5 de febrero de 2003

El triste caso del regio más chupador (o “la dosis hace el veneno”)

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 5 de febrero de 2003)

A finales del año pasado se publicó en el diario Reforma (27 de diciembre de 2002) una historia que merece pasar a formar parte de la amplia enciclopedia de la estupidez humana. O quizá de recibir uno de los prestigiados premios Darwin (www.darwinawards.com/), que se otorgan -muchas veces póstumamente- a aquellas personas que se distinguen por su capacidad para eliminarse a sí mismos en la lucha por la existencia, contribuyendo así a la selección natural que elimina a los menos aptos.

El caso consiste en lo siguiente: en una discoteca de Monterrey, Nuevo León, llamada Vat Kru (vaya usted a saber el porqué del nombrecito), los conductores del programa televiso de televisión “No te equivoques” organizaron un concurso para encontrar “al regio más chupador” (bueno, el periódico era más educado y decía “al regio que toma más tequila”).

El afortunado ganador fue un joven de 19 años, Marco Israel López Vargas, quien demostró sus habilidades –y su escasa inteligencia- bebiéndose la escalofriante cantidad de ¡40 tequilas! (Para un abstemio como un servidor, la hazaña parece tan imposible como consumir 40 huevos cocidos uno tras otro y sin tomar agua.)

Pero como usted imaginará, la historia no terminó ahí. Después de ganar el concurso, el joven llegó –seguramente con más que un poco de ayuda de sus amigos- a su casa en la madrugada del domingo y se durmió. A la mañana siguiente, su padre, Martín López Huerta, intentó despertarlo sólo para descubrir que estaba muerto. Ya imaginarán ustedes la angustia del padre, quien pedía (no muy perspicazmente; la inteligencia tiene un componente hereditario) “que se esclarezcan los hechos y me digan de qué murió mi hijo”.

Y precisamente ese es el punto de esta nota: cualquier persona medianamente sensata debería (sí, debería) saber que tomar un exceso de alcohol puede ser mortal. En particular, quienes organicen un concurso de tomar alcohol deberían tener claro cuál es la dosis letal de esta sustancia, y saber al menos aproximadamente cuánto alcohol contiene cada copa, de manera que pudieran establecer un límite de seguridad para evitar precisamente lo que sucedió con el joven Marco. (Para ser justos, habría que señalar que Tony Dalton y Kristoff, los conductores del programa, niegan haber organizado un “concurso”. “Qué es para ti un concurso? Porque nosotros no hacemos concursos, güey, digo, había unas niñas y eso sí, mas, bueno, tampoco es un concurso, y dijimos que la que bailara más sexy le regalábamos la entrada, ya sabes. Pero no fue concurso, básicamente no fue un concurso de que ‘eh, esto es un concurso’, ya sabes”, afirmó con gran lucidez Kristoff. Dios los cría y ellos se juntan, añade este relator.)

De hecho, se trata de un caso extremo de falta de cultura científica (en particular, de cultura química, tan despreciada por... bueno, supongo que por todos los que no son químicos). En mi opinión, todo mundo debería saber un principio importante: que cualquier sustancia, en dosis suficientes, puede resultar tóxica. En otras palabras, como lo expresa un certero dicho, “la dosis hace el veneno”.

¿Qué es un veneno? El diccionario lo define como una sustancia que, introducida o aplicada al cuerpo en poca cantidad, causa la muerte o trastornos graves. Por supuesto el chiste es saber cuánto se considera “poca cantidad” (o como dice otro dicho, “qué tanto es tantito”). Quizá por eso los químicos preferimos hablar de “sustancias tóxicas” y decir que hay grados de toxicidad.

Existen sustancias capaces de matar a un humano de 70 kilos que consuma menos de 700 microgramos de ellas (o sea, menos de un miligramo). Se trata de las biotoxinas, los venenos más potentes que existen. Dos ejemplos son la toxina botulínica, producida por la bacteria Clostridium botulinum, y la ricina, que puede obtenerse de la semilla conocida en inglés como castor bean y cuyo nombre no he logrado averiguar en español.

Existen también sustancias “supertóxicas”, que son mil veces menos tóxicas que las biotoxinas (70 miligramos se requieren para matar a nuestro sujeto de 70 kilos), como los agentes neurotóxicos y la atropina. Luego siguen las sustancias “muy tóxicas” (cianuro, ciertas toxinas producidas por hongos y ¡la vitamina D! Dosis letal para nuestro sujeto: 3 y medio gramos); las “moderadamente tóxicas” (35 gramos resultan mortales; insecticidas organofosforados, barbitúricos) y las “ligeramente tóxicas”, que incluyen a los disolventes comerciales y, sorprendentemente, a la aspirina (aunque tendría usted que consumir hasta 350 gramos de aspirina para suicidarse, si no le perfora antes el estómago... lo cual, desde luego, igual resulta mortal).

Las sustancias cuya dosis letal es mayor que 350 gramos se consideran inofensivas. Pero, ¿lo son en realidad? Para todo fin práctico sí, pero lo notable es darse cuenta de que toda sustancia tiene una dosis letal: “la dosis hace el veneno”. La vitamina D, por ejemplo, es indispensable para nuestra vida, pero un exceso la convierte en mortal. En el otro extremo, la toxina botulínica, cuyo uso por terroristas sería una catástrofe, se usa en clínicas de belleza, en dosis exquisitamente controladas, para eliminar (por unas semanas o meses) las arrugas de los rostros de mujeres que se niegan a dejar de ser bellas.

En cuanto al alcohol, que tiene una función depresora sobre el sistema nervioso, la dosis consumida es determinante para sus efectos. Una concentración de 0.05 por ciento de volumen en la sangre produce un efecto de tranquilidad y desinhibición. Pero cuando el nivel llega a 0.1 por ciento se produce falta de coordinación, con 0.3 por ciento, inconsciencia, y con 0. 5 por ciento de alcohol en la sangre, es decir, con sólo una parte en doscientas, se produce la muerte.

Antes de organizar un evento como el que causó la muerte de Marco, creo que los organizadores -y también el propio Marco, igual que todos nosotros- tenían la responsabilidad de saber que podía resultar peligroso, y de obtener la información mínima para saber hasta dónde puede llegar un “chupador” consumiendo tequila. No resulta tan difícil; cualquier médico los podría haber asesorado. Como dijo posteriormente el papá de Marco: “Es letal lo que les están dando a los muchachos, es alcohol, es como una arma”. Lástima que su hijo no lo supo a tiempo. La cultura química sí sirve para algo... sobre todo si no quiere usted pasar a formar parte de los merecedores de los premios Darwin.

Termino con un descarado anuncio: hace unos años escribí, dentro de una colección publicada por la Secretaría del Medio Ambiente y la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica, un pequeño libro, en forma de relato para jóvenes, que habla de estos temas, titulado precisamente La dosis hace el veneno. Si desea puede usted adquirirlo en las oficinas de la Sociedad, al teléfono 56-22-73-30.


4 de diciembre de 2002

Luz de la ciencia, luz del arte: seis años del Museo de la Luz

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en
Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 4 de diciembre de 2002)

No hay noches oscuras en la gran ciudad. El brillo tecnológico de la civilización compite con el manto estrellado y, al iluminarlo, lo opaca.

Aún así, el amanecer es triunfo sobre la oscuridad y muestra detalles que permanecían invisibles en la penumbra, por más iluminada que ésta estuviera con fluorescencias verdosas, brillos rojizos de mercurio o arcoiris de neón.
A la salida del sol, las calles del centro adquieren vida lentamente.

Primero con el rumor de barrenderos. De policías. De panaderos y voceadores. Luego con la lenta construcción de puestos callejeros. Horas después el bullicio de los vendedores ambulantes y sus marchantes las habrá invadido irremediablemente –en algunas calles cerrando el paso de los automóviles–, llenándolas de colores y plásticos y gritos y regateos y también de pequeños robos; de olores y sabores; de colores y sonidos, de gente y movimiento.

En medio de esta vida, este caos que constituye el orden diario del centro de la capital, los nacientes rayos del sol iluminan la torre del Antiguo Templo de san Pedro y san Pablo, que fuera también sede de la Hemeroteca Nacional. El Museo de la Luz surge a un nuevo día.
* * *

La ciencia ilumina. Igual que ilumina el arte. Igual que la luz. En ausencia de luz, las cosas no tienen color; no son siquiera visibles. Un niño “ilumina” cuando colorea un dibujo; así también arte y ciencia, razón y belleza, cuando iluminan nuestro mundo, nuestras vidas, les dan color, luz y significado. Sin arte y sin ciencia, que es como decir sin luz, el mundo no es comprensible, no tiene color, no tiene sentido, no tiene siquiera sabor ni textura: es gris e insípido.

La ciencia ilustra; muestra, explica. Educa; ilumina. También el arte ilustra: muestra el significado profundo de las experienc
ias; muchas veces construye las experiencias mismas, engendrándolas ahí donde antes no las había. Para entender la luz, hay que conocer la total oscuridad. Cualquiera que haya experimentado la forma en que la luz, al ir apuntando luego de la oscuridad total, hace que las cosas vayan apareciendo –vayan de hecho existiendo ahí donde antes, al no ser visibles, no estaban– cuenta con una metáfora adecuada para explicar la experiencia científica, ese momento en que entendemos, en que las cosas adquieren de pronto un sentido que parece imposible no haber percibido antes.

Ilustrar, aluzar, iluminar. La historia también ilustra. La época llamada de la ilustración fue, más que nada, una época científica. El espíritu de compartir la visión racional y empírica del mundo llevó a grandes proyectos como la Enciclopedia, y a la consolidación de la ciencia como la concebimos modernamente.

Con este mismo sentido,
el proyecto del Museo de la Luz de la UNAM, con su carga de historia, de ciencia y de arte, surge en el caos ciudadano: como una suerte de faro, una manera de lanzar una luz que ilumine, ilustre y comparta el placer de la ciencia –el placer del arte– con quienes convivimos en el diario ajetreo de esta capital, quizá la más poblada del mundo.

* * *

La idea de compartir la luz –lo que es la luz, en todos sus aspectos– con el público de la ciudad es novedosa; quizá única. Se trató, desde la concepción misma del proyecto hasta el momento de darlo al mundo, de conjuntar todos los diferentes aspectos del fenómeno luminoso: sus facetas científica, humana, artística, vital, histórica. Una utopía que hoy, seis años después, se mantiene, todavía incompleta pero a la vez exitosa y disfrutable, como un punto de paz en medio de los puestos, las mercancías, el ruido y la gente que puebla el centro citadino.

La luz es radiación electromagnética, que es decir vibración de un éter inexistente. Perturbación del campo eléctrico y magnético que viaja a la velocidad, sí, de la luz.

La luz viaja en línea recta... menos cuando prismas, espejos, lentes la desvían. O cuando, atrapada en fibra óptica, se comporta como el agua en la manguera y posibilita las modernas telecomunicaciones, la computación óptica y cuántas otras cosas.

La luz nos permite ver, gracias a ojos que han evolucionado en millones de años; a moléculas minúsculas que cambian al ser iluminadas, a lentes vivas que enfocan y a cerebros que interpretan señales. Da color y temperamento al mundo, según sean los matices que porte.

La luz surge, fluorescente, de sustancias que la generan, o en reacciones termonucleares que ocurren en las estrellas. Se descompone en arcoiris, se refleja, crea infinitos en un par de espejos. Impulsa la vida, desde la intimidad fotosintética de las células hasta el ciclo ecológico global de la biósfera.

Crea ilusiones ópticas, se enfoca, merced la labor de los optometristas, correctamente para ver. Nos sorprende con cualidades paradójicas y efectos inesperados –sombras de colores, figuras imposibles, reflejos geométricos de belleza insospechada.

Y nos permite también apreciar la majestad del recinto que alberga el museo, la calidad de su historia y de los murales y vitrales que lo adornan. Su pequeña tienda compite, cándida, con la vendimia de las calles. Su portal ofrece un puñado de sueños de ciencia teñida con arte ante la pobreza que reina en las calles. No es inútil el empeño, pues ante la realidad dura sólo la maravilla de la razón, la esperanza y la belleza salvan. Vale la pena, sí, compartir los sueños del hombre científico y artista, no sólo limitarse a sobrevivir un día más. Vale la pena un museo, vale la pena la luz, vale la pena la ciencia como vale el arte. Ése es quizá el mensaje más oculto en los viejos muros.

* * *

El atardecer tiñe de rosa el horizonte, la luz va disminuyendo al caer la noche. Un día más ha pasado en el Museo de la Luz. El publico, ávido de maravillas, no se va decepcionado, aunque sí con ganas de más... El divulgador se debate entre el optimismo se maravillarse por lo logrado y el pesimismo de lamentarse por lo que se podría lograr. Es un paso en el camino de compartir, iluminando con el gozo de lo disfrutable que tienen ciencia y arte.

Y luego la noche cae nuevamente en la esquina de El Carmen y San Ildefonso. El Museo de la Luz duerme y las calles a su alrededor, ahora silenciosas, son un poco menos oscuras que hace seis años. Quizá su torre no sea realmente un faro, un rayo poderoso que barrene la noche, sino sólo una modesta boya que ancla y marca el sitio donde puede encontrarse un poco de ciencia, un poco de arte. De razón y belleza. Con suerte, un poco de luz con qué dar sentido al diario ajetreo de la capital.

10 de julio de 2002

Las reglas para discutir

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 10 de julio de 2002)

Desde hace tiempo me inscribí a una de esas listas de discusión por correo electrónico que están disponibles en internet. La experiencia ha resultado interesante por la oportunidad de discutir distintos temas con personas de medios distintos al que normalmente me muevo.

Quizá una de las sorpresas más inesperadas ha sido descubrir lo distinta que puede ser la forma de discutir y argumentar de las personas. Tanto así, que a veces la comunicación parece imposible. Por mi parte, mi formación científica me ha condicionado a utilizar una cierta modalidad de discusión y argumentación que me atrevería a llamar “científica”, si no fuera porque es exactamente la misma que utilizan los filósofos, los humanistas y científicos sociales, y básicamente cualquiera que se dedique a la reflexión racional (¿habrá de otra?).

De cualquier modo, en las discusiones de la famosa lista de correos me he llevado algunas sorpresas. Una fue cuando, luego de opinar (en contra de lo expresado por otro miembro de la lista) que no porque a uno no le guste algo deber tratarse de eliminarlo, pues otras personas sí pueden disfrutar de ello, fui tachado de “intolerante”.

Recordando otras ocasiones en las que he tenido discusiones acaloradas con amigos en las que a veces parece que no hay manera de entendernos, se me ocurrió formular algunas “reglas” elementales para facilitar las discusiones y evitar las peleas. Y al hacerlo, me di cuenta de que los científicos normalmente proceden utilizando algo parecido.

Regla 1: Comunicar claramente al otro nuestras ideas. Esto podría parecer obvio, si no fuera por la cantidad de ocasiones en que uno entiende precisamente lo contrario a lo que nuestro interlocutor intentaba comunicar. Lo mejor es expresar nuestro mensaje de la manera menos ambigua posible, asegurándonos de que el otro nos entienda. A veces incluso conviene definir los términos.

Los científicos tratan de evitar este problema utilizando un lenguaje especializado en el que las palabras resultan lo menos ambiguas posible (en términos técnicos, tratan de eliminar la polisemia). El uso que hacen de abreviaturas, esquemas, diagramas y cifras precisas ayuda también a evitar los malentendidos.

Regla 2: Tratar de entender lo que el otro comunica. Como complemento a la regla 1, esto significa que no basta con que alguien trate de comunicarse claramente; también se necesita de un interlocutor dispuesto a hacer el esfuerzo de entender el mensaje. Desde simplemente prestar atención hasta preguntar cuando no se entienda algo, el papel activo del escucha resulta vital cuando se trata de comunicarse productivamente.

Quien haya asistido a un seminario científico o a una buena clase de ciencia sabrá a lo que me refiero: cuando un científico no entiende algo, simplemente levanta la mano y pregunta. Como la claridad resulta esencial para una discusión, esta actitud ayuda a evitar muchos problemas.

Regla 3: Apoyar nuestras tesis con argumentos. Todo periodista distingue claramente entre una simple opinión y un argumento basado en pruebas. Cuando dos personas tienen puntos de vista distintos, lo que se esperaría en una discusión racional es que cada un explique por qué piensa lo que piensa y en qué se basa para proponer lo que propone.

Regla 4: Discutir abierta y respetuosamente los argumentos. Como contraparte a la regla 3, la discusión de las ideas y la evidencia en la que se apoyan permite llegar a un entendimiento, o al abandono de los argumentos que no resultan convincentes. La discusión de los argumentos y el abandono de los incorrectos o menos convincentes, es de hecho un proceso darwiniano de selección muy similar al que permite la evolución de los seres vivos. Sólo que aquí lo que se selecciona son las ideas.

Para los científicos, las reglas 3 y 4 son esenciales: el pan de cada día. En todos los niveles de discusión científica, desde las que se dan con los compañeros de laboratorio hasta el arbitraje de los artículos enviados a una revista internacional, pasando por los seminarios y congresos en los que los investigadores presentan sus resultados preliminares ante sus colegas para obtener retroalimentación y crítica, los científicos (como los filósofos) siempre discuten y discuten, tratando de convencerse mutuamente y de hallar los errores o lagunas en la argumentación del otro. Es así como la ciencia avanza, tal como lo expresara el filósofo Karl Popper en el título de su libro Conjeturas y refutaciones.

Regla 5: Estar dispuestos a cambiar nuestras ideas. Una discusión no tiene sentido si los interlocutores están de antemano decididos a no cambiar su manera de pensar. Desde un principio debe aceptarse que tal vez uno sea convencido (convertido) por los argumentos del otro.

En ciencia está claro que éste es el mecanismo que permite el avance del conocimiento. Al igual que sucedería con una especie de organismos que se reprodujeran siempre perfectamente, sin errores ni mutaciones, las discusiones dogmáticas impiden la evolución del pensamiento.

Regla 6: En caso de no poder ponerse de acuerdo, estar dispuestos a discrepar. Esto es lo que se conoce en inglés como agree to disagree: la disposición a respetar, en caso de desacuerdo, el derecho del otro a no compartir nuestra opinión. Otro nombre que recibe esta actitud de el de tolerancia.

En ciencia se trata siempre de mantener la cohesión de una comunidad científica, pero de vez en cuando se dan desacuerdos que no pueden reducirse, y entonces la comunidad se divide en dos bandos, cada uno defendiendo –y argumentando– su propio punto de vista. Normalmente, tarde o temprano, uno de los bandos gana, por contar con mejores pruebas y argumentos. Pero mientras esto sucede, hay que respetar la posición contraria, aunque a uno le parezca equivocada.

Finalmente, en caso extremo, tenemos la Regla 7: Si el punto en el que no se puede congeniar es vital, uno puede decidir cortar la comunicación. Esto puede resultar doloroso, pero es necesario cuando los dos interlocutores –que a partir de ahora dejarán de serlo– viven, diríamos, en “mundos diferentes”. Los políticos sufren este tipo de rupturas con cierta frecuencia. También los amantes. De cualquier modo, es importante saber que la sana distancia es mejor que la guerra.

En el caso de los científicos, el mejor ejemplo de esta imposibilidad de comunicación se da cuando se enfrenta a charlatanes y seudocientíficos como los creyentes en el “fenómeno ovni” (el peor ejemplo es Jaime Mausán), astrólogos, adivinos y vendedores de máquinas de movimiento perpetuo. Resulta imposible comunicarse con ellos porque su cosmovisión es totalmente distinta –e incompatible– con la de la ciencia. Al grado de que muchas veces resulta irracional. Y sin embargo, no puede negarse el derecho que tienen las personas a creer en este tipo de cosas.

Bien, ahí está. Espero que a algún lector le pueda resultar interesante este intento de evitar pleitos. En caso de que no esté usted de acuerdo, puede estar seguro de que estoy dispuesto a discutir con gusto.


5 de diciembre de 2001

Lo que usted siempre quiso saber sobre divulgación científica*

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 5 de diciembre de 2001)




*pero no le pareció que valiera la pena  preguntar

La divulgación científica se ha venido realizando desde hace ya algunos siglos. Algunos señalan a Galileo o a Fontanelle como los primeros divulgadores científicos. En México destacan, durante la colonia, Alzate y Bartolache como precursores del arte de llevar el saber científico al público general.
En nuestros días, la labor de pioneros como Luis Estrada y el proyecto que se aglutina alrededor del Programa Experimental de Comunicación de la Ciencia de la UNAM (posteriormente Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia y hoy Dirección General de Divulgación de la Ciencia) ha llegado a producir frutos importantes, entre los que se cuentan revistas como Naturaleza y ¿Cómo ves?, museos como Universum y el de la Luz, e infinidad de exposiciones, conferencias, actividades, libros y folletos (amén de la formación de un buen número de divulgadores profesionales).

Y sin embargo, entre el grueso de la comunidad científica sigue privando un gran desconocimiento acerca de la naturaleza, e importancia de la divulgación científica como disciplina profesional.

Mucho camino se ha recorrido, hay que reconocerlo, desde los tiempos en que era necesario enfrentar la desconfianza y a veces la abierta hostilidad de los investigadores científicos cuando se enfrentaban a un periodista o divulgador científico. Tales actitudes estaban, hasta cierto punto, justificadas por la improvisación y falta de profesionalismo de los comunicadores, que muchas veces tergiversaban –no intencionalmente, desde luego, sino por falta de preparación– la información proporcionada por el investigador.

Hoy lo común es que, cuando uno busca acercarse a un especialista, encuentre a una persona amable y dispuesta a colaborar, pues a lo largo de los años el trabajo de los comunicadores de la ciencia ha logrado ganar la confianza de la comunidad de investigadores. En general, parece que éstos han adquirido conciencia de que no basta con hacer buena investigación, sino que hay que fomentar la apreciación de la ciencia y la cultura científica entre la población.

Pero, ¿quién lo debe hacer? Desde hace tiempo se reconoce que hace falta profesionalizar la formación de divulgadores. Para ello se han hecho varios esfuerzos, entre los que quiero destacar la creación del Diplomado en Divulgación de la Ciencia, de la DGDC, que actualmente está por empezar su octavo ciclo. Se tienen planes de crear también una Maestría en Divulgación de la Ciencia.

Y es precisamente ahora que han vuelto a poner de manifiesto algunos de los prejuicios (en el sentido de juicios previos, hechos antes de contar con la información necesaria, no de discriminación) que tienen los investigadores científicos en relación con la divulgación de la ciencia.

Hay investigadores que están naturalmente dotados no sólo para hacer su labor, sino también para divulgar. Escriben excelentes artículos y libros, o dan conferencias y participan programas de radio y TV. Sin embargo, son una minoría. Existen muchos otros científicos que no cuentan con las habilidades para comunicar sus conocimientos al público en forma comprensible y atractiva.

Y estrictamente hablando, no tendrían por qué.

La ciencia ha desarrollado un lenguaje superespecializado como una más de las herramientas que le permiten funcionar eficientemente, y el abismo que se ha creado entre quienes son capaces, digamos, de leer un artículo publicado en una revista de investigación científica y el público que puede leer un periódico es inmenso. Porque básicamente cualquier ciudadano cuenta con la información previa –el contexto– que le permite comprender una nota periodística (qué es México, quién es Fox, qué significan siglas como PRI, EUA, DF...). En cambio, sólo los especialistas saben qué es un condensado de Bose-Einstein, o qué significan las iniciales fMRI.

Para poner la información científica al alcance del no especialista, se necesta una labor de recreación (algunos dicen “traducción”, que bien entendida tiene que ser necesariamente una recreación). Los recursos con que cuenta el divulgador –explicaciones, comparaciones, metáforas, símiles, acompañados desde luego del buen manejo de los diversos medios de comunicación, en especial el escrito– permiten dar el contexto faltante, de modo que el conocimiento científico pueda tener sentido para el público.

Los investigadores científicos son formados para realizar otro tipo de labor: la investigación. No reciben durante sus estudios herramientas para divulgar sus conocimientos. Si a esto agregamos que en los sistemas de evaluación y estímulos no se les reconocen las labores de divulgación que lleven a cabo –aunque esta última situación parece estar comenzando a cambiar–, es perfectamente entendible que sólo unos cuantos investigadores especialmente dotados e interesados realicen regularmente estas tareas.

La conclusión que en general se ha considerado razonable es que se deben formar divulgadores profesionales, cuya ocupación específica sea precisamente esa labor de ser un puente entre el mundo de la investigación científica y el los ciudadanos comunes que, sin ser especialistas, tienen necesidades informativas y culturales en relación con la ciencia.

Sin embargo, recientemente he oído opiniones –de primera y segunda mano– de investigadores que, a pesar de reconocer la importancia de la divulgación científica, a la hora de la hora revelan que les parece una labor secundaria, de escaso interés y –lo más preocupante–, definitvamente un problema trivial: algo que cualquier científico puede hacer fácilmente. Sobre las rodillas, digamos. (Una notoria excepción son los pocos investigadores destacados que defienden a capa y espada la importancia de la divulgación profesional: entre ellos Marcelino Cereijido, del CINVESTAV-IPN, por ejemplo, quien ha afirmado que si tuviera que elegir entre la supervivencia de investigadores y divulgadores, escogería lo segundo.)

De modo que, por lo que puedo ver, sigue habiendo necesidad de convencer a muchos investigadores de que hacer divulgación no sólo es un bonito juego que a algunos nos gusta hacer en nuestros ratos libres. Constituye una necesidad nacional que puede beneficiar notoriamente al sistema científico, y es una labor que sólo puede llevarse a cabo al nivel profesional que se necesita si se cuenta con profesionales preparados específicamente, a los que se les pague por realizarla. Hacia allá se encaminan los esfuerzos de divulgadores en todo el país.


21 de noviembre de 2001

Mente y belleza

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 5 de mayo de 2004)
Para Enrique, por tantas explicaciones.

El estudio del comportamiento humano es quizá una de las áreas más controvertidas en las ciencias biológicas. El debate entre lo que es producto de la cultura y lo que tiene una base biológica o genética ha durado cientos de años, y sigue siendo tema de debate e investigación. El comportamiento sexual del ser humano ha sido uno de los temas más favorecidos por este tipo de investigaciones.

Hace unos años, por ejemplo, varios investigadores, entre los que se encontraban Dean Hammer y Simon LeVay, investigaron acerca de las causas biológicas de la homosexualidad, el primero encontrando genes relacionados con este comportamiento, y el segundo estudiando las diferencias en ciertas estructuras de los cerebros de hombres homo y heterosexuales. Estos resultados parecían apoyar la idea de que las preferencias sexuales son algo determinado biológicamente, y no tanto un rasgo cultural aprendido (o incluso elegido por decisión personal). Desde luego, las protestas de quienes consideraban que este enfoque era reduccionista y absurdo no se hicieron esperar.

Pero la tecnología avanza, y los métodos para estudiar el funcionamiento cerebral permiten hoy hacer experimentos en humanos que antes hubieran sido inconcebibles (no por peligrosos o poco éticos, sino literalmente porque a nadie se le hubiera ocurrido que pudieran llevarse a cabo –excepto quizá a los escritores de ciencia ficción).

Recientemente, un reporte difundido por la agencia Reuters indica que investigadores de la universidad de Harvard han estudiado la respuesta cerebral de hombres heterosexuales ante las caras de individuos de uno y otro sexo considerados atractivos. Los resultados son por demás interesantes, y abren vías para numerosas investigaciones posteriores, así como para la especulación e incluso las visiones fantacientíficas.

Para el estudio, publicado en la revista Neuron, los científicos utilizaron una de las nuevas técnicas para obtener imágenes del interior del cuerpo vivo, todas ellas basadas en el fenómeno de resonancia magnética nuclear (RMN), descubierto en 1946. Las técnicas de RMN aprovechan la propiedad que tienen ciertos átomos –en particular el de hidrógeno– de absorber radiación electromagnética –ondas de radio– y emitirlas de nuevo con cambos en su fase o su frecuencia. Como las moléculas que forman la materia viva contienen abundante hidrógeno, y como la absorción y emisión de radiación varía según el tipo de tejido, es posible, utilizando computadoras, formar imágenes nítidas del interior del cuerpo vivo. Inicialmente estas imágenes estaban limitadas a una especie de “rebanadas” bidimensionales, pero posteriormente se ha avanzado hasta obtener imágenes volumétricas e incluso “videos” en los que puede apreciarse el movimiento o el flujo de sangre que ocurre en el interior de un cuerpo –o un cerebro– vivos.

En particular, la técnica particular utilizada en el estudio al que me refiero se denomina MRI, o visualización por resonancia magnética (magnetic resonance imaging). El experimento consistió en 3 fases: en la primera, varios varones heterosexuales jóvenes observaron en una pantalla fotos de rostros de hombres y mujeres, y las clasificaron en “atractivas” o “normales”. Las caras ya habían sido clasificadas previamente mediante un estudio de opinión. Se encontró que las opiniones de los sujetos del experimento coincidían con la clasificación previa: tanto caras femeninas como masculinas podían ser reconocidas como atractivas o “promedio” por los sujetos.

En la segunda fase, utilizando otro grupo de varones con las mismas características, los sujetos podían controlar mediante un botón el tiempo durante el que el rostro aparecía en la pantalla: se notó que tendían a ver por más rato los rostros femeninos atractivos, mientras que hacían desaparecer rápidamente todos los demás.

Finalmente, en la tercera etapa –la más interesante–, un tercer grupo de jóvenes observó las fotos mientras que los científicos observaban el interior de sus cerebros utilizando MRI. En particular, se estudiaron ciertos centros cerebrales (conocidos como “centros del placer”, entre ellos el llamado nucleus accumbens) cuya actividad ha sido relacionada con objetos placenteros (o como dicen los especialistas, “gratificantes”), por ejemplo, con la comida, las drogas o el dinero.

El resultado fue claro: sólo las fotos de mujeres atractivas activaban los “centros del placer”; las fotos de hombres, aun si eran considerados atractivos, no producían la activación de estas zonas cerebrales, e incluso produjeron “lo que puede considerarse como una respuesta de aversión”, en palabras de Hans Breiter, autor principal del estudio.

La finalidad del estudio era separar la apreciación estética de rostros bellos de la atracción hacia ellos (cuestión que ha sido debatida, según comentan los propios autores, desde hace largo tiempo en el campo de la estética –Kant se preguntaba si la percepción de la belleza podía separarse del deseo). El tema es apasionante, y tiene ramificaciones que abarcan de lo biológico (las bases evolutivas de la apreciación de la belleza) hasta lo social (la posible discriminación laboral hacia personas “promedio” para favorecer a la gente guapa).

Sin embargo, la metodología y las características del los sujetos resultan muy sugerentes más allá el campo de las bases neurológicas del juicio estético.

Por un lado, y regresando al tema con que inicia este texto, el experimento obvio que uno pensaría es realizar la misma prueba con individuos homo y bisexuales (así como mujeres con diversas orientaciones sexuales). Aunque el sentido común predice que los “centros de placer” de los cerebros de homosexuales sólo reaccionarían ante rostros atractivos del mismo sexo, y los de bisexuales ante los de cualquier sexo, sería muy interesante comprobar si en efecto sucede así. (Las elaboraciones sofisticadas como una “máquina para detectar homosexuales” me parecen demasiado fantasiosas –por inútiles–, pero sería interesante encontrar también si las reacciones cerebrales coinciden siempre con lo que se afirma a nivel consciente, por ejemplo en personas que no aceptan la atracción que sienten por su mismo sexo.)

Sin embargo, hay que tener cuidado. El boletín de Reuters cita a Nancy Etcoff, una de las coautoras del estudio, comentando que los resultados sugieren que “la percepción humana de la belleza puede ser innata”. Me parece que la afirmación es muy arriesgada: no hay que confundir el encontrar una estructura cerebral que se correlaciona con un fenómeno mental, con el erróneo concepto de que dicha estructura es el fenómeno. El hallar que un gen o una estructura cerebral sean indispensables y participan en un fenómeno de la conciencia no quiere decir que dicho fenómeno no sea mental, sino físico: por el contrario, sería absurdo pensar que pudiera haber fenómenos mentales que no tuvieran un sustrato en el cerebro.

Al final, lo que quizá este tipo de experimentos logren es enfrentarnos a la visión dualista que todavía muchas veces tenemos cuando nos enfrentamos al estudio de lo mental.

7 de noviembre de 2001

Los premios Nobel 2001

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 7 de noviembre de 2001)

Cada año, en el mes de octubre, se anuncian los ganadores de los premios Nobel, esa especie de óscares del mundo de la ciencia, la literatura y la economía. En esta ocasión los premios científicos (fisiología o medicina, física y química) recayeron en tres tríos de investigadores, principalmente estadounidenses, cuyos logros abarcan interesantes campos de frontera.

William Knowles, Ryoji Noyori y Barry Sharpless (japonés el segundo y estadounidenses los otros dos) fueron elegidos para recibir el premio Nobel de química, “por su trabajo en reacciones de hidrogenación y oxidación catalizadas quiralmente”. Por su parte, Eric Cornell, Wolfgang Ketterle y Carl Weiman (el segundo alemán naturalizado estadounidense, y los otros estadounidenses por nacimiento) recibirán el premio de física “por obtener condensación de Bose-Einstein en gases diluidos de átomos alcalinos, y por los primeros estudios fundamentales de las propiedades de los condensados”. Finalmente, Leland Hartwell, Timothy Hunt y Paul Nurse (estadounidense el primero e ingleses los otros) ganaron el premio de fisiología o medicina por ser descubridores de “reguladores clave del ciclo celular”.

Como siempre, hace falta algunas explicaciones para entender precisamente el significado de estos logros.

Vemos primero el premio de química: destacan dos palabras: “catálisis” y “quiralmente”. La primera no es tan desconocida: la catálisis es un fenómeno químico que consiste en que una reacción química es acelerada (o, en ocasiones, retardada) por la participación de una sustancia (el catalizador) que no es consumida en la reacción: el catalizador modifica la velocidad de la reacción. Las enzimas, proteínas que controlan las reacciones químicas que ocurren dentro de las células vivas, son quizá los catalizadores mejor conocidos.

Respecto a la segunda palabra, la quiralidad es una propiedad de las moléculas que pueden existir en dos formas, una “izquierda” y otra “derecha”. En la química de todos los días, especialmente la inorgánica, no es frecuente encontrar este tipo de sustancias, pero en la química orgánica, y especialmente en la bioquímica, son de lo más común. Los aminoácidos que forman nuestras proteínas, o los azúcares que pueden utilizar nuestras células, por ejemplo, sólo son útiles en una de sus dos formas posibles. Los fármacos normalmente también sólo tienen efecto en una de sus dos presentaciones, y la opuesta puede incluso resultar dañina. El problema es que para los químicos resulta extremadamente difícil fabricar sólo una de las dos formas: normalmente se obtiene una mezcla en partes iguales.

El trabajo premiado con el Nobel de química consiste en la obtención de catalizadores que permiten llevar a cabo reacciones en las que se produce sólo una de las dos formas de una molécula en particular. Esto se logra gracias a que dichos catalizadores son en sí mismos quirales (es decir, son “izquierdos” o “derechos”). Los catalizadores desarrollados por Knowles y Noyori permiten realizar reacciones de hidrogenación (también conocidas como de reducción), mientras que los que obtuvo Sharpless catalizan reacciones de oxidación. De este modo, será posible obtener con gran eficiencia y pureza compuestos que seguramente resultarán vitales para la industria farmacéutica: actualmente ya se ha obtenido mediante estos métodos la L-dopa, útil en el tratamiento del mal de Parkinson.

El premio Nobel de física, por su parte, es resultado de los trabajos de un físico hindú de apellido Bose, quien escribió a Einstein en 1924 para comunicarle algunos cálculos que había realizado sobre las propiedades de los fotones. Einstein extendió los cálculos de Bose para aplicarlos a átomos, y predijo que si ciertos tipos de átomos se enfriaran podrían sufrir una especie de cambio de estado en el que pasarían a ocupar todos un mismo nivel de energía. Comparando esta transición a lo que ocurre cuando un gas se condensa para formar un líquido, se le llamó “condensación de Bose-Einstein”. Cornell y Weiman lograron en 1995 confirmar este predicción y obtener un condensado Bose-Einstein al enfriar unos dos mil átomos de rubidio a dos milmillonésimas de grado por encima del cero absoluto (un logro tecnológico verdaderamente notable). Ketterle, por parte, realizó experimentos similares, pero usando átomos de sodio, y además en mayor número, lo que permitió estudiarlos más detenidamente.

Los átomos que forman un condensado Bose-Einstein se comportan de manera particular, pues además de estar en un mismo nivel de energía, en cierto modo se superponen unos con otros. Los físicos afirman que su comportamiento es similar a los de los fotones en un rayo láser (en el que la vibración de los fotones está perfectamente sincronizada, a diferencia de lo que sucede con los desordenados fotones de la luz común). Gracias a esto, los condensados Bose-Einstein han sido ya utilizados para estudiar las propiedades de la luz, lográndose disminuir su velocidad e incluso detenerla. Se espera que estos desarrollos tengan aplicación en los campos de la nanotecnología (tecnología a escala microscópica).

Finalmente, el premio de fisiología o medicina se otorga a estudios que revelan el mecanismo que controla uno de los fenómenos más centrales de la vida: el ciclo celular. Las células son la unidad fundamental de los seres vivos, y por tanto nacen, crecen, se reproducen y... bueno, como las células se reproducen dividiéndose para formar dos células nuevas, estrictamente no mueren. Y precisamente el ciclo celular consiste en la secuencia en que una célula nueva crece, luego comienza a duplicar su material genético (ADN) en preparación para la división, luego continúa creciendo mientras confirma que todo esté en orden y finalmente, se divide. Cada nueva célula lleva consigo una de las copias del ADN completo.

Los trabajos de Hartwell en los sesenta permitieron estudiar el ciclo celular, identificando los genes que lo controlan, en particular el gen que da inicio al proceso. Hartwell también descubrió que las células revisan que la duplicación del ADN haya sido realizada sin errores antes de proceder a la siguiente fase del ciclo celular.

Hunt, por su parte, descubrió que las proteínas llamadas ciclinas, que se forman y se destruyen secuencialmente a lo largo del ciclo celular, son las encargadas de controlar sus distintas fases. Y Nurse descubrió posteriormente que ciertas enzimas, activadas por las ciclinas, modifican a otras proteínas para a su vez activarlas o desactivarlas.

De este modo, los trabajos de estos investigadores han permitido desentrañar gran parte del mecanismo general por el que los genes, fabricando proteínas que a su vez controlan la actividad de otras proteínas y genes, regulan el crecimiento ordenado de las células. Sus descubrimientos han tenido gran importancia para el estudio del cáncer, que consiste fundamentalmente en un crecimiento desordenado y dañino de células.

Como se ve, los tres premios abren nuevas áreas de desarrollo para sus respectivas ciencias. Muy apropiado para un premio que este año cumple un siglo de distinguir lo más destacado en el campo de la ciencia.

17 de octubre de 2001

Genes y lenguaje

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 17 de octubre de 2001)

Hace unos días se dio a conocer, en la revista Nature, una noticia científica de gran interés: el descubrimiento del primer gen directa e indiscutiblemente relacionado con el lenguaje.

Claro que la novedad fue rápidamente opacada por el anuncio de los ganadores de los premios Nobel de este año, que siempre acaparan los reflectores del mundo científico. Sin embargo, vale la pena comentar el descubrimiento, pues se relaciona con problemas que llegan a tocar la esencia del ser humano.

El gen en cuestión es, como todos los genes, un fragmento de ADN (ácido desoxirribonucleico) localizado, hoy se sabe, en el cromosoma 7 del ser humano, y recibe el curioso nombre de FOXP2. (No, querido, lector o lectora, no me lo estoy inventando. Si algún lector quiere lucir su ingenio e inventar algún chiste político con la sigla, por favor no me lo envíe.) Fue localizado gracias a un estudio a largo plazo realizado en una numerosa familia en la que se presenta con gran frecuencia una profunda alteración de la capacidad de hablar, que incluye dificultades para coordinar los movimientos de sus labios y lengua, así como para formar palabras y formar frases gramaticalmente correctas.

Debido a la forma típica en que se heredaba la enfermedad dentro de la familia, los genetistas que las estudiaban supieron que la alteración era causada por un solo gen. Esta circunstancia resultó especialmente atractiva, pues era la oportunidad de analizar la influencia de un gen individual –en vez de un conjunto complejo de genes, interactuando unos con otros– en un comportamiento humano complejo como es el habla.

Estudiando la forma en como la enfermedad se heredaba entre los miembros de la familia, los investigadores pudieron ir localizando al gen responsable en forma cada vez más precisa. Finalmente, gracias a la aparición de un nuevo sujeto, ajeno a la familia estudiada, y a la información publicada por el proyecto del genoma humano, pudieron “acorralar” al gen y detectar su ubicación precisa.

Y precisamente es ahí donde empieza la parte controvertida del asunto, porque la discusión sobre si el lenguaje es una construcción cultural o si, por el contrario, es una consecuencia de nuestra constitución biológica se ha mantenido durante décadas.

Quizá ya haya usted reconocido el tema: se trata nuevamente de la vieja discusión entre natura y cultura: biología contra educación (casi casi podríamos decir “cuerpo versus alma”). Y sí, podría ser sorprendente que las cosas no hayan avanzado más allá de esta dicotomía maniquea, pero la realidad es que hay evidencias claras de que existe un componente biológico (y por tanto, genético) importante en el habla humana. Por otro lado, hay estudiosos que piensan que no tiene sentido tratar de “reducir” algo tan claramente cultural, tan típicamente humano como el lenguaje, a simple biología y genes. Incluso puede ser un ejemplo más de la ciencia deshumanizante.

Analicemos un poco la cuestión. En cierto modo, se puede decir que el habla, el lenguaje, es la base de la comunicación y hasta de la conciencia humana. Es por ello que suena peligroso pensar que eso que nos hace humanos pudiera ser simplemente el producto de uno o unos genes. Y en efecto, tal reduccionismo suena desmesurado y absurdo.

Pero tampoco la posición radicalmente opuesta suena sensata: ¿cómo podría el ser humano haber adquirido, a lo largo de la historia de su evolución, la capacidad del lenguaje, si no es gracias a que contaba primero con las estructuras biológicas –cerebrales, con un desarrollo controlado por los genes correspondientes– con las que pudiera implementarse esta capacidad? Pensar de otra manera –que el lenguaje es una capacidad puramente “mental”, o “cultural”, separada tajantemente de la biología, sería recurrir a un dualismo que si bien era convincente –o casi– en la época de Descartes, hoy resulta insostenible.

¿Y qué es lo que hace el gen FOXP2, a todo esto? Como todos los genes, contiene las instrucciones para fabricar una proteína. Se trata, sin embargo, de una proteína especial, pues controla a su vez la activación o inactivación de otros genes (adhiriéndose a otros tramos de ADN y permitiendo que la información que contienen sea leída o no). Tomando en cuenta lo notorio de sus efectos, es probable que FOXP2 sea un gen que influye en la base del desarrollo del complejo aparato neural y fisiológico que hace posible el habla. Probablemente, piensan los expertos, haya otros genes cuyas alteraciones afecten aspectos menos generales del lenguaje: que, por ejemplo, dificulten la construcción de palabras, o el uso de ciertas reglas de gramática.

De cualquier modo, no se trata de pensar que un fenómeno tan fascinante como el lenguaje –que da origen al mundo de lo humano y de la cultura– pueda ser explicado como el resultado directo de un gen o unos genes. Los propios autores la investigación son cautelosos al reportar sus hallazgos: “Nuestros hallazgos sugieren que FOXP2 está involucrado en el proceso de desarrollo que culmina con el habla y el lenguaje”.

Uno de los genetistas entrevistados por Nature expresa la complejidad genética del ser humano mediante un símil interesante: “encontrar un gen es como encontrar una pieza de un auto. Se ve útil, como si fuera parte de un mecanismo más grande. Pero no sabemos qué hace, con qué otras piezas interactúa, o cómo es el vehículo completo.”

De lo que sí podemos estar seguros, es de que este descubrimiento abrirá la puerta a nuevos desarrollos. Y aunque no es probable que se encuentren genes para, por ejemplo, hablar otro idioma o con acento argentino, sí comenzaremos a entender mejor cómo surge en nuestro cerebro esa maravillosa capacidad que es el lenguaje, puente que une el mundo físico con el universo cultural.