14 de junio de 2000

Difusión cultural de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 14 de junio de 2000)

¿Se puede hacer divulgación científica si uno no soporta a los niños, no le interesan las noticias científicas y no pretende enseñar nada?

Es frecuente que los solteros de más de treinta que no tenemos hijos enfrentemos un problema: qué hacer cuando la conversación, en un grupo de amigos, deriva –caso frecuente y casi inevitable– al tema de la crianza, virtudes y cuidado de los respectivos vástagos.

Enfrentado con esta situación, se me ocurren varias posibilidades. 1) Levantarse violentamente de la mesa y abandonar la habitación dando un portazo, opción claramente poco viable (a menos que quiera un quedar excluido del grupo de amigos). 2) Vetar el tema, otra alternativa poco prometedora e injustamente impositiva. 3) Resignarse a estar callado y escuchar a los presentes disertar interminablemente sobre un tema en el que uno no tiene el menor interés hasta que se les acabe la cuerda. Recurso que, desde luego, tampoco me parece aceptable.

No tengo la solución a este dilema (me enfrento a otro equivalente cuando la conversación, normalmente en un grupo de puros hombres, gira hacia otro de mis temas aborrecidos: el futbol). Pero la situación es semejante a la que enfrentamos los divulgadores de la ciencia que no queremos hacerle la competencia los maestros de escuela, ni nos interesa entretener infantes, ni nacimos con vocación de periodistas.

El primer caso se encarna en la llamada “enseñanza no formal” de la ciencia, que hasta donde alcanzo a entender es una especie de escuela fuera de la escuela, donde se pretende que los alumnos aprendan los conceptos científicos que sus maestros –o las lagunas en los programas de estudio, o la falta de tiempo– no les permitieron asimilar.

El problema es que precisamente una de las características esenciales de la divulgación científica, incluso una de sus mayores virtudes, es ser una actividad que busca acercar al público a la ciencia como algo que se hace por gusto, no como obligación. Y es sabido que para aprender algo, máxime si se trata de conceptos relativamente complejos o abstractos como los que pueden hallarse en la ciencia, es necesario hacer un cierto esfuerzo intelectual y de atención. En una escuela se cuentan con las condiciones para exigir a los alumnos esta dedicación, pero difícilmente puede lograrse esto cuando, por ejemplo, se visita un museo, se lee una revista o se observa un programa de televisión. Todo esto me hace pensar que probablemente la pretensión de “enseñar” ciencia sea una meta fútil para el divulgador científico.

La ciencia como mero entretenimiento infantil es otro objetivo que no resulta excesivamente prometedor para el divulgador de la ciencia. La diferencia entre una auténtica labor de divulgación –que implica necesariamente poner la ciencia al alcance de un público que no está en contacto directo con ella ni con sus lenguajes especializados– y un enfoque meramente recreativo es más o menos la que puede hallarse entre un centro de ciencia como el Exploratorium de San Francisco –o, en nuestras latitudes, un museo como Universum, por ejemplo– y un parque temático de diversiones como Epcot Center. Quizá el entretenimiento habría que dejárselo a los profesionales; por otro lado, no puedo evitar sentir que presentar la ciencia como mero entretenimiento es devaluarla un poco (opinión que, desde luego, es estrictamente personal).

El periodismo científico, por su lado, es una labor que admite muchas variantes, pero que esencialmente se caracteriza por enfocarse en lo novedoso. Se podría decir que para que algo sea periodismo tiene que se noticia: novedad. Otras características frecuentes en el trabajo periodístico son la premura con la que tiene que trabajarse y la necesidad imperiosa de contar con fuentes autorizadas y confiables, cuya información debe regularmente confirmarse, normalmente recurriendo a otras fuentes. Muchos divulgadores de la ciencia, sin embargo, nos interesamos por tratar temas que no son ni novedosos ni necesariamente importantes, aunque sí muy interesantes. El público, por su parte, necesita, para desarrollar una cultura científica, contar con antecedentes y un panorama que le permita desarrollar una perspectiva en la que las últimas noticias científicas puedan ser interpretadas y cobrar sentido, labor que no siempre logran hacer los periodistas científicos, ya sea por falta de espacio, de tiempo o hasta de interés.

Bien; y entonces, ¿a qué quiere dedicarse este hipotético divulgador científico al que describo triplemente amenazado por Escila, Caribdis y su hermana desconocida?

Simplemente a difundir, divulgar, compartir algo que a él mismo (o ella) le causa placer, le interesa y le permite llevar una vida más rica y útil: la ciencia. entendida no sólo como conocimiento, sino también como método y como forma de enfrentar la realidad.

Esta visión de la ciencia es muy similar a la que adoptan los artistas y quienes se dedican a labores de difusión cultural cuando organizan conciertos, sesiones de lectura de poesía, espectáculos de danza, recorridos arquitectónicos o exposiciones de cuadros o esculturas. No se trata de enseñar, ni de dar noticias, ni tampoco simplemente de entretener o divertir (para ello está la feria, la tv o el cine). Se trata de poner al alcance del público una parte de la cultura con la que normalmente no tiene contacto por iniciativa propia, pero que creemos que vale la pena compartir.

Así como vale la pena, a pesar del poco público que pueda apreciarlo, apoyar a un grupo que interpreta música antigua con instrumentos originales de la época, es válido defender una visión cultural de la divulgación científica que no la conciba como algo obligatorio, necesario y ni siquiera útil, sino simplemente como algo interesante, hermoso y enriquecedor. Como el arte, la ciencia no tendría por qué justificar su valor. Finalmente, junto con el arte, la ciencia es uno de los logros más elevados de la especie humana, ¿no es así?

5 de abril de 2000

La fidelidad en la divulgación de la ciencia (2)

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 5 de abril de 2000)

Después de una ausencia involuntaria, vuelvo a estas páginas con un tema que dejé pendiente. Decía en mi anterior colaboración que en la labor de divulgación científica deben satisfacerse dos criterios muchas veces opuestos: despertar (y mantener) el interés del público y al mismo tiempo ser fiel a los conceptos contenido científicos que ser presentan.

Comentaba también el excesivo celo que muchas veces ponen los expertos al juzgar los trabajos de divulgación científica. Se llega a condenar como errores lo que probablemente sean sólo versiones, formas de presentar las cosas o, en caso extremo, licencias (justificadas) que se toma el divulgador para mejor conseguir sus fines. El excesivo requerimiento de fidelidad científica se puede convertir así en un verdadero obstáculo para esta complicada labor.

Finalmente, mencioné someramente en mi escrito el asunto de la independencia del divulgador científico que, en mi opinión (y la de otros colegas), no puede ser visto como un mero canal de comunicación que el investigador puede usar para poner sus descubrimientos al alcance del público general. Quizá valga la pena detenerse un poco más en este asunto.

¿Por qué podría un divulgador, que finalmente sólo comunica conocimientos que no produce, aspirar a ser independiente (es decir, no dependiente del investigador)? Después de todo, los únicos que producen conocimiento científico son, precisamente, los investigadores (no los llamo “los científicos” para resaltar que los divulgadores, por ser profesionales dedicados a la ciencia –a la divulgación de la ciencia– tienen pleno derecho a llevar también el apellido “científicos).

En realidad, hay opiniones diversas respecto a este punto. Los periodistas científicos, por ejemplo, tienden a aceptar un compromiso implícito con la “objetividad” (o al menos a aspirar a la mayor objetividad posible). Esto determina que se conciban principalmente como responsables de obtener la información que el público requiere o que puede ser de su interés, garantizar su confiabilidad y presentarla en una forma accesible y que permita que cada quien se forme su propia opinión.

Los divulgadores científicos, por otro lado –aunque aclaro que la diferencia entre divulgadores y periodistas científicos nunca ha estado clara, ni creo que llegue a estarlo–, tendemos más a concebir nuestra labor como una creación –o, más bien, una re-creación– de la información, con fines que pueden ir de lo simplemente informativo, pasando por lo didáctico, hasta lo verdaderamente artístico o literario (los ejemplos de esto último no faltan).

Queda claro, supongo, que esta última concepción de la divulgación de la ciencia fácilmente entra en conflicto con los requerimientos de fidelidad científica. Es una labor más de tipo cultural, que no se considera necesariamente obligada a tener una “utilidad”, sino sólo a producir una obra original, interesante y adecuada a ciertos estándares (incluso estéticos).

De cualquier modo, e independientemente del enfoque que dé a su labor, un buen divulgador científico debería aspirar, como ya comentaba en la ocasión anterior, a poder cumplir su tarea en forma adecuada si depender de un “revisor” que garantice su calidad. De igual forma, creo que en la evaluación de las labores de divulgación de la ciencia, la opinión de los colegas -y, por supuesto, una ponderación cuidadosa de la respuesta del público- deberían ser los criterios decisivos, y no una “certificación” por parte de los expertos científicos.

Se me dirá que esto abre la puerta a tergiversaciones y errores por parte de los divulgadores. Cierto: como en cualquier actividad -incluida la investigación científica-, el reconocer la madurez y profesionalismo de quienes la realizan, y el otorgamiento de la relativa independencia que éstas conllevan, puede permitir abusos y equivocaciones. Pero, en un gremio maduro, el “control de calidad” interno, por parte tanto de los mismos individuos como de la comunidad de colegas, basta para garantizar que estos casos sean poco frecuentes (nunca inexistentes: la filosofía de “cero defectos” es sólo una utopía, aunque una a la que hay que aspirar).

De modo que, ¿a qué o a quién debe serle fiel el divulgador científico? No a la versión de la ciencia que manejan los expertos, la que se publica en las revistas especializadas (journals), desde luego, pues sólo es inteligible para el iniciado. Debe serle fiel a la ciencia; a la esencia de los conceptos que pretende compartir. Esto muchas veces implica transformarlos, buscarles nuevos enfoques y relaciones, e incluso reinventarlos, todo con el fin de hacerlos accesibles a su público. Si cumple con esto, el divulgador científico podrá estar seguro de honrar su compromiso de fidelidad, al tiempo que logra también, mediante la recreación de la ciencia que ofrece, cumplir el requisito de mantener interesado a su público.

19 de enero de 2000

La fidelidad en la divulgación de la ciencia (1)

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 19 de enero de 2000)

Quien pretende divulgar la ciencia, compartirla con el público general, se enfrenta a dos retos principales. El primero es hacerlo en forma amena, interesante, incluso estética. El segundo, que es al que me quiero referir aquí, es serle fiel al conocimiento científico: no distorsionarlo, abaratarlo ni falsearlo.

La tensión esencial

Desgraciadamente, ambos requerimientos son, en cierta forma, mutuamente contradictorios: mientras más ameno se trate de ser al realizar una obra de divulgación, más riesgo se corre de distorsionar el contenido científico que presente. E inversamente, cuanto más fiel se sea a la expresión original de un conocimiento científico, más probable es que el producto resulte críptico, aburrido e inaccesible para el lego.

Esta “tensión esencial” (parafraseando al filósofo de la ciencia Thomas Kuhn) es lo que hace que dedicarse a la divulgación científica no sea –por más que así lo crean algunos investigadores jactanciosos– una labor que pueda realizarse “al ái se va”, sobre las rodillas. Por el contrario: se requiere de la sensibilidad para dar con el tono justo, la expresión precisa, la cantidad idónea de información y contexto que permita al lector (en el caso de un escrito) acceder no sólo a la información, sino al conocimiento y, de preferencia, a esa “experiencia científica” (por analogía con la experiencia estética) que conocemos quienes gozamos de la ciencia.

Es cierto que existen algunos casos de individuos especialmente dotados en forma innata con la cualidad de ser excelentes divulgadores de la ciencia (algunos investigadores científicos tienen esta suerte, aunque son muy pocos). En caso de no pertenecer a esta minoría favorecida, el aspirante a divulgador científico tendrá que someterse a un largo aprendizaje y preparación para llegar a cumplir su cometido –poner la ciencia al alcance del público– en forma, al menos, adecuada. (Tal es el caso, sobra decirlo, de quien escribe.)

Las cadenas de la fidelidad

Hay ocasiones en que el segundo componente de esta tensión esencial llega a convertirse en una dificultad insuperable. En efecto, el requerimiento de fidelidad al conocimiento científico que se le exige al divulgador con frecuencia es excesivo y deja de ser garantía de calidad (de que no se “vulgarizará” a la ciencia) para convertirse en obstáculo en la labor de compartirla.

Desde luego, no se trata de defender el derecho del divulgador a decir mentiras o presentar información errónea, sino su necesidad de seleccionar, matizar y recrear la información de acuerdo con su criterio, con el fin de lograr una buena comunicación. Una anécdota personal quizá aclare el punto.

En una ocasión en que redacté un texto sobre las células del cuerpo humano, un especialista me señaló un grave error. “Todas nuestras células tienen un núcleo”, decía mi escrito. Pero existe una excepción: los glóbulos rojos de la sangre, o eritrocitos, carecen de este organelo. Mi crítico me exigía aclarar este punto, pues de otro modo estaba yo faltando al rigor científico y propagando una mentira. Sin embargo, luego de considerar la frase alternativa (“todas nuestras células –excepto los glóbulos rojos– tienen un núcleo”) decidí asumir la responsabilidad de dejar el texto en su forma original.

La razón inmediata de tal decisión fue que la explicación convertía una frase simple y directa, que ni siquiera era parte del meollo del escrito en cuestión (pues no se trataba de hablar de la sangre, los eritrocitos ni del núcleo celular), en una oración complicada que provoca más dudas de las que resuelve. ¿Cómo puede existir una célula que no tiene núcleo? ¿Cómo llegó a perderlo, si es que alguna vez lo tuvo? ¿Para qué sirve entonces el núcleo celular? ¿Hay células, en otros seres vivos, que también carezcan de núcleo, o es el eritrocito humano un caso único?

Aclarar estas dudas desviaría la intención original del escrito. Ignorarlas, dejaría al lector frustrado y deseoso de respuestas. Como se ve, la exigencia de explicar una excepción –el exceso de fidelidad científica– llevaba en este caso a perder mucho más de lo que se ganaba.

La independencia del divulgador

Pero había además otras razones, más profundas, detrás de mi decisión de sacrificar algo de fidelidad a cambio de claridad y amenidad. Durante mucho tiempo, los divulgadores científicos hemos estado sometidos a la supervisión de los expertos, los investigadores científicos. La concepción usual de divulgación incluía, en forma casi indispensable, la supervisión por parte de un especialista “para asegurar que no haya errores”.

Tal supervisión puede ser muy benéfica, en caso de que sea realmente necesaria. Es decir, en caso de que el divulgador no maneje la información con la familiaridad necesaria como para hablar del tema con seguridad. Pero esto no es lo deseable para un buen divulgador científico. Idealmente, el divulgador debería tener los conocimientos suficientes como para hablar de su tema con confianza, sin requerir de la supervisión del experto. Es un caso análogo al de un maestro: sin pretender que un profesor tenga el mismo nivel de conocimiento que un investigador experto en la materia, un maestro que requiriera la supervisión constante “para no cometer errores” sería considerado un mal maestro. Esto no quiere decir, claro, que el divulgador no pudiera beneficiarse, al igual que un maestro, de la colaboración con un investigador, ya sea como coautor o por medio de cursos de actualización.

Sin embargo, la situación usual –la subordinación del divulgador al experto– lleva a una posición incómoda: muchas veces, quien decide el tipo de divulgación que debe hacerse, sus objetivos e incluso los criterios para evaluarla, es no quien conoce los intereses y las necesidades del público y la mejor forma de satisfacerlas –es decir, el divulgador–, sino el experto científico (que es experto en su campo, no en divulgación).

¿Qué tanto se justifica esta situación? Seguiremos hablando de este asunto.

9 de diciembre de 1999

La democracia darwiniana

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 9 de diciembre de 1999)


Después de una larga pausa, Humanidades vuelve a estar con sus lectores. Y en estos tiempos, el tema (prácticamente el único tema) es la huelga en la unam. Casi diríamos que da vergüenza hablar de cualquier otra cosa. Así que, ¿qué tiene que ver que la democracia sea darwiniana, como polémicamente afirma el título de esta colaboración, con el problema universitario? Permítame la amable lectora o lector que reserve esta respuesta para el final de mi escrito.

¿Por qué digo que la democracia es darwiniana? Veamos en primer lugar qué quiere decir que algo sea darwiniano. Como es bien sabido (o debería serlo), la gran idea de Charles Darwin (que también fue la gran idea de Alfred Russell Wallace, sólo que la tuvo un poco tarde) es algo conocido como selección natural. También se le ha llamado “supervivencia del más apto”, pero esta denominación trae consigo muchos malentendidos, así que dejémosla de lado.

La selección natural consiste en dos cosas. En primer lugar, se requiere que exista en los seres vivos una variabilidad. Es decir, que los miembros de una especie no sean todos idénticos. Y en segundo, que las características particulares de cada individuo puedan ser heredadas a sus descendientes.

Dado esto, como las variaciones individuales afectarán las posibilidades que tenga cada individuo de dejar descendencia, es decir, de perpetuar sus genes, se observará que, en cualquier población, algunos individuos estarán mejor adaptados a las condiciones del medio, y por ello tenderán a dejar más descendientes que sus congéneres. Con el tiempo, esta “reproducción diferencial” (como le dicen los expertos) hará que las características de la especie en cuestión hayan cambiado tanto que ya no se pueda considerar que se trata de la misma especie: ha evolucionado.

Es así como el mecanismo de selección natural postulado por Darwin logra fue explicar por qué algunas especies se extinguen y otras aparecen: cómo evolucionan los seres vivos, pues.

Sin embargo, no para ahí la cosa. Resulta que la selección natural es sólo el ejemplo más conocido de un tipo de algoritmos que podemos denominar “darwinianos”. En todo sistema en el que haya unidades capaces de “replicarse” (reproducirse) y que tengan también la capacidad de variar, y transmitir a sus “descendientes” dichas variaciones, se presentará en forma automática un proceso de selección.

En particular, el biólogo Richard Dawkins ha propuesto el concepto de que las ideas, o al menos cierto tipo de ideas, a las que él llama “memes” (por hacer una mezcla entre “memoria” y “genes”, supongo) se comportan en forma darwiniana: compiten entre ellas y están expuestas a un proceso de selección. En una palabra, evolucionan.

Quien haya visto cómo las buenas ideas en, por ejemplo, la forma de vender algún producto, o las características de los programas de computadora parecen “infectar” rápidamente al resto de sus competidores (hoy, por ejemplo, todos los programas tienen “barras de herramientas”), sabrá de lo que estoy hablando. Las modas, las religiones y las lenguas son otros ejemplos de sistemas de memes.

Bien, pero, ¿dónde entra la democracia en todo esto? Bueno: resulta que uno de los sistemas de ideas más importantes de nuestra cultura, la ciencia, funciona también de manera darwiniana. Esto no es sorprendente, pues hemos ya dicho que las ideas (los memes) se comportan de este modo. Pero en el caso particular de la ciencia, el proceso de competencia, selección y evolución se ve acelerado y facilitado por las características mismas de esta actividad.

En efecto: los científicos generan hipótesis con las que tratan de explicar algún aspecto de la naturaleza. Estas hipótesis son discutidas, confrontadas con evidencia experimental, defendidas o rebatidas y, si están “bien adaptadas al medio” (lo que en este caso quiere decir que logren explicar los hechos en forma coherente y en concordancia con las evidencias), sobreviven. Pero las ideas científicas no son permanentes: van siendo refinadas, mejoradas y, finalmente, sustituidas por otras mejores. Los memes científicos evolucionan en forma análoga a como lo hacen los seres vivos.

Y aquí es donde viene a cuento la democracia. No sé si lo habrá usted notado, pero muchas de las características que definen a la ciencia son también los grandes requisitos para la democracia: la libre discusión de ideas, la generación de diversas propuestas para atacar los problemas de una sociedad, el convencimiento de los demás por medio de las armas de la razón. En una democracia real, las mejores ideas tenderán a sobrevivir, en virtud de que, por su efectividad, tenderán a convencer a más personas, que votarán por ellas. Los memes democráticos, como los científicos, también se comportan en forma darwiniana.

Bien. ¿Y para qué sirve esto? Para nada, o para tener otra perspectiva que nos ayude a entender un poquito más los complejos problemas de una sociedad que aspira a ser democrática.

Finalmente, para cumplir lo prometido, veamos cuál es la relación de todo lo anterior con el conflicto de la unam. Se ha dicho muchas veces que la universidad no es ni tiene por qué ser democrática. En un sentido, esto es cierto: la admisión de alumnos, los exámenes, los títulos y los planes de estudio no deben ser decididos por mayoría de votos; sería una aberración. Pero el sentido último de una universidad, sus objetivos a gran escala, son vitales para la sociedad en que está inserta (de hecho, son el motivo de su existencia). Y éstos, sin duda, deben ser decididos en forma democrática. Es decir, mediante un proceso darwiniano de competencia y selección de las propuestas más convincentes que, esperamos, sean las que estén mejor adaptadas al medio, es decir, las que orienten a la universidad para servir mejor al país.

17 de noviembre de 1999

La polarización del conflicto

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 17 de noviembre de 1999)


(Nota: durante la huelga de la UNAM, en 1999, Humanidades dejó de publicarse;
de ahí el brinco -de marzo a noviembre- en la publicación de esta columna.)

No, no se trata del asunto de las cuotas en la unam. Creo que ese asunto ya ha sido discutido lo suficiente. Como dice un amigo -a quien pido disculpas por apropiarme de su frase-, en vez de preocuparnos tanto de si la educación que imparte la unam debiera ser o no gratuita, deberíamos preocuparnos de que fuera buena.

El conflicto del que quiero hablar es, otra vez, el que da título a esta columna: la polarización de los intelectuales en dos culturas, la “científica” y la “humanística”. Aunque no todos los intelectuales tengan que formar parte de alguno de estos bandos, una gran cantidad de científicos “duros” (físicos, químicos, biólogos, astrónomos), por un lado, y de científicos sociales y humanistas que estudian a la ciencia (filósofos, historiadores y, sobre todo, sociólogos de la ciencia), por el otro, han venido atacado y defendiendo posiciones cada vez más opuestas e incompatibles respecto a lo que es la ciencia, su validez, su confiabilidad, sus métodos y el apoyo que debe recibir de la sociedad.

Esta guerra -que, en cierta medida, siempre había existido, pero que desde hace mucho no se manifestaba con la violencia actual- se ha recrudecido desde hace unos años, debido a lo que se conoce como el “asunto Sokal”.

Todo comenzó cuando en 1994 Alan Sokal, físico estadounidense de la Universidad de Nueva York, decidió, en forma por demás soberbia, someter a prueba el rigor de una conocida publicación del área de las ciencias sociales llamada Social Text, la cual, para mayor agravio, tenía una marcada tendencia hacia el posmodernismo (whatever that means). Para lograrlo, redactó un artículo esencialmente vacío, pero en el que utilizaba abundantemente la terminología posmodernista y “argumentaba” imitando el estilo de otros artículos de la revista, haciendo afirmaciones en las que atacaba a la ciencia como una mera “construcción social”.

El falso artículo de Sokal fue aceptado -con ciertas reservas- y publicado, y acto seguido el autor proclamó a los cuatro vientos no sólo que había “comprobado” lo inadecuado de los criterios editoriales de la revista (no pareció considerar la posibilidad de un error o -como afirmaron los editores- un relajamiento de las normas de aceptación en su caso en particular, por tratarse de un artículo proveniente del “otro lado” del campo).

A partir de ahí se desató un debate que continúa hasta este momento. Científicos como el físico Stephen Weinberg, representante del punto de vista más radical de la supremacía de las ciencias “duras” sobre las disciplinas sociales y humanísticas, han tomado partido a favor de Sokal (un artículo de Weinberg fue publicado en la extinta Vuelta, septiembre de 1996). Varios sociólogos de la ciencia y demás representantes del ala humanística del conflicto, por su parte, se han dedicado a hablar con gran vehemencia de los “engaños”, “mitos” o “falacias” de la ciencia.

Es (o debería ser) fácil notar puede notar que ambos lados tienen cierto grado de razón. Pero lo más importante es que ambos lados están cometiendo errores serios que sólo pueden tener resultados nocivos. La polarización creciente del tema está llevando a los científicos duros (quienes dan la apariencia de no tener la más mínima formación en filosofía, historia y sociología de la ciencia) casi al extremo de afirmar que todo estudio sobre la ciencia es, de hecho, un ataque a la ciencia, pues se cuestiona su objetividad absoluta y la certeza de sus resultados, llegando incluso al “pecado” de relativizar la imagen científica de la naturaleza.

Tengo la impresión de que son precisamente los científicos duros quienes están llegando a los peores extremos en este debate (aunque tal vez esto sea sólo efecto de que estoy más cerca de ese lado). Lo lamentable es que el daño que esta polarización está causando a la ciencia, a los estudios sobre la ciencia (se está incluso cuestionando la conveniencia de seguir apoyándolos) y, especialmente, a la imagen pública de la ciencia, es muy real y muy grave.

Es cierto que los enemigos de la ciencia; los verdaderos enemigos de la ciencia, es decir, seudocientíficos, charlatanes y supuestos místicos más interesados en el dinero que en la salvación de almas han aprovechado los ataques extremos a la ciencia para reforzar sus afirmaciones de que todo -de la cacería de ovnis al uso de imanes para curar el cáncer- es tan válido como la ciencia.

Pero no hay que caer en el error de, ante estos ataques, y tratando de defender a la ciencia, equivocarse de enemigo y atacar a los estudiosos sociales-humanísticos de la ciencia, quienes sólo quieren entenderla y, si es posible, mejorarla, aún al precio de cuestionar sus aspectos dudosos (que los tiene). El periodista Mario Méndez Acosta, por ejemplo, conocido por sus columnas dedicadas a combatir la seudociencia, publicó hace poco en la revista ipn ciencia, arte: cultura un artículo titulado “La trampa de Kuhn”, en la que descalifica de manera injustificada su famoso libro La estructura de las revoluciones científicas (comentado ya en este espacio), una de las referencias esenciales en la comprensión de la ciencia contemporánea.

Esperemos que este debate pueda cambiar de rumbo y, en vez de agrandar el abismo entre las dos culturas, pueda llegar a enriquecer a ambos bandos para que, abandonando las descalificaciones que sólo sirven para poner en entredicho la confiabilidad de quienes las hacen, se dediquen a conocer las aportaciones de sus opositores para darse cuenta de que, en el fondo, ambos bandos luchan con los mismos objetivos: entender el mundo que nos rodea y ampliar las posibilidades que tiene el ser humano de tener una existencia satisfactoria.

17 de marzo de 1999

Electrones y relaciones humanas

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 17 de marzo de 1999)


Dos de los problemas centrales de la divulgación de la ciencia son cómo expresar los conceptos y métodos de la ciencia de modo que sean interesantes para el público y cómo, al hacer lo anterior, evitar el peligro de tergiversar, sobre-simplificar o simplemente traicionar los conceptos. Muchas veces el uso de una metáfora demasiado lejana al concepto original hace que lo que se transmite sea ya simplemente una idea bonita, pero que nada tiene que ver con la ciencia.

Isaac Asimov, probablemente el divulgador de la ciencia más prolífico de que se tiene noticia (escribió alrededor de 450 libros, más de la mitad de los cuales eran ensayos científicos) gustaba de usar metáforas, y normalmente solía lograr cumplir con los dos requisitos que he mencionado.

Ernesto Sábato, por su parte, se quejaba amargamente en su libro Uno y el universo de cómo, cuando un amigo le pedía que le explicara la teoría de la relatividad, se veía obligado a ir presentándole versiones cada vez menos matemáticas y más llenas de trenes, luces y campanitas. Finalmente, cuando el amigo por fin entendía, Sábato respondía amargamente: “sí, pero eso no es más la relatividad”.

Todo esto viene a cuento porque hace poco se me cruzaron los cables (cosa que me sucede a menudo) y estuve pensando cómo relacionar dos temas aparentemente inconexos.

El primer tema lo encontré mientras hojeaba ociosamente la red (creo que el verbo es válido, pues lo que uno encuentra en la red se denomina “páginas”). Se trata de la existencia de grupos de hombres y mujeres que han decidido rechazar la monogamia (espero que el grupo Pro-sida no censure este párrafo) y se dedican a encontrar otras formas de relacionarse, como tríos, cuartetos, familias múltiples y otras cosas más extrañas como triángulos, ángulos, polígonos, ruedas de carreta y varios más. La denominación que este tipo de personas ha adoptado no es fácil de traducir (no, no es “promiscuos”), pero un buen intento sería “poliamóricas” o “poliamorosas”. Para mayor facilidad, prefieren decir simplemente que son “poli”, y han adoptado el simpático símbolo de un loro (como el típico “Polly” de las caricaturas gringas).

El segundo tema lo traía en la mente desde hacía varios días: cómo explicar en términos sencillos qué es un enlace químico. En los libros de texto sencillos se afirma que un enlace químico (lo que hace que dos átomos se unan entre sí y formen una molécula) está formado por dos electrones, con carga negativa, que son compartidos por dos átomos, cuyos núcleos tienen carga positiva. (Si esa explicación suena complicada, imaginen la que se puede encontrar en un libro de química cuántica, que abunda en ecuaciones de Schröedinger, exponentes, integrales y demás preciosidades.)

Y, debido a que el tema de los “poli” llamó mi atención, me encontré pensando que una posible analogía (aunque, tengo que aceptarlo, algo obscena en una primera aproximación) podría ser la siguiente. La unión entre dos átomos podría asemejarse a dos hombres (los átomos) que estuvieran unidos por la compartición de dos mujeres. Después de todo, ¿qué vínculo podría haber más profundo que ese? Dos hombres que tienen, cada uno, dos mujeres sólo que son las mismas. Esos hombres, necesariamente, convivirían, se estimarían y tendrían intereses comunes: formarían una unidad. Como dos átomos de hidrógeno, pongamos por caso, que compartieran un par de electrones.

Claro que luego me dí cuenta de que esta metáfora tiene serios defectos: es profundamente sexista, pues toma a las mujeres como si fueran entes carentes de voluntad, menos importantes que los hombres y supeditadas a sus deseos. Hombres y mujeres son iguales, mientras que los núcleos de los átomos de hidrógeno son muy distintos de sus electrones (cada átomo de hidrógeno tiene sólo un núecleo, formado por un protón, y un electrón que gira alrededor de él).

Un segundo intento sería el de dos madres que compartieran sendos hijos. Es decir, las dos serían madres de los dos hijos (olvidémonos de los padres, para compensar lo sexista de la metáfora anterior). Nuevamente, el sistema podría resultar una buena analogía con la molécula de hidrógeno: las dos madres permanecerían juntas, unidas por el amor a sus hijos y el interés común de asegurar su bienestar.

¿Podría extenderse esta analogía a moléculas más complicadas? Probablementes sí: Robert A. Heinlein, escritor de ciencia ficción que ha servido de inspiración para muchos grupos poliamorosos, presenta en varias de sus novelas ejemplos de grupos de personas no monogámicas que forman, por ejemplo, familias múltiples en que todos los hombres son esposos de todas las mujeres, de modo que se forma una especie de dinastía que perdura a lo largo de década y siglos, pues conforme los miembros viejos mueren, otros más jóvenes se “casan” con la familia y la perpetúan. Una cosa así suena bastante parecida, por ejemplo, al llamado “enlace metálico”, en que los electrones se mueven libremente y forman una especie de “mar” que es compartido por todos los átomos del metal. Estos electrones compartidos son los que mantienen unidos a los átomos del metal y son responsables de su conductividad eléctrica, entre otras propiedades características.

Pero me doy cuenta de que regresé a la metáfora sexista del principio, y por otro lado puede pensarse que estoy tratando de hacer propaganda velada a estas alternativas a la monogamia. Así que, antes de que Pro-sida me incluya en la lista de periodistas y maestros a quienes hay que boicotear (junto con los participantes en el congreso de sexualidad llevado a cabo recientemente), más vale que me despida. Salud.

3 de marzo de 1999

La soberbia de los científicos

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 3 de marzo de 1999)


A Luis Felipe Brice, por prestarme su síntesis informativa

El asunto es éste: hace unas semanas vino a México el doctor Arthur Kornberg, estadounidense ganador del premio Nobel de medicina en 1959 debido a sus investigaciones sobre el mecanismo de replicación del adn. (Cabe aclarar que es gracias a sus descubrimientos que hoy podemos contar con toda la ingeniería genética, biotecnología, clonación y demás avances.)

El doctor Kornberg fue invitado a dar una conferencia magistral el 8 de febrero en El Colegio Nacional, a la que tuve la suerte de asistir. En ella abordó diversos temas alrededor de la biotecnología y el futuro. Sin embargo, el punto más comentado de su exposición fue cuando habló de la importancia de la investigación científica para países del tercer mundo (como el nuestro). Dijo algo así como “El tren de la revolución informática ya partió, y México no lo tomó. Hoy es tarde: México no fabrica computadoras, ni realiza investigación importante en este campo, ni desarrolla programas. El tren de la biotecnología está cobrando velocidad: México no debe quedarse atrás, pues luego será más difícil alcanzarlo”.

Y he aquí que se desató la debacle. En cuanto terminó la conferencia, el doctor Adolfo Martínez Palomo, director del cinvestav del ipn y anfitrión del premio Nobel, tomó de inmediato el micrófono y afirmó que “México ya está arriba del tren, pero en clase turista”.

No pude menos que extrañarme. Miré a mi alrededor, observando el gran lujo del aula magna de El Colegio Nacional, y me dije, “ah, claro...”

Dos días después, el 10 de febrero, Kornberg ofreció una segunda conferencia en el Instituto de Biotecnología de la unam, en Cuernavaca. Ocasión que aprovecharon los funcionarios científicos mexicanos para corregir la indiscreción cometida por su distinguido visitante. (A esa conferencia no asistí ¾uno tiene obligaciones¾ pero consulté los reportajes publicados en los periódicos, de donde tomé las citas que siguen.)

Al parecer, según unomásuno, “la comunidad científica mexicana se sintió incómoda y mandó via e-mail mensajes preguntando qué le pasaba a Kornberg… los investigadores comentaban que Kornberg parecía gente del mundo del espectáculo… que gusta declarar sin fundamento”.

¿Por qué seremos así los mexicanos? En vez de agradecer la advertencia, nos da por hacernos los ofendidos. Como el caso de la señora que invitó a un extranjero a comer en su hogar. Al ver una gotera que caía directamente sobre la alfombra de la sala, el invitado, con la mejor de las intenciones, se la señaló y le recomendó repararla, pues de otro modo se dañaría y le saldría más caro cambiarla. Y la señora se indignó de cómo aquel extranjero malagradecido había tenido la desfachatez de criticar su casa, “¡después de que lo invité y le di de comer!”

Pero dejémonos de anécdotas. En Cuernavaca, nos dice unomásuno, “poco habló Kornberg, no fue como el lunes que tenía la mesa puesta”. Por el contrario, el doctor Francisco Bolívar Zapata, coordinador de la investigación científica de la unam y presidente de la Academia Mexicana de Ciencias, afirmó que “México está subido en el tren de la biotecnología, pero no en el mismo de países como Estados Unidos y algunos europeos, porque las necesidades nacionales son diferentes” (La Jornada).

El lado bueno fue que las declaraciones de Kornberg sirvieron para poner sobre la mesa el tema del apoyo a la ciencia, pues se señaló que en México hay sólo 7 mil científicos para 95 millones de habitantes, y de éstos sólo 400 son biotecnólogos. También se comparó la situación con Cuba, que “invirtió mil millones de dólares en 20 años”, en tanto que México sólo 300” (Novedades).

Sin embargo, las observaciones simples y directas del invitado indignaron a los científicos mexicanos e incomodaron a sus anfitriones, preocupados por preservar la buena imagen de la ciencia mexicana. ¿Cómo se va alguien a atrever a decir que México no tiene ciencia? ¡Si estamos a la altura de lo mejor del mundo!

O tal vez no. “Nuestro problema en ciencia no es cuestión de calidad, sino falta de apoyos y de cómo interesar a los jóvenes por la ciencia”, dijo Bolívar (unomásuno). Kornberg parece estar de acuerdo, pues “insistió en la necesidad de fomentar la cultura científica como parte esencial del desarrollo de las naciones”, y “dijo que la mejor inversión que los gobiernos pueden hacer es preparar capita humano” (Crónica). En esto, invitado y anfitriones parecían estar de acuerdo.

Pero hubo contradicciones. Mientras Kornberg declaró que, “debido a que la ciencia es una inversión a largo plazo, debe estar, en su mayoría, a cargo del gobierno” (Excélsior y La Jornada), Bolívar dijo que había que fomentar una “cultura de la industria” (Excélsior), y que “no es sólo ni principalmente el gobierno el que debe hacer esas inversiones, sino las grandes empresas y las organizaciones empresariales” (Novedades). Es curioso que piense así, pues, según Kornberg, en los eua la ciencia “es financiada por el propio gobierno en un 95 a 99 por ciento” (Novedades).

Tal vez el mejor final para esta historia es la nota de unomásuno: “Al doctor Kornberg se le preguntó si una vez que había visitado el Instituto de Biotecnología... había cambiado su opinión sobre la ciencia en México. Él sonrió y dijo: ‘he tenido poco tiempo en el instituto y no puedo tener una opinión formada; estoy impresionado favorablemente por lo que se hace aquí. Lo que esperaría es que hubiera más instituciones como ésta y no sólo una; en Estados Unidos hay cientos de establecimientos científicos y eso permite a los estudiantes entusiasmarse por una carrera científica’.”

Gracias, doctor Kornberg, por tratar de ser amable, pero desgraciadamente en México preferimos pensar que vamos muy bien en vez de aceptar que nuestra ciencia es muy poca y de poca importancia a nivel mundial. ¡Lástima!