológica: nanotecnología, biotecnología, informática... ¿el futuro de la ciencia?”, anunciaba el cartel. Estaba ilustrado con un fragmento del infierno del famoso tríptico del Jardín de las Delicias, de Hyeronimus Bosch (El Bosco), en el que se observa un humano con cabeza de pájaro y una olla de sombrero, sentado en un trono, que devora a un ser humano mientras defeca a otro dentro de una burbuja. Pero para mí quedaba claro, por lo simbólico de la ilustración, que el tema de la mesa redonda debía ser algo muy peligroso.

El texto que acompañaba a la imagen eliminaba cualquier duda: “Nuevas y poderosas tecnologías con gran potencial militar (como genómica, neurociencias, robótica, informática y la más significativa de todas: la nanotecnología o tecnología atómica [sic]), están siendo desarrolladas principalmente por el gobierno de Estados Unidos, sin que la sociedad tenga prácticamente ninguna información sobre éstas ni sobre sus proyectos. Invitamos a este panel para compartir nuestra investigación sobre estas tecnologías, el contexto en que se desarrollan, y sus posibles consecuencias.”

Decidí asistir, con el fin de enterarme de la versión que el grupo ETC (Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración) tenía del asunto, y quizá para expresar la opinión de un divulgador de la ciencia (yo).

Por coincidencia, unos días antes un amigo me había enviado una nota periodística muy curiosa: el príncipe Carlos de Inglaterra había convocado a la prestigiosa Royal Society de Londres (la institución científica más antigua del mundo) a debatir los riesgos de la nanotecnología, bajo la impresión de que esta disciplina -que busca producir máquinas de tamaños submicroscópicos (nano se entiende como apócope de nanómetro, la millonésima parte de un milímetro), compuestas por relativamente pocos átomos- podría llegar a crear una especie de virus artificiales que acabaran con la vida en el planeta. La idea es que los científicos y tecnólogos, apoyados por las grandes empresas y el gobierno estadounidense, están tratando de desarrollar nanorrobots capaces de reproducirse a sí mismos, que posteriormente podrían (como tiene que ser, según el canon anticientífico establecido por Frankenstein) salirse de control y apoderarse del mundo.

Pues bien, resulta que la principesca angustia fue causada por la lectura de un documento llamado The big down (traducido extrañamente como “la inmensidad de lo mínimo”), escrito por el activista Pat Mooney y distribuido precisamente por el grupo ETC. La noticia había salido a la luz el día de la mesa redonda, causando curiosidad y risas en la comunidad científica de todo el mundo. Los organizadores de la mesa, sin embargo, no tuvieron empacho en vanagloriarse del “apoyo” que estaban recibiendo del real personaje.

La convocatoria para la mesa, que se realizó en la Facultad de Economía, había sido distribuida ampliamente en la UNAM, así como en los medios de comunicación. Yo esperaba encontrar un discurso relativamente moderado, cauteloso, que tratara de convencer por medio de una historia más o menos creíble.

Lo que me encontré fue exactamente lo opuesto: ciencia ficción pura. No puedo negar que los ponentes contaban con datos bastante precisos, pero la historia que hilvanaban, con base en sus muy peculiares interpretaciones de esos datos, y sobre todo las predicciones que pretendían deducir de ellas, eran tan increíbles como las space operas (novelones tipo Guerra de las Galaxias) que le recetan a los estudiantes de Dianética y Cienciología.

Junto con la historia de la amenaza de la nanotecnología fuera de control (que denominan grey goo, o plasta gris), este grupo, al que netamente puedo denominar anticientífico, propaga la llamada (por ellos) “teoría del pequeño BANG”. Basada en las iniciales de Bit, Átomo, Neurona y Gen (objetos de estudio de las nuevas y peligrosas tecnologías que tanto temen los de ETC: informática, nanotecnología, neurociencias y biotecnología), la “teoría” advierte que el gobierno de los Estados Unidos está promoviendo la fusión de estas cuatro ramas para “garantizar la dominación... tanto militar como económica en el siglo 21”.

¿Por qué es anticientífico el enfoque de este grupo? Después de todo uno podría pensar que simplemente tratan de advertir a la sociedad sobre posibles peligros de las tecnologías futuras.

Pero hay varias pistas que delatan la agenda oculta del grupo. Una es la burda estrategia que usan de cambiar nombres para crear asociaciones negativas (la sigla BANG, por ejemplo, o proponer que a la nanotecnología se la llame “tecnología atómica”).

Otra es su confusión entre ciencia y la tecnología (aunque lo mismo se podría decir del Conacyt...), así como la visión amenazante que tienen de ellas (a diferencia del Conacyt, afortunadamente). En su opinión, la meta de los Estados Unidos es desarrollar los nanorrobots autorreplicantes para poder así ¡manipular las mentes de la gente! La prueba de ello, según ETC, es que se está tratando de desarrollar un mapa de cada neurona del cerebro humano. Matrix combinado con el Big Brother de George Orwell.

Otra pista es la manera tramposa en que argumentan: si algo podría ser peligroso (ciencia ficción), pero no hay datos para evaluar si ese riesgo es realista (ciencia), ETC decide que está comprobado y hay una conspiración para ocultarlo (amarillismo). También liga datos inconexos para crear la ilusión de riesgo, como cuando afirman que las nanopartículas que forman parte de la contaminación causan daño a la salud, y concluyen que la nanotecnología causará daños a la salud.

Pero lo más notorio, a pesar del barniz superficial que presentaban los oradores de la mesa, aparentando ser expertos en ciencia, era su gran ignorancia en cuanto a los temas científicos.

En efecto: a pesar de manejar palabras y conceptos científicos sencillos, los conceptos en los que se basa la visión apocalíptica de ETC contienen graves errores. Uno que ha sido señalado por la prensa mundial es la extraña concepción que tienen de la nanotecnología: parecen pensar que los átomos pueden manipularse como si no estuvieran sujetos a las leyes de la química, formando enlaces unos con otros. Creen que los átomos se pueden manipular como si fueran ladrillos inertes.

He aquí otras perlas que alcancé a pescar durante la mesa:

“Creemos que la nanotecnología va hacia la manipulación subatómica” (como si también electrones y protones se pudieran manejar como ladrillos –las reacciones nucleares vistas como sencillos rompecabezas).

“A escala nanométrica, los átomos de oro son rojos” (a escala nanométrica, el concepto de color pierde sentido. Quizá querían decir que las partículas nanométricas de oro, no los átomos, vistas macroscópicamente, son rojas).

“Los trabajos de los bio-nanotecnólogos (otro invento de ETC) tienden a borrar la diferencia entre lo vivo y lo no vivo” (no es ninguna novedad: desde el advenimiento de la biología molecular se sabe que no hay ninguna “esencia” que distinga a lo vivo de lo inerte, excepto su alto nivel de organización).

“Gracias a la nanotecnología, de basura se podría hacer una hamburguesa” (sólo si se lograra la transmutación alquímica de los elementos, pues una hamburguesa está hecha de elementos distintas que la basura).

El problema con grupos como ETC es que son gente que sabe muy poca ciencia, pero es suficientemente hábil en su discurso como para que su público –que no sabe nada de ciencia– les crea cuando se hacen pasar por expertos.

El discurso amarillista que manejan les asegura amplia aceptación en una prensa cada vez menos dispuesta a dedicar un espacio a la ciencia. Un ejemplo: el periódico La Jornada cuenta entre sus columnistas a Silvia Ribeiro, miembro de ETC y destacada por su furiosa oposición a todo lo que huela a biotecnología, genómica, y ahora nanotecnología, así como por la dudosa calidad de su información “científica”. (Y al mismo tiempo, hace muchos meses que La Jornada suspendió la publicación de su suplemento de ciencia.)

Quienes nos dedicamos a divulgar la ciencia tenemos un compromiso no sólo con compartir con el público los placeres y la importancia de la actividad científica y del conocimiento que produce: también tenemos que señalar los errores y tergiversaciones que grupos como ETC, lamentablemente, difunden en los medios. Después de todo, su verdadero objetivo no parece ser fomentar el bueno uso de la ciencia, sin combatir su desarrollo. ¿Se tratará, después de todo, de una conspiración imperialista para impedir que haya ciencia en otras partes del mundo? (Pero no, en realidad no lo creo: se trata simplemente de una gran dosis de ignorancia combinada con el enemigo de siempre: la tontería.)