15 de abril de 1998

Creacionismo, evolución... ¿y qué es la selección natural?

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 15 de abril de 1998)


Mi amigo Jorge Vasconcelos, quien colabora también en las páginas de Humanidades con artículos relacionados con la computación, me ha reclamado en varias ocasiones que ocupe yo el espacio de una columna de ciencia para hablar de otros temas, como la política científica. Tiene razón -aunque hago la aclaración de que en “Las dos culturas” trato de hablar de temas de cultura científica. Por ello, hoy quiero tratar un tema claramente científico: la evolución por selección natural, “la peligrosa idea de Darwin”, en palabras de ese magnífico filósofo de la biología y de la mente, Daniel Dennett.

Hace unos días se realizó en el “campus” d. f. del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (el famoso “Tec”) un debate, nada menos que con el tema “¿creación o evolución?”. Se contó con la participación de un biólogo evolucionista experto en el controvertido tema del origen de la vida, Antonio Lazcano, de la Facultad de Ciencias, y de un teólogo del Tec con estudios en una universidad religiosa de Texas, Jorge Treviño Ríos.

El debate apareció comentado en al menos un diario nacional, y yo mismo ya hablé del tema en otro sitio, por lo que no me detendré demasiado en comentar lo que ahí sucedió. Más bien, lo superficial de los argumentos (y los conocimientos) del creacionista -que hicieron muy difícil tener un debate, por lo que más bien se trató de un par de conferencias intercaladas, una muy buena y otra muy mala- me hicieron darme cuenta de que muchos de quienes atacan a la evolución no entienden la teoría de Darwin.

Todo mundo hemos oído hablar de “evolución por selección natural”, y hemos escuchado lo de la “supervivencia del más apto”. Esta segunda expresión no la usó Darwin, sino uno de sus seguidores (creo que Huxley), y muchas veces se presta a malentendidos. No porque no sea cierta, sino porque parece evocar la imagen de un individuo, “el más apto”, que le gana a los otros en el juego de la supervivencia.

Y precisamente uno de los grandes problemas para entender cómo funciona la evolución es la dificultad que tenemos para pensar no en individuos, sino en poblaciones. Este problema, señalado por Ernst Mayr, no lo enfrentan sólo quienes estudian biología (o los creacionistas que intentan estudiar evolución), sino que fue uno de los escollos que retrasó el desarrollo de las modernas teorías evolutivas.

Para entender cómo la idea de población es central para el concepto de evolución, veamos la definición que proporciona José Sarukhán en Las musas de Darwin: evolución es el cambio en las frecuencias génicas de una población.

¿Qué quiere decir esto? Pues simplemente que cuando en una población, digamos de humanos, la frecuencia con que encontramos ciertos genes aumenta o disminuye, se dice que esa población (que puede ser la totalidad de una especie o un subconjunto de la misma) está evolucionando. O lo que es lo mismo, cambiando.

Supongamos que en nuestra población de humanos comienzan a aparecer (como resultado de mutaciones al azar) algunos individuos con, por ejemplo, seis dedos en las manos. Si esta característica les confiere alguna ventaja, como defenderse mejor de sus enemigos, o gustarle más a las hembras, es probable que los hijos de estos individuos, si heredan sus seis dedos, serán también más exitosos, al igual que sus hijos, y así. Al final, el resultado es que el número de individuos de seis dedos en la población habrá aumentado. O lo que es lo mismo: la frecuencia con la que el gen mutante de seis dedos aparece en la población habrá aumentado. Al paso de miles de años, la especie humana puede haberse convertido en algo nuevo: unos seres de seis dedos.

Por supuesto que mi ejemplo es una simplificación exagerada. Pero sirve para mostrar que no se necesitó de un “diseñador inteligente”, sino únicamente de la selección natural (otra expresión ligeramente desafortunada, pues nos hace pensar en que, si hay selección, debe haber un “seleccionador”). La “selección natural” no es sino una forma de expresar el hecho de que los individuos cuyas diferencias genéticas les dan alguna ventaja sobrevivirán más fácilmente, y sus hijos también, por lo que su presencia en la población irá aumentando hasta que la totalidad de la población haya cambiado: haya habido una evolución. Donde había una especie ahora hay otra.

Tal vez usted, lector o lectora, tenga alguna ligera dificultad en entender los conceptos anteriores, que requieren poner un poco de atención (además de mis limitaciones como comunicador). Pero los creacionistas no entienden estas ideas en absoluto. No las entienden nadita (o se niegan a entenderlas). Prefieren seguir diciendo tonterías como que Darwin afirmaba que los monos se convirtieron en hombres y en preguntar, como le preguntó Jorge Treviño a Antonio Lazcano, si “había visto a algún simio transformarse en humano”. La evolución no ocurre en individuos ni en tiempos cortos: requiere de miles o millones de años, y sólo puede detectarse si estudiamos poblaciones.

11 de marzo de 1998

Ciencia vs. utilitarismo

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 11 de marzo de 1998)

En mi colaboración anterior comentaba sobre la actual moda de “vincular” todo en nuestra universidad y cómo esto puede desviar los propósitos de algunas de las actividades más importantes de nuestra casa de estudios. Hoy quisiera ampliar algunos puntos relacionados con este tema.

La moda de la vinculación no parece ser exclusiva de la universidad, pues la palabra ya se oye mencionada por funcionarios del gobierno capitalino y del federal. Como ya dije, creo que es una manifestación de la tendencia económica neoliberal que padecemos desde el sexenio pasado. La tendencia a “vincular” es un poco como esos programas gerenciales basados en los dudosos conceptos de “excelencia” y “calidad total”. El principio no está mal, pero presupone que las cosas son ineficientes y que no sirven bien a la sociedad. Esto no siempre es cierto.

En el caso de la unam esta visión resulta especialmente inadecuada. La universidad siempre ha estado relacionada estrechamente con la sociedad mexicana y la ha servido con eficacia. Claro, muchas cosas pueden hacerse mejor, y pueden hacerse muchas cosas nuevas que serían muy útiles, pero no siempre la mejor manera de hacer esto es pensar en cuánto dinero vamos a ganar con ello o cuánto nos vamos a ahorrar. En una entidad eminentemente académica y cultural, como deben ser todas las universidades, los criterios económicos deben ser secundarios. Debería estar claro que una universidad no es una empresa, aunque a veces, cuando oigo declaraciones de funcionarios, ya no estoy tan seguro.

En relación con la ciencia y la investigación científica en la unam, los criterios neoliberales se han manifestado en un resurgimiento de la visión utilitarista de la ciencia, descrita por Ruy Pérez Tamayo, y que consiste en ver a esta actividad como productora de bienes y servicios, en vez de conocimiento. Además de errónea, la visión utilitarista de la ciencia resulta dañina para la ciencia misma, pues por un lado desvía los esfuerzos de los investigadores y los recursos económicos, intentando dirigirlos hacia la solución de “grandes problemas nacionales” que normalmente no pueden ser resueltos por la ciencia, pues tienen fuertes componentes sociales, políticos y económicos. Por otro lado, al no lograrse los resultados esperados, el aparente “fracaso” hace que el apoyo a la ciencia tienda a disminuir, lo cual puede resultar fatal en un país con una ciencia poco desarrollada como el nuestro (porque, a pesar de las declaraciones que aparecen con frecuencia en periódicos y noticiarios, la ciencia en México es joven e inmadura, y la comunidad científica lastimosamente pequeña).

Un triste ejemplo de cómo la visión neoliberal-utilitarista de la ciencia comienza a dañar la investigación en la unam lo experimentaron los estudiantes del posgrado en astronomía del instituto correspondiente: se les avisó, en pocas palabras, que si lo desean pueden continuar con sus estudios, pero que es muy poco probable que sean contratados en un futuro próximo. La universidad, se anunció, no piensa abrir más plazas para investigadores en astronomía.

Ahora bien, el posgrado en astronomía hasta hace unos meses se ufanaba del alto número de estudiantes que formaba. Que repentinamente cambie su posición y anuncie que no se contratará a esos estudiantes cuando estén doctorados y formados como investigadores resulta, en mi opinión, absurdo. ¿Para qué existe entonces ese posgrado? ¿Se espera acaso que los flamantes astrónomos sean contratados por instituciones de provincia, o por la iniciativa privada? Si la caída de los precios del petróleo obliga a la unam, como lo anunció recientemente el rector Barnés, a entrar en austeridad (pero, ¿es que alguna vez no lo ha estado?), ¿cómo les estará yendo al resto de las universidades? Voy a expresar una opinión con la que no estoy de acuerdo, pero que surge lógicamente del examen de las circunstancias: tal vez valdría más cerrar este posgrado durante unos años, hasta que las condiciones cambien y vuelva a tener sentido formar doctores en astronomía en México.

Lo triste de situaciones como esta (aparte de la desesperación que imagino que sienten los estudiantes) es que, por un lado, es probable que el caso de astronomía se repita en otras áreas, lo cual augura tiempos difíciles para la ciencia mexicana.

Por otro lado, queda claro que no se está tomando en cuenta la verdadera utilidad de la ciencia como actividad cultural importante, fortalecedora de la nación y formadora de ciudadanos útiles y preparados.

25 de febrero de 1998

¿Vincular a la UNAM?

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 25 de febrero de 1998)

No sé si usted lo haya notado, pero “vinculación” es la palabra de moda este cuatrienio en la unam. Existe (creo -las precisiones burocráticas me dan muuucha flojera) una dirección general de vinculación, y casi todas las dependencias de nuestra querida universidad cuentan con su propia pequeña -o grande- oficina de vinculación.

Bueno, y ¿qué es eso de “vinculación”? Aparte de las desagradables -o ingeniosas, según se vea- derivaciones que puede tener la palabreja (y a ti, ¿ya te vincularon?), parece querer decir algo así como “fortalecer las relaciones con la sociedad”.

O sea que vincular a la universidad con el resto de la sociedad significa hacer que las actividades universitarias redunden en un beneficio más inmediato para toda la población. Pero no entiendo bien. Si pienso en uno de los sectores más amplios de la comunidad, el de los profesores, no veo cómo podrían beneficiar más a la población, excepto siendo cada vez mejores en su labor.

Respecto a los artistas, no sé muy bien cómo podría aplicárseles lo de “vinculación”. Tal vez fortaleciendo la difusión cultural. Como dijo una vez Juan Acha, la sala Nezahalcóyotl tiene una capacidad de (digamos) 2 mil personas, frente a una población de 20 millones en el df. Por ahí del 0.01 por ciento. Hace falta más difusión. Pero la que hay, siempre ha estado al servicio de la sociedad.

En lo que se refiere a los investigadores científicos, las cosas parecen estar más claras. Lo que se quiere es que no sigan encerrados en sus proverbiales torres de marfil. En palabras del rector Barnés, no deben buscar sólo el reconocimiento de sus colegas y la producción de conocimiento; “es necesario también que dicho conocimiento tenga un impacto en la transformación de la sociedad que [los] apoya económicamente” (Gaceta unam, 9 de febrero, p. 5).

Nuestro rector expresó también que “existen tres formas para retribuir al país su inversión en la ciencia: contribuir a la solución de los grandes problemas nacionales; formar cuadros de profesionistas de alta calidad que continúen las investigaciones o bien se incorporen al sector productivo de la sociedad, y poner a disposición de la sociedad el conocimiento científico de forma clara”.

De entrada, nadie podría estar en contra de intenciones tan sensatas. Pero rasquemos un poco para ver qué hay detrás de esta visión. Antes que nada, ¿qué es eso de que, para retribuir al país su inversión, los investigadores deben formar profesionistas que investiguen o se incorporen al sector productivo? ¡Suena como si la investigación fuera una labor improductiva, una especie de parasitismo!

La idea de que la investigación científica debe servir para “resolver los grandes problemas nacionales”, por su lado, ha sido rebatida una y otra vez, en particular por Ruy Pérez Tamayo, quien caracterizó tres visiones de la ciencia. Dos de ellas son erróneas y nocivas: la visión utilitarista y la visión mesiánica de la ciencia, que la consideran, respectivamente, como una productora de satisfactores materiales y económicos o como la fuente de las soluciones a todos los grandes problemas nacionales, sociales, económicos, de salud y hasta políticos y espirituales. La ciencia, nos explica desde hace años Pérez Tamayo, no sirve para producir cosas (esa es la tecnología, con la que no hay que confundirla) ni resuelve ningún tipo de problemas, a no ser problemas científicos. El único producto de la ciencia es el conocimiento. Pedirle cualquier otra cosa es ignorar lo que es y la forma en que funciona.

Todo investigador científico sabe que la verdadera investigación científica no puede ser dirigida. Claro, habrá quien me diga que hay investigadores que buscan objetivos concretos, como hallar la cura para el cáncer o el sida, o lograr la fusión nuclear controlada. Y es cierto, pero esas son líneas muy generales a seguir: quien se encierre en su laboratorio para “hallar la vacuna contra el sida” seguramente se encontrará con muchos otros hallazgos muy interesantes que lo desviarán poco o mucho de su objetivo, pero muy difícilmente encontrará exactamente lo que estaba buscando. Porque está buscando lo equivocado: la ciencia sirve para encontrar conocimiento, no vacunas. Aunque, desde luego, con el conocimiento acumulado después de mucha investigación hecha por muchos científicos, tal vez sepamos qué se requiere para lograr la vacuna apetecida.

En pocas palabras, y como lo dijo Pasteur, “no existe ciencia aplicada: existen aplicaciones de la ciencia”.

La forma correcta de ver a la ciencia, según Pérez Tamayo, es una visión cultural, en la que se la concibe como una fuerza capaz de enriquecer nuestra visión del mundo y transformar la forma en como nos relacionamos con él. Algo así como el arte, sólo que aplicable, a veces con resultados tan útiles como los antibióticos, las computadoras o los plásticos.

La tercera posibilidad mencionada por Barnés para “retribuir al país su inversión”, la de “poner a disposición de la sociedad el conocimiento científico en forma clara” (lo que en mi rancho se llama divulgación de la ciencia), está acorde con la visión cultural de la ciencia. Ello muestra que nuestro rector no ignora el papel de la ciencia como parte de la cultura, y seguramente está dispuesto a defender la importancia de la investigación científica “básica”.

Pero no olvidemos que la universidad no está aislada: no puede sustraerse a las tendencias económicas favorecidas por el gobierno. El resurgimiento de la visión utilitarista que está implícita en la pretensión de “vincular” a la ciencia con la sociedad para dar beneficios inmediatos, y de preferencia económicos, es sólo una manifestación del despiadado neoliberalismo que venimos padeciendo en el país desde hace más de un sexenio. Sólo que a la unam llega con algunos años de retraso.

A reserva de seguir comentando el tema en una próxima entrega, terminaré con esta opinión: la ciencia y las demás actividades de la universidad no necesitan “vincularse” más con la sociedad, pues ya lo están, y en formas mucho más profundas e importantes que la producción de bienes o dinero.

11 de febrero de 1998

“Ingeniería genética” y clonaciones mexicanas

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 11 de febrero de 1998)

En mi colaboración anterior hablaba del escándalo que provocó a nivel mundial, y en nuestro país en particular, la declaración de un físico gringo de apellido Seed, quien se propone abrir una clínica para clonar seres humanos. Si no lo dejan hacerlo en su país amenazó hacerlo en otro, por ejemplo en México.

Todos sabemos que la clonación de seres humanos es una posibilidad cada día más cercana, y que conlleva múltiples problemas éticos, sociales y hasta legales. Pero estos muchas veces pueden preocuparnos hasta el punto de que perdamos de vista lo más importante: las posibilidades que se abren con las nuevas tecnologías. Dicho de otro modo: no porque un descubrimiento científico pueda usarse mal, significa que no pueda usarse bien, o peor, que no deba usarse en absoluto.

La clonación, en particular, corre el peligro de convertirse en una palabra prohibida. Es por eso que en esta ocasión me gustaría hablar de qué es la clonación, de sus diversas variedades y de lo común que es su uso, en México y en el mundo.

En primer lugar, y como ya he mencionado en otras ocasiones, clonar un organismo es simplemente obtener un gemelo genéticamente idéntico de él por reproducción asexual. Cuando tomamos un “piecito” de una planta que nos gusta y lo sembramos para obtener una nueva planta, la estamos clonando, y nadie se escandaliza por ello. Muchas flores cultivadas se reproducen por clonación para evitar que sus genes, cuidadosamente seleccionados por los floricultores para producir sus espectaculares colores, se revuelvan nuevamente si se reproducen sexualmente. Pues la principal ventaja del sexo es que mezcla los genes de los progenitores para producir nuevas combinaciones que puedan resultar más exitosas en la “lucha por la existencia” darwiniana.

Pero, ¿sólo se pueden clonar organismos? No: también las moléculas de ácido desoxirribonucleico (adn), que constituyen los genes de todo ser vivo, pueden reproducirse asexualmente; clonarse. Cuando un biólogo molecular aísla un gen de un organismo (por ejemplo, de un ser humano) y hace múltiples copias de él para introducirlo en otro (por ejemplo una bacteria) lo está clonando.

De hecho, toda la moderna industria de la biotecnología y la llamada “ingeniería genética” (nunca me ha gustado el nombrecito, pues estamos todavía muy lejos de poder diseñar organismos a la manera de un ingeniero que diseña una máquina) se basan en las técnicas de clonación molecular. Y México tiene una participación importante en esta historia, como veremos a continuación.

Resulta que, más que inventar nuevas tecnologías, lo que los biólogos moleculares han hecho es aprovechar y adaptar las ya existentes dentro de las células de diversos seres vivos. Para clonar un gen, y poderlo así utilizar a su antojo, lo que hacen es purificar el adn de la célula humana ¾digamos¾ y usar enzimas que producen diversas bacterias para cortarlo en fragmentos. Luego separan el fragmento que contiene el gen deseado y lo introducen en uno de los llamados “vehículos de clonación”. Los vehículos más comunes son unos pequeños cromosomas bacterianos llamados “plásmidos”.

Como se sabe, todos los seres vivos están formados por células, y toda célula tiene genes hechos de adn. Cada una de las largas moléculas de adn de una célula, que se duplican cada vez que la célula se divide, es un cromosoma. Y muchas bacterias tienen, además de su cromosoma principal, algunos pequeños cromosomitas ¾plásmidos¾ en los que se encuentran genes especiales. Por ejemplo, los genes que confieren resistencia contra antibióticos.

Lo que los biólogos moleculares hicieron fue adaptar algunos de estos plásmidos para usarlos como vehículos en los que pueden meter los genes que aíslan de otros organismos, para luego introducirlos nuevamente en bacterias y dejarlos que se multipliquen. Así pueden obtener miles de copias de un mismo gen, para posteriormente usarlo o estudiarlo.

Y precisamente en el desarrollo de uno de los primeros y más famosos plásmidos modificados como vehículos de clonación, el llamado “pBR-322” participó uno de nuestros científicos más destacados, el doctor Francisco Bolívar Zapata, actual coordinador de la investigación científica de la unam (la “B” de pBR significa “Bolívar”). Este plásmido fue desarrollado en el laboratorio del doctor Boyer, en los Estados Unidos, a fines de los años setenta, y su uso se popularizó en todo el mundo. Gracias a ello, el doctor Bolívar es uno de los científicos mexicanos más citado en la literatura científica mundial.

Así que, como se ve, la clonación ha estado con nosotros desde hace siglos (con el cultivo de plantas), y la hemos desarrollado recientemente para utilizarla en todo tipo de estudios genéticos, médicos, bioquímicos y hasta ecológicos. Hoy en día la clonación molecular es una técnica indispensable para las ciencias de la vida. Y en su desarrollo la aportación de al menos un científico mexicano ha sido destacada. Así que, ¿por qué tanto miedo a la clonación? Sólo se teme a lo que se desconoce, por lo que lo más útil sería conocer cuanto podamos acerca de la clonación de animales superiores, tal como conocemos acerca de la clonación molecular. Sólo así podremos estar seguros de que no se hará mal uso de esta técnica tan nueva y poderosa.

28 de enero de 1998

La clonación en México

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 28 de enero de 1998)

Hace unas semanas causaron gran revuelo en México las declaraciones del científico estadounidense Richard Seed, quien pretende abrir una clínica en la cual se clonarían seres humanos. El objeto de dicha empresa sería (además de hacerse rico) ayudar a parejas estériles, haciendo posible que tuvieran un bebé idéntico a uno de los padres. Llama la atención que quien propone tamaña aventura sea no un biólogo molecular, sino un físico. Pero, más que eso, lo que escandalizó a la opinión pública fueron las desproporcionadas afirmaciones de Seed. Veamos.

En primer lugar, afirmó que pretende ir perfeccionando el proceso hasta llegar a producir 200 mil clones anualmente. Esto no puede sino causarnos estremecimientos, al hacernos pensar en Aldous Huxley y los “alfas” y “deltas” de su Mundo feliz. ¡Apenas estamos comenzando a darnos cuenta de los problemas éticos, sociales, políticos y hasta legales que plantea la clonación, y este individuo ya quiere establecer una fábrica de clones a escala masiva! Desde luego, su pretensión es, cuando menos, irresponsable.

Además, según Seed este sería una especie de “primer paso en la transformación de los seres humanos en dioses, pues dios quiere que el hombre llegue a ser su semejante” (o algo así). Creo que aquí sobra cualquier comentario. El tipo parece estar seriamente desequilibrado.

Pero lo que verdaderamente captó la atención de los medios, al menos de los nacionales, es su amenaza de que, si no lo dejan establecer su clínica en los Estados Unidos, pues recoge sus tiliches y se viene a México. Al fin que aquí no hay leyes y todo está permitido, ¿no?

De inmediato los diarios de la tarde anunciaron la noticia a ocho columnas, indignados. Y los diputados de todos los partidos, no menos ofendidos, hicieron declaraciones en las que pusieron de relieve no sólo su patriotismo y disposición a defender al país de los gringos invasores y sus amenazas científicas, sino su gran ignorancia en relación con la ciencia.

¿Por qué digo esto? Bueno, para empezar, cualquier biólogo molecular sabe que, a pesar del éxito logrado con la famosísima Dolly el año pasado, el paso de ahí a clones humanos es todavía gigantesco. No se sabe aún si los clones presentan problemas de envejecimiento prematuro o desarrollo de tumores cancerosos, por ejemplo. Además, para obtener un solo ejemplar viable, los creadores de Dolly tuvieron que hacer decenas de experimentos fallidos. El simple hecho de intentar clonar seres humanos y correr el riesgo de abortar una gran cantidad de fetos antes de lograr llevar un embarazo a buen término hace que la idea sea éticamente cuestionable, como lo afirmaron Ian Wilmut, del Instituto Roslin, en Escocia, jefe del equipo que creó a Dolly, y Harry Griffin, vicedirector del mismo.

Pero no sólo eso: la clonación de seres humanos requeriría de grandes sumas de dinero que no se pueden reunir así como así. Grupos de científicos, legisladores y público general se han manifestado en contra, y será difícil que una sola persona, por decidida y necia que sea, logre establecer un centro de clonación en gran escala. Y Bill Clinton, quien desde hace meses ya había intentado que se aprobara una ley prohibiendo la clonación de humanos en los Estados Unidos, ha aprovechado las declaraciones de Seed para convencer a los legisladores que se habían negado ello. De hecho, la oposición de Clinton fue originalmente la causa de las desafortunadas declaraciones de Seed.

Es por esto que afirmaciones como las que hicieron los diputados mexicanos suenan exageradas e ignorantes. Laura Itzel Castillo, del prd que dijo que “el gobierno debe estar alerta para impedir que científicos extranjeros, obsesionados con el fenómeno de la clonación, vengan a experimentar con mexicanos y se aprovechen del sentimentalismo para convencer a parejas que no pueden tener hijos para saciar sus locos deseos de competir con la naturaleza”. Esto no es más que el viejo mito del científico loco que puede lograr la aniquilación del humanidad; la historia de Frankenstein, una vez más. Esta imagen de la ciencia como una amenaza dificulta su avance y daña su imagen pública.

Muchas veces se ha dicho que “lo que puede hacerse, se hará”. Y es cierto: una vez que se puede, en teoría, clonar a un ser humano, pasará poco tiempo para que se haga con éxito. Pero esto no quiere decir que sea deseable que alguien como Seed (o como los integrantes del “movimiento raeliano”, que creen que los seres humanos son producto de experimentos genéticos de seres extraterrestres y ofrecen próximamente un servicio de clonación en alguna isla del Pacífico) se sienta libre de abrir una fábrica de clones.

Quizá lo que habría que hacer, en lugar de lanzar condenas amarillistas, es iniciar una amplia discusión a nivel mundial entre científicos, filósofos, sociólogos, médicos, especialistas en derechos humanos y en bioética, y en fin, con la participación de toda la sociedad. Y para ello se necesitaría primero que la información relativa a estos procedimientos fuera entendida por dicho público. En pocas palabras, se necesitan no prohibiciones, sino discusión.

No hay que tenerle miedo a “la clonación”, así, en abstracto, sino al uso perjudicial o irresponsable de una tecnología tan poderosa. En una próxima entrega hablaremos con más detalle acerca de este tema y de los muy diversos tipos de clonación que se hacen cotidianamente en México (y en todo el mundo) desde ya hace bastante tiempo.

1 de diciembre de 1997

Riña entre las culturas: Un ataque a la divulgación de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en diciembre de 1997)


Es triste que mi última colaboración de este año tenga que tratar un tema desagradable. Hace casi un año, cuando comencé a colaborar con Humanidades, elegí el nombre “Las dos culturas” para señalar que trataría de abordar temas relacionados con las áreas gemelas de la “cultura” y la ciencia. La idea era tratar de mostrar que la ciencia es parte de la cultura.

Recientemente, sin embargo, un suceso desafortunado nos ha mostrado no sólo que los “intelectuales” del mundillo de la cultura nacional siguen ejerciendo una influencia excesiva en los medios de comunicación, sino también un desprecio profundo por los temas científicos. Una disputa entre dos escritores por cuestiones no sé si históricas, políticas o personales ha desembocado en la desaparición de una de las secciones pioneras de divulgación de la ciencia en uno de los diarios de mayor circulación en el país: La Jornada.

Por ello sumo mi voz a la de otros divulgadores de la ciencia, como René Anaya en Crónica y Fedro Carlos Guillén en El Financiero, que ya se han pronunciado en contra de este tipo de arbitrariedades.

El asunto, en resumidas cuentas y hasta donde yo me he podido enterar, es como sigue: Luis González de Alba, ex-líder del movimiento estudiantil del 68 y desde hace muchos años excelente divulgador de la ciencia con su columna “La ciencia en la calle”, que aparecía puntualmente todos los lunes en la sección científica de La Jornada, criticó el uso que hizo la famosa periodista Elena Poniatowska, en su libro La noche de Tlatelolco, de fragmentos del libro que él había escrito sobre el movimiento, Los días y los años.

Pero González de Alba no acusó a Poniatowska de plagio ni nada parecido: simplemente se quejaba de que hubiera cambiado sus palabras y algunos datos. Y bueno, también criticaba a la escritora y hasta se burlaba de su estilo, lamentándose de “haber sido traducido al poniatowsko”.

La respuesta al escrito de González de Alba, que también había sido publicado en forma ampliada en la revista Nexos, fue lamentable: en vez de responder y contraargumentar en las páginas de dichas publicaciones, estableciendo quizá un debate que hubiera podido aclarar los malentendidos y errores, Poniatowska decidió renunciar al consejo editorial de Nexos, del que formaba parte. Y la semana siguiente, los lectores de La Jornada buscamos inútilmente no sólo “La ciencia en la calle”, sino la sección científica completa.

Sin dar la menor explicación a los lectores, los dirigentes del periódico decidieron eliminar esta sección, en la que escribían semanalmente desde hace años González de Alba, Javier Flores (quien la coordinaba) y Ruy Pérez Tamayo, además de colaboradores frecuentes como Ricardo Tapia, René Drucker, Antonio Peña, Julieta Fierro y muchos otros buenos divulgadores de la ciencia. Ante eso, lo menos que puede pensarse es en presiones sobre La Jornada que llevaron a esta triste decisión. ¡Qué decepción! Parece que la Poniatowska se asemeja más de lo que creíamos a la “Palmira Jackson” que el escritor Enrique Serna presenta en su novela El miedo a los animales

Las críticas de González de Alba, por otro lado, tenían cierta razón a pesar de haber sido hechas con más de 25 años de retraso. Definitivamente, cualquier autor tiene derecho a ser citado sin que se alteren sus textos. Y, como el mismo González de Alba explica en otro texto aparecido en Nexos (junto a la renuncia definitiva de Poniatowska al consejo de redacción), algunas de las alteraciones aparecidas en La noche de Tlatelolco lo descalificaban como testigo presencial de la matanza allí cometida, pues lo situaban en un piso desde el que no podría haber observado lo que allí sucedió. Es por esto, entre otras cosas, que el autor se tomó tan en serio lo de exigir las correcciones que ocasionaron todo este embrollo.

Estoy de acuerdo en lo que ya se ha señalado en otras partes: que González de Alba se caracteriza no sólo por publicar con mucha frecuencia artículos sobre temas que nada tienen que ver con la ciencia (por ejemplo política, historia o críticas al subcomandante Marcos). Y muchas veces hizo comentarios mordaces en las que parecía buscar la enemistad de otros intelectuales (por ejemplo, Carlos Monsiváis). Pero nada de esto justifica que su columna, y mucho menos toda la sección de ciencia, haya sido eliminada arbitrariamente.

En fin, el resultado final es el siguiente: la sección periodística de divulgación científica más antigua del país (creo) desapareció por un acto que es justo calificar como censura; González de Alba y su “Ciencia en la calle”, junto con Javier Flores y Ruy Pérez Tamayo (probablemente en un acto de solidaridad) aparecen los lunes en El Financiero, y en el directorio de La Jornada aparece ahora el nombre de René Drucker Colín como responsable de una sección de ciencia que yo todavía no he podido hallar, aunque la he buscado todos los días de la semana en que escribo esto.

Pero aún sin leerla puedo temer que el nuevo coordinador, a menos que haga un sacrificio de tiempo difícil para cualquier investigador activo (recordemos que el controvertido sni no toma en cuenta las actividades de divulgación al evaluar a los investigadores), no disponga del tiempo suficiente para conducir la sección de ciencia con la dedicación y cuidado que se requieren en la buena divulgación de la ciencia. Aunque puedo estar equivocado, por supuesto. En lo que estoy seguro de no equivocarme es en recomendarle al doctor Drucker que tenga mucho cuidado en su nueva chamba, porque estará trabajando para jefes que pueden despedirlo sin el menor miramiento si, por desgracia, se da el caso de que alguna de las “glorias” de la intelectualidad mexicana se ofenda por lo que publique.

26 de noviembre de 1997

Ciencia, sociedad y museos

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 26 de noviembre de 1997)


Los museos de ciencia se han convertido en una atracción en muchas grandes ciudades de nuestro país. Gracias al “boom” de construcción de museos y centros de ciencias que se inició con el proyecto del museo de ciencias de la unam, y que culminó con la inauguración de Universum el 12 de diciembre de 1992, se cuenta actualmente con alrededor de 14 de estas instituciones en el país.

El vii congreso nacional de la Sociedad para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (somedicyt), celebrado en la ciudad de Puebla del 12 al 15 de noviembre de este año, estuvo dedicado al tema “museos y centros de ciencias”. Entre los muchos temas de interés que ahí se discutieron, se habló del futuro de los museos de ciencias. En particular, una de las tendencias más notorias ¾y probablemente más benéficas¾ que se observaron fue la de que se están comenzando a construir centros de ciencias de dimensiones reducidas en poblaciones pequeñas. Un ejemplo notable de esto es el centro que se ha estado desarrollando en Atlixco.

Estos centros, en varios casos financiados y construidos por los propios vecinos de la comunidad, tienden a ser más modestos que los grandes museos que se encuentran en ciudades grandes como el d. f., Monterrey, Jalapa, León, Culiacán y varias otras. Pero lo más importante es que a diferencia de estos grandes proyectos, que normalmente son planeados, construidos y operados por instituciones gubernamentales o universitarias, los nuevos centros comunitarios de ciencias, al ser obra de las comunidades, se hallan mucho más ligados a éstas. Los propios habitantes son quienes construyen gran parte de los aparatos que se exhiben; en la construcción del edificio participan arquitectos y albañiles locales, y los cursos y demás actividades son planeadas y realizadas por vecinos.

Es claro que estos centros, al estar mucho más en contacto con la comunidad, prestan un servicio que va mucho más allá de la simple exhibición de aparatos científicos. Sirven como lugares en que los habitantes de la población realizan actividades en conjunto, y se integran muy estrechamente en la vida de la comunidad.

Un ejemplo particularmente interesante de este tipo de centros, aunque en este caso no se trata propiamente de un museo o centro de ciencias, pues no cuentan con exhibiciones ni exposiciones de ninún tipo, son los tres “Centros del Saber” que coordina el centro de ciencias Explora, de León, Guanajuato.