25 de noviembre de 1998

La infección darwiniana

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 25 de noviembre de 1998)

Charles Robert Darwin, naturalista inglés nacido en 1809 y muerto en 1882, es uno de los personajes más estudiados en la historia de la ciencia. Su obra cumbre, Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, publicada en 1859, revolucionó la entonces naciente ciencia de la biología. Los mil 250 ejemplares que se imprimieron se agotaron el primer día. La cantidad de biografías, estudios y análisis de su obra suman tal cantidad que se habla de la “industria Darwin”, pues una gran cantidad de investigadores, escritores y editores literalmente viven de la fama de este notable personaje.

A partir de la publicación de su libro, y hasta la mitad del siglo xx, la teoría de Darwin fue cuestionada, atacada, modificada y complementada. Actualmente contamos con una versión mejorada, conocida como “teoría sintética de la evolución”. “Sintética” en el sentido de que es una síntesis, pues incorpora los modernos conocimientos sobre genética molecular y dinámica de poblaciones a la idea darwiniana básica: que aquellos organismos cuyas características les permiten adaptarse mejor al medio sobreviven más y por tanto dejan más descendencia. Esto va modificando poco a poco la composición de las poblaciones y finalmente se manifiesta en la evolución de las especies.

Todavía hay quien cuestiona esta “teoría”. También hay quien cree que la tierra es plana. Pero más interesante es saber que hay quienes, seducidos por el poder y belleza del mecanismo de la selección natural, han buscado la manera de aplicarla en sus respectivas áreas de trabajo.

Un ejemplo es la química darwiniana, también conocida como química combinatoria. Esta área, de reciente desarrollo, permite la fabricación de miles o cientos de miles de variantes de una misma molécula. Esto es especialmente útil cuando se busca mejorar o “afinar” los efectos de un fármaco. En vez de los costosísimos y lentos procedimientos de la química tradicional, la química darwiniana permite realizar reacciones en serie que producen conjuntos ordenados de moléculas que varían sólo en algunos átomos. Una vez obtenidas, se prueba la actividad biológica de cada una, y se detectan las más prometedoras. De este modo, el proceso de desarrollo de nuevos fármacos puede acelerarse y abaratarse en forma impresionante.

Los médicos no podían quedarse atrás de los químicos, y actualmente la medicina darwinista comienza  a ser un área prometedora. Se basa en el estudio de las enfermedades desde un punto de vista evolutivo. Las infecciones, por ejemplo, son vistas como una competencia entre dos especies, cada una de las cuales desarrolla armas y defensas contra la otra. Otras enfermedades son producto de las fallas en el diseño de nuestros cuerpos. Debido al proceso de selección natural, una vez que la evolución ha escogido un camino, es difícil que vuelva atrás, aun cuando sus productos tengan algunos errores que se manifiesten posteriormente.

Otro tipo de afecciones son debidas al cambio que la civilización ha producido en las condiciones que rodean a la especie humana: surgimos en las sabanas africanas, y la dieta actual, alta en grasas y carbohidratos, (y causa de muchas enfermedades) es muy distinta a la que nuestros antepasados mantuvieron durante millones de años. Nuestra especie simplemente no ha tenido tiempo de adaptarse a estas nuevas condiciones. Se espera que la medicina darwiniana produzca nuevos enfoques y conocimientos que ayuden a evitar o remediar muchos de los malestares de nuestra especie.

Finalmente, incluso los filósofos han apreciado la idea de Darwin y actualmente se oye hablar de epistemologías darwinistas, pues parece ser que la ciencia misma, quién fuera a pensarlo, funciona de manera análoga a la evolución de las especies.

Karl Popper, pionero de esta escuela, lo expresó diciendo que la ciencia avanza a base de “conjeturas y refutaciones”. Los científicos postulan explicaciones variadas en forma azarosa, tentativa, experimental, y posteriormente intentan confrontar dichas ideas con la realidad. De este modo, seleccionan sólo las ideas que mejor se adaptan al mundo que se pretende explicar. Como en todo proceso darwinista, el azar, en forma de la inventiva de los científicos, y la necesidad, expresada como el rigor en la confrontación de las teorías con los fenómenos, produce conocimiento que no es caprichoso ni arbitrario, sino que está bien “adaptado” a su medio, es decir, a los cerebros que pretenden hallar sentido en el mundo que los rodea.

Como se ve, la gran idea de Darwin es un virus que continúa seduciendo a una gran cantidad de cerebros.

Puede encontrarse un interesante artículo sobre química combinatoria en Scientific American, abril de 1997, y uno sobre medicina darwiniana en el número de noviembre de 1998. El libro Epistemología evolucionista, de Sergio Martínez y León Olivé (Instituto de Investigaciones Filosóficas, unam, 1997) es un excelente resumen de la aplicación del darwinismo a la filosofía de la ciencia. Ahora que si quiere usted explorar todo el poder y las inmensas perspectivas del pensamiento darwiniano, entonces (y considere esto, querido lector o lectora, como un regalo de navidad) no puedo recomendarle que lea nada mejor que el libro Darwin’s dangerous idea (Simon and Schuster, 1995), del filósofo Daniel C. Dennett. ¡Hasta el año próximo!

11 de noviembre de 1998

Lo que todo funcionario debería saber sobre la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 11 de noviembre de 1998)

Las recientes discusiones en la unam sobre la importancia de la investigación, la supuestas obligaciones de los investigadores para dar clases, la insistencia oficial en la vinculación con la industria, etcétera, me han puesto a reflexionar.

Me he dado cuenta de dos cosas: en primer lugar, he logrado deducir el verdadero significado de la palabra “vinculación”: en realidad quiere decir “vender algo de lo que la unam puede hacer, con el fin de ganar recursos adicionales”. No me parece mal, pero es útil saber de qué estamos hablando.

La segunda cosa que he averiguado es que muchos funcionarios no entienden qué es la ciencia, a pesar de manejar asuntos relacionados con ella, ni comprenden por qué es importante ni cómo funciona. Y precisamente por esta ignorancia, muchas veces no pueden cumplir con sus funciones adecuadamente.

Este segundo hallazgo me hizo sentir como el descubridor del agua tibia, pues al poco tiempo recordé que todo esto ya lo había leído yo hace años, por ejemplo en escritos de Ruy Pérez Tamayo de los años setenta y ochenta.

Así que parece que -como bien lo dice el dicho- la historia se repite, y es necesario explicar nuevamente a los encargados de manejar la administración científica cómo funciona esa cosa llamada ciencia.

Para no repetir lo que ya otros han dicho (y mejor de lo que yo podría hacerlo), me limito a señalar tres puntos importantes en relación con esta actividad:

Punto primero: La ciencia es importante por sí misma. Este concepto, aparentemente tan obvio, no es claro para algunos. Esto se nota, por ejemplo, en la exigencia de que los investigadores, además de investigar, se dediquen a dar clases. (Otra cosa sería si, en vez de una exigencia, se tratara de ofrecer a los investigadores la oportunidad de dar clases.) Independientemente de lo que señalen los contratos, reglamentos y estatutos, detrás de esta exigencia está el prejuicio de que la investigación científica no es una actividad justificable por sí misma: es necesario complementarla con “algo útil”, como dar clases.

Punto segundo: La ciencia no da  frutos a corto plazo (y menos en un país tercermundista). Esto parecen haberlo olvidado los administradores actuales, pues exigen que los investigadores se vinculen con la industria para resolver “problemas reales”. (Aunque estos tienen la ventaja de que se le pueden cobrar a las empresas…)

Punto tercero: La ciencia no es un conocimiento absoluto. Lo importante de saber esto es que se abandona la pretensión de que la ciencia nos dé “soluciones definitivas”: sólo nos puede dar soluciones científicas, que sirven para entender problemas científicos. Y que, con suerte, pueden aplicarse con éxito. Pero no siempre. Lo cual no significa -de ninguna manera- que no sea importante buscar esas soluciones: la ciencia es la mejor manera de hallar soluciones que ha hallado la humanidad.

Ya está. Para terminar, como complemento a este breve recordatorio (si es más cómodo, pueden llamarlo “memorándum”), me permito recomendar algunas lecturas:

Cómo acercarse a la ciencia, de Ruy Pérez Tamayo (Limusa/cnca/Gobierno del Estado de Querétaro, 1989). Fundamental en la biblioteca de todo administrador científico, para tener una primera imagen, breve y clara, pero seria y completa, de lo que es la ciencia, cómo funciona y qué puede esperarse de ella.

El mundo y sus demonios, de Carl Sagan (Planeta, 1997). Útil para profundizar en la importancia que la ciencia tiene para toda sociedad democrática y el desarrollo de los individuos que la forman, y cómo el pensamiento científico resulta útil no sólo en ciencia, sino en la cultura y la vida.

¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, de Alan Chalmers (Siglo xxi, 1984). Para aprender que, a pesar de su éxito y su importancia, la ciencia no es la solución a todos lo problemas habidos y por haber, y no es un conocimiento absoluto y definitivo (pero ojo, tómese este libro con precaución, pues su lectura puede conducir a posiciones extremas que descalifican a la ciencia como un sistema arbitrario de creencias. Sobre todo si el lector no conoce de antemano qué es, cómo funciona y para qué sirve la ciencia).

¿Por qué no tenemos ciencia?, de Marcelino Cereijido (Siglo xxi, 1998). Breve libro que nos narra la triste historia del desarrollo (o más bien, del no desarrollo) de la ciencia en Latinoamérica, producto de la influencia de la concepción del mundo heredada del viejo mundo hispano. Su tesis principal: en México ya hacemos excelente investigación; ahora hay que hacer ciencia.

Ciencia, paciencia y conciencia, de Ruy Pérez Tamayo (Siglo xxi, 1991). Interesantes comentarios críticos sobre la política científica nacional. Para comprobar que, a pesar de todo, las instituciones oficiales todavía no saben cómo administrar la ciencia.

30 de septiembre de 1998

Ciencia, cultura y la hipótesis de Gaia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 30 de septiembre de 1998)

La quincena pasada hablábamos de la posibilidad de la vida en Marte y las dificultades para distinguir la existencia de vida microscópica en otros mundos, sobre todo si no podemos ir a explorarlos en persona. La necesidad de distinguir lo vivo de lo no vivo nos enfrenta a tener que definir con más precisión qué es la vida. El intento que hizo Jacques Monod en su libro El azar y la necesidad, comentado aquí brevemente, no resultó totalmente satisfactorio, pues se centraba en un aspecto abstracto como la “teleonomía”: propiedad que tienen los sistemas vivos de estar -aparentemente- diseñados con un propósito.

Pero hay una forma más sencilla de distinguir si un planeta es un candidato a albergar vida, basándonos únicamente en las leyes de la física y la química, sin tener que buscar propiedades filosóficas.

El científico que propuso este enfoque cuestión es James Lovelock, un rebelde químico inglés que trabaja como “inventor independiente”. Pero, desgraciadamente, su interacción con el mundo de las humanidades estuvo a punto de causar que sus ideas fueran relegadas y olvidadas por los científicos “serios”.

Su primer éxito fue un invento llamado “detector de captura de electrones”, aditamento que refinaba la técnica de análisis químico conocida como cromatografía de gases. Permitía la detección de cantidades infinitesimales de sustancias, por ejemplo ddt y otros contaminantes.

Con el dinero que ganó con este invento, pudo montar un laboratorio privado, al estilo de los inventores de siglos anteriores. Cuando la nasa comenzó a planear el envío de sondas para explorar Marte, en los sesenta, Lovelock fue invitado a participar en la planeación de los experimentos para detectar si había vida ahí.

Vida y equilibrios químicos

La gran idea que Lovelock tuvo fue que, en vez de buscar directamente seres vivos (los cuales, como hemos visto, son difíciles de distinguir), sería más sencillo detectar los cambios que ocasionan en su ambiente. En particular, Lovelock propuso analizar los cambios que típicamente efectúan en la atmósfera.

En efecto, los organismos han alterado la composición de la atmósfera de nuestro planeta, alterando el equilibrio químico que tendería a establecerse si no hubiera vida. Todo el oxígeno que respiramos, por ejemplo, estaría combinado con otros elementos formando óxidos si no fuera por la actividad de los seres vivos que realizan fotosíntesis y liberan este gas (plantas y bacterias fotosintéticas). Es decir, la presencia de oxígeno libre, gas reactivo que normalmente tendería a combinarse para formar compuestos más estables, resulta un indicio confiable de la presencia de vida en un planeta.

Desde luego, los seres vivos ejercen muchas otras influencias en la atmósfera, no sólo químicas, sino incluso climáticas. Se ha postulado que, incluso, la temperatura del planeta puede ser “controlada” hasta cierto punto por los organismos que lo habitan. Un ejemplo sencillo es que si, por ejemplo, una extensión desértica fuera cubierta de árboles, la cantidad de luz solar que refleja disminuiría, con lo que habría un aumento de temperatura.

Lovelock extendió los alcances de su hipótesis hasta proponer que gran parte de la regulación del clima y los equilibrios atmosféricos y en general, de la biósfera de la tierra, son consecuencia de la acción de seres vivos.

Los peligros de la literatura

Pero ocurre que antes de dar a conocer sus ideas, Lovelock quiso dar a su hipótesis un nombre atractivo. Por sugerencia de su vecino, el escritor William Golding (autor de El señor de las moscas y ganador del premio Nobel de literatura), decidió llamarla “hipótesis Gaia” (por el nombre de la diosa griega de la tierra, aunque en español se conoce más correctamente como Gea).

Lo triste es que, debido a las fuertes resonancias literarias y religiosas de este nombre, junto con las implicaciones de la teoría misma, la hipótesis de Gaia fue tergiversada por diversas sectas y grupos seudocientíficos y religiosos y convertida en uno más de los elementos de la filosofía “new age”, tan de moda en estos últimos años del milenio.

Esto ha hecho que muchos científicos se resistan simplemente a considerar la hipótesis y tomarla en cuenta como ciencia seria: su reputación como una idea milenarista y esotérica ha dificultado que esta interesante teoría sea estudiada más a fondo.

¿Cuál es la moraleja? Tal vez que, al relacionar la ciencia y el resto de la cultura, hay que tener en cuenta el poder de ésta última para, incluso, empañar el poder del pensamiento científico.

Mientras tanto, las ideas de Lovelock seguirán guiando la búsqueda de vida en otros planetas. Estemos pendientes.

17 de septiembre de 1998

Cómo buscar extraterrestres

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en septiembre de 1998)


En la entrega pasada hablábamos de la discusión sobre las supuestas pruebas de vida microscópica marciana presentes en la roca alh84001, proveniente del planeta rojo. La balanza, comentábamos, se inclina a favor de la posición parsimoniosa de esperar a tener pruebas más concluyentes antes de decretar que hay (o hubo) vida en otro planeta.

Aunque a todos nos puede decepcionar un poco esta actitud, es la más congruente con la actitud científica. (Digo “actitud científica” y no “método científico” porque éste último es una abstracción inexistente: la receta de cocina de “observación, hipótesis, experimentación, comprobación, teoría, ley...” no sólo es tonta sino falsa. Ningún científico trabaja así. Pero eso es tema para otra ocasión.)

En general, cuando los científicos no pueden recurrir a pruebas o experimentos, suelen sujetarse al dictado de un antiguo filósofo y monje franciscano inglés, que vivió de alrededor de 1285 a 1350: Guillermo de Occam, el famoso maestro del protagonista de la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa. El principio filosófico por el que más se le recuerda, la llamada “navaja de Occam” o ley de parsimonia, aconseja que, en igualdad de circunstancias, debe elegirse la explicación más sencilla para un fenómeno, o como lo expresó el mismo Occam, “no se deben multiplicar innecesariamente los entes (explicaciones)”.

Puede parecer poca cosa, pero la vieja navaja de Occam no parece perder su filo con el tiempo. Es ella la que muchas veces nos permite rasurar las molestas pelusas de la pseudociencia y las hipótesis inútiles ahí donde los razonamientos y las “pruebas” se estrellan con la imposibilidad de comparar concepciones distintas de la realidad (la famosa “inconmensurabilidad de los paradigmas” de la que hablaba el filósofo Thomas Kuhn).

Volviendo, pues, a los microbios marcianos, hasta el momento resulta más sencillo suponer que los minerales de carbonato, las partículas de magnetita y los hidrocarburos policíclicos presentes en la piedra marciana, al igual que las estructuras microscópicas en forma de bacteria, fueron producidas por procesos geológicos y químicos, y no por supuestos seres vivos.

¿Qué nos hace pensar que esta explicación sea “más sencilla” que la de simplemente aceptar que pudo haber bacterias vivas en Marte hace 4,500 millones de años? Varias razones: en primer lugar, no tenemos otras pruebas que indiquen la presencia de vida en ese planeta. En segundo, aunque existen bacterias terrestres que podrían sobrevivir y quizá hasta proliferar en un ambiente como el marciano, esto no quiere decir que haya habido ahí condiciones propicias para la aparición de la vida.

Esta es una falacia a la que parecen ser propensos últimamente los astrónomos: encuentran un ambiente en el que tal vez haya agua líquida (como en Europa, el satélite de Júpiter) o algunas otras condiciones en las que algunas bacterias terrestres podrían sobrevivir, y declaran el lugar como “candidato para albergar vida”.

Yo tiendo a pensar que, aunque los astrónomos sí saben que la vida no surge así como así en cualquier lado (aunque hay quien sostiene que el cosmos está lleno de meteoritos que “siembran” vida por todos lados), suelen incorporar especulaciones como ésta a sus proyectos de investigación por la sencilla razón de que, como el tema está de moda, así recibirán más apoyo. Hoy en día, cualquier investigación astronómica que huela a vida resulta atractiva.

¿Habrá alguna forma de distinguir, en forma rápida y sencilla, la presencia de vida en otros mundos? El biólogo molecular francés Jacques Monod se hizo la misma pregunta en los años sesenta. Concluyó que es casi imposible distinguir la vida por muchas de las características que comúnmente asociamos con ella: existen entidades no vivas que se “reproducen” y crecen (como los cristales, o los robots); otras que realizan un “metabolismo” para obtener energía para realizar sus funciones (como las máquinas), otras que presentan respuestas a los estímulos de su ambiente... en fin, luego de considerar varias posibilidades Monod llegó a la conclusión de que la única característica realmente única de la vida era lo que él llamó “teleonomía”: la cualidad de estar aparentemente diseñadas para un propósito en especial. Así, un ojo parece estar “diseñado” para ver; una mitocondria, para oxidar moléculas de alimento y aprovechar la energía liberada, etcétera.

La solución de Monod, sin embargo, no resulta totalmente satisfactoria, y ciertamente sería difícil utilizarla para detectar vida en otros planetas. En la próxima ocasión hablaremos de otra propuesta más prometedora para distinguir un planeta habitado de otro desierto.

2 de septiembre de 1998

¿Y qué pasó con los microbios marcianos?

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 2 de septiembre de 1998)


Una de las desventajas de la ciencia es que, en muchas ocasiones, no puede asegurar nada con un cien por ciento de certeza.

Tomemos, por ejemplo, esos frecuentes debates televisivos en los que algún locutor o locutora, frecuentemente con acento cubano, siente de un lado a una serie de científicos “serios”: astrónomos, biólogos y demás. Del lado opuesto se hallan “expertos” en ovnis, extraterrestres y complots de los gobiernos por ocultar la evidencia de los mismos.

¿Qué es lo que normalmente sucede? Que los científicos hacen el ridículo, con sus afirmaciones llenas de expresiones como “tal vez”, “probablemente”, “no se sabe aún”, “no es posible asegurarlo”, “hasta donde sabemos”, etcétera.

En cambio, los “ovniólogos” (y aquí no puedo dejar de visualizar, no sin cierto estremecimiento, los ojos húmedos y enrojecidos de Jaime Mausán) cuentan con el aplomo que sólo puede tener quien ha construido alrededor de su intelecto una coraza tan gruesa que ni la duda ni las razones en contra pueden penetrar. Afirman tajantemente que las constantes visitas de extraterrestres a nuestro planeta están “científicamente comprobadas”. Cualquier evidencia en contra es rechazada con argumentos ad hoc: sacados de la manga especialmente para el caso. En caso de que no haya suficiente información para comprobar alguna de sus afirmaciones, alegan que las pruebas han sido ocultadas por gobiernos que no desean que el público se entere de los tratos que tienen con los extraterrestres. (No, no estoy haciendo propaganda para la película “Los expedientes X”, que no he visto.)

El problema, claro, es que los científicos se empeñan en respetar la verdad: aun cuando la fiabilidad de un dato sea aceptada por prácticamente toda la comunidad científica, rara vez pueden afirmar que “está absolutamente comprobado”.

Bien, pues recientemente han salido a la luz los resultados de un largo debate en el que los creyentes en la existencia de extraterrestres tuvieron que defender su posición ante los cuestionamientos de científicos escépticos. Sólo que esta vez los miembros de ambos bandos eran científicos serios, y los extraterrestres cuya existencia se ponía en duda eran -supuestamente- antiguas bacterias marcianas.

El origen del debate -como recordarán quienes estén pendientes de las noticias científicas- fue una roca hallada en la Antártida, con una antigüedad de 4,500 millones de años. Dicha roca, aparentemente, fue despedida desde la superficie de Marte debido al choque de un meteorito, y vino a caer en nuestro planeta hace 13 mil años. La roca fue hallada en 1984 y, recientemente, se hallaron en ella vestigios que parecían indicar la presencia -hace miles de años- de vida microscópica en el planeta rojo.

¿Cuáles son las evidencias? Básicamente, la presencia de minerales de carbonato, del tipo que es común hallar en sitios donde hay o hubo vida; unos microscópicos granos de magnetita, mineral que se encuentra en algunas bacterias terrestres; ciertas moléculas orgánicas -conocidas como hidrocarburos aromáticos policíclicos- que frecuentemente se forman a partir de restos de materia viva y, finalmente, unos supuestos microfósiles de bacterias: estructuras microscópicas con forma de twinky wonder que son notablemente semejantes a las modernas bacterias terrestres.

Desgraciadamente, ninguna de estas evidencias es definitiva. A pesar de lo que decía el detective Auguste Dupin, antecesor de Sherlock Holmes creado por Edgar Allan Poe, no siempre la acumulación de suficiente evidencia circunstancial basta para comprobar la veracidad de una hipótesis. Resulta que el carbonato se deposita no sólo en donde haya vida, sino en cualquier lugar que presente, por ejemplo, las condiciones de acidez suficientes para provocar la precipitación. Lo mismo puede decirse de las demás evidencias: la magnetita tampoco se forma sólo como resultado de la acción de seres vivos, y los cristales hallados en la roca marciana -conocida como alh84001-, a diferencia de los que contienen las bacterias terrestres, presentan imperfecciones. Los hidrocarburos policíclicos también pueden hallarse en meteoritos y, por tanto, pueden formarse por procesos inorgánicos. Y los supuestos microfósiles, además de ser mucho más pequeños que las bacterias terrestres, pueden también muy bien ser simples depósitos minerales.

Independientemente de esto, las búsqueda de vida en Marte -y en otros mundos- continúa, y ha recibido impulso gracias al prematuro anuncio de las “pruebas de vida en Marte”, hecho por el geoquímico David S. McKay. Aunque muchos han criticado la prisa con que McKay dio a conocer sus “hallazgos”, comparándolo incluso con el chasco-fraude científico de la fusión fría, lo cierto es que la posibilidad de vida, aunque fuera microscópica y extinta, en el vecino planeta dio un impulso muy necesario al interés de la nasa en la exploración espacial.

Sin embargo, también hay un lado negativo: muchos investigadores de la vida extraterrestre han comenzado a hacer suposiciones poco sólidas sobre la gran posibilidad de hallar vida en otros mundos sólo porque hay condiciones similares a algunos medios terrestres en los que existen seres vivos. Continuaremos hablando de este tema.

20 de agosto de 1998

Aborto

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en agosto de 1998)


La discusión de moda últimamente es, sin duda, y quizá por encima de la del fobaproa, lo de Chiapas y la designación del nuevo embajador gringo, la que se ha dado sobre el aborto. La única diferencia -y la razón por la que elegí hablar hoy de ese tema- es que sobre el aborto, a diferencia de las otras cuestiones, la ciencia tiene algo que decir.

Hagamos un breve recuento de la situación. Todo el problema comenzó cuando algún tipo de célula, que durante millones de años se había venido reproduciendo por bipartición, decidió cambiar de método y colaborar con otra de la misma especie para, mezclando sus genes, lograr una mayor diversidad genética. El resultado fue no sólo una mayor versatilidad en las respuestas que sus descendientes pudieron ofrecer a los retos del ambiente (lo que el filósofo Karl Popper llamaba los “problemas” que el ambiente plantea a los seres vivos), sino que la evolución del nuevo organismo “sexual” podía ser más rápida.

Así es: el sexo, lejos de ser una fuente de pecado diseñada especialmente para hacer sufrir a las almas débiles y poner a prueba a los aspirantes a santidad, es la forma que tiene la naturaleza para acelerar la evolución de los seres vivos (si insiste usted en ser antropocentrista, ponga aquí “la madre naturaleza”). Incluso quienes pensábamos que el objetivo del sexo era producir placer nos vemos forzados a aceptar que todas esas sensaciones maravillosas no son sino accesorios de lujo con los que la naturaleza nos manipula -como corresponde a toda madre que se respete- por nuestro propio bien. En este caso, para garantizar que nuestros egoístas genes sobrevivan y sigan transmitiéndose de generación en generación.

A partir de la aparición del sexo, los órganos, instintos y demás infraestructura biológica necesaria para garantizar la reproducción de los individuos continuaron evolucionando. En algún momento a lo largo de nuestra rama del frondoso árbol evolutivo, aparecieron comportamientos y formas de relación asociados al sexo. De ahí a la aparición del amor y el deseo, así como de tabúes, mitos y prohibiciones no hay un gran trecho. Queda el misterio de cómo algo que originalmente servía para garantizar la supervivencia de las especies puede llegar a convertirse en una gran fuente de angustia, represiones e infelicidad para tantas personas (en parte gracias al catolicismo, religión para la que, por algún motivo, todo lo relacionado con el sexo es aborrecible).

Bueno: una vez existiendo el sexo y el ser humano, algunas veces ocurre que una mujer queda embarazada sin desearlo. ¿Qué hacer? Tal vez es demasiado joven y tiene planes que se frustrarían si tiene al bebé; tal vez el padre ha desaparecido, dejándola sola con “su” problema. Tal vez no tiene dinero, y sabe que si nace, su hijo sufrirá hambre y tal vez muera. Tal vez fue violada y el odio que siente hacia su agresor le impide relacionarse con el nuevo ser que se desarrolla en su interior. En todos estos casos, el aborto es una alternativa que nuestra mujer considerará, independientemente de lo que le hayan enseñado y de lo que opine la moral cristiana.

¿Cuáles son las razones para oponerse a que esta mujer aborte? En dos excelentes artículos publicados en la revista Ciencias, en un número dedicado al aborto (no. 27, julio de 1992) el embriólogo Horacio Merchant, del Instituto de Investigaciones Biomédicas, hace algunas afirmaciones al respecto. En primer lugar, la posición antiabortista considera que la vida del “nuevo ser” comienza a partir de la fecundación, es decir, cuando el espermatozoide se une al óvulo para formar el cigoto.

La elección de esta etapa, sin embargo, es bastante arbitraria: embriológicamente no puede considerarse que un óvulo fecundado sea un ser humano. En todo caso, habría que esperar a la aparición de algunas de las características que lo definen como tal -particularmente la maduración del sistema nervioso central- antes de otorgarle derechos. (Recordemos que muchas veces, en los debates sobre el aborto, se considera que los derechos del embrión o feto, “inocente y libre de pecado”, son incluso más importantes que los de la madre, a quien se considera, de forma implícita, “culpable” de su estado. Una de las características de la intolerancia, a diferencia del pensamiento democrático, es que tiende a culpar a los individuos de las desgracias que les suceden.)

¿Cuándo un ser comienza a ser humano? ¿En el momento en que comienza a vivir? Tanto el espermatozoide como el óvulo están vivos desde antes de la fecundación, y pueden potencialmente dar origen a un ser humano. De hecho, en ciertas condiciones el óvulo puede por sí mismo dar origen a un ser completo sin ayuda del espermatozoide, fenómeno conocido como partenogénesis. En palabras de Merchant, “cabe preguntarse que, si el óvulo posee individualidad y toda la capacidad para desarrollarse como un nuevo individuo, ¿a partir de qué etapa es válido impedir que se desarrolle?”. Tomando en cuenta esto, no sólo toda forma de anticoncepción, sino la menstruación misma -un proceso totalmente natural- podría considerarse “inmoral”, al matar una célula que potencialmente podría convertirse en un ser humano. Resulta, digamos, difícil defender esta posición.

¿Podríamos entonces considerar que el nuevo individuo comienza a existir cuando adquiere conciencia? Esto sucede en una etapa bastante avanzada del embarazo, si no es que después del nacimiento. Nadie aceptaría un aborto en etapas tan avanzadas (además de que es peligroso).

¿Podría tomarse como parteaguas el momento en que madura el sistema nervioso ¾sitio donde se asentará la conciencia? Esto sucede aproximadamente a las diez u once semanas de la gestación, cuando se forman las sinapsis -uniones- entre las células nerviosas del embrión (pues antes de ello no puede hablarse realmente de sistema nervioso). Pero, otra vez, el embarazo está ya avanzado.

Como se ve, el problema es complejo. Lo que parece quedar claro es que tomar el momento de la fecundación como el inicio de la vida de un nuevo individuo no se justifica.

Nótese que hasta aquí no ha habido necesidad de hablar del “alma”, el “espíritu” ni nada que se le parezca. Esto es porque la ciencia no necesita de esos conceptos. Por feo que suene, la ciencia es una disciplina materialista. Esto quiere decir que sólo se ocupa del universo físico, aquel al que podemos tener acceso por medio de los sentidos. Presuponer, como lo hace la moral católica, que un cigoto fecundado debe gozar de la dignidad de ser humano, al menos en potencia, es una posición difícil de sostener. En particular porque se apoya en la suposición (creencia) en la existencia de un alma que habita el “cuerpo” (difícilmente puede llamársele así a un óvulo fecundado, pero en fin…) a partir del momento de la fecundación. ¿Qué pasa con los que no somos católicos y no creemos en dios ni en la existencia de un alma? ¿Debe la ley (y la vida de las mujeres que se ven orilladas a abortar) depender de una creencia religiosa?

A partir de la valiente propuesta del secretario de salud, Juan Ramón de la Fuente, y de la reacción en contra promovida por la derecha católica, en especial por el grupo provida (¿prosida?), varios académicos e intelectuales, junto con el Grupo de Información en Reproducción Elegida (gire) se han dado a la tarea de promover y apoyar el debate sobre la legalización del aborto. En mi opinión, es una discusión necesaria y urgente. Aunque es difícil que el voto de la mayoría de la población apoye el cambio, se habrá al menos iniciado la discusión y la concientización, con lo que en unos años, si la labor continúa, podrá contarse con suficiente a poyo para modificar la ley. Lo invito a usted, amable lector, lectora, a participar informándose y formando su propia opinión.

(Por cierto, hablando de la revista Ciencias -excelente publicación trimestral de la facultad del mismo nombre-, le recomiendo ampliamente el número de julio de 1992, mencionado anteriormente. En él hallará, además de los artículos sobre el aborto, otro excelente dedicado a la divulgación de la ciencia y una traducción de la “modesta propuesta” de Jonathan Swift, en la que me inspiré para mi colaboración del número pasado de humanidades.)

5 de agosto de 1998

Dos modestas propuestas

(con un saludo para Jonathan Swift)

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 5 de agosto de 1998)
(reimpreso en
La jornada, 21 de septiembre de 1998)

Últimamente mis artículos en Humanidades han estado llenos de quejas, lo cual no me tiene muy satisfecho, pues mi propósito inicial con estas colaboraciones era hablar de relaciones placenteras entre los mundos de la ciencia y las humanidades. Pero eso se acabó. Hace unos días tuve la fortuna de leer una nota en el periódico (Crónica, 16/junio/98) donde se presentan las opiniones de Sergio Reyes Luján, coordinador de vinculación de nuestra universidad, y eso hizo que se me abrieran los ojos y por fin viera la luz.

El funcionario indica que “los institutos de investigación de la unam no pueden seguir justificando el presupuesto asignado a esta área ‘con un simple número de cifras de publicaciones internacionales’ ” (y yo, tonto de mí, que creía en la importancia de la evaluación por pares como criterio de validez científica). En vez de eso, y debido a que “actualmente se vive una brutal competencia como consecuencia de la globalización[...] la unam debe abrir sus laboratorios para que el ingeniero y el investigador de la empresa hagan lo que se necesita para que sean aún más competitivos” (sic).

¡Y yo que pensaba que lo que había que hacer con los institutos y laboratorios era seguir produciendo conocimiento científico! Pero ahora, con la transferencia de los dos buques oceanográficos del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología a la Coordinación de Vinculación, y el anuncio de que se buscará rentar el estadio universitario para conciertos y se planea cerrar el resto de las tiendas unam, me queda claro hacia dónde debemos movernos.

En vista de esto, y porque siento que mi nueva iluminación me permite ver con claridad lo que otros tal vez todavía no han podido percibir, quiero hacer dos propuestas para permitir que la unam, y en especial sus institutos de investigación, cumplan mejor con los nuevos objetivos que la globalización nos impone.

Paso, pues, a enunciar mis dos propuestas para la unam del año 2000:

1) En primer lugar -y ya que en la cámara de diputados se están dando pasos en este sentido- propongo que se modifique la ley orgánica de la universidad para añadir una nueva función sustantiva, la cual será definida como primordial y a la cual estarán sujetas las otras tres (que como se recordará son la enseñanza, la investigación y la difusión de la cultura). Esta función es la obtención de un margen de ganancias comparable con el de cualquier otra empresa del ramo (léase universidades privadas, aunque tal vez podría aspirarse a tener las ganancias de una cadena de supermercados).

2) Como segundo paso en la eficientización de nuestra alma mater, y para mejor vincularnos con la sociedad a la que servimos, sería deseable eliminar gastos inútiles. Y nada más adecuado aquí que cerrar una serie de los llamados “institutos de investigación” que únicamente funcionan como torres de marfil que no cumplen función alguna de producción de bienes o servicios que beneficien a la sociedad (y que, desde luego, puedan cobrársele adecuadamente).

Entre los institutos que pienso que podrían cerrarse sin mayor trámite ni averiguación están (me limitaré a los del área científica, que es la que conozco mejor, pero invito a los lectores a proponer una lista similar para el área de humanidades): el de Matemáticas (a nadie le gustan y no parecen ser productivas en términos económicos), Astronomía (¡basta ya de estar mirando a las estrellas cuando tenemos tantos problemas aquí abajo!), Fisiología Celular (si en todo este tiempo no han podido hallar una cura contra el cáncer, el sida o el envejecimiento, seguramente no lo harán nunca, y ultimadamente, ¿por qué seguir criando bacterias, levaduras o ratas?), Biomédicas (al fin y al cabo ya explotó, y costaría más caro reconstruirlo que simplemente cerrarlo), Biología (creo que sólo tienen colecciones de plantas y de conchas) y Física (¿alguien sabe para qué sirve? Desde luego, no van a descubrir una nueva teoría de la relatividad).

Entre los institutos que podrían salvarse están el de Ingeniería, el de Química y el de Biotecnología, que pueden realizar investigaciones patrocinadas por grandes empresas como ica o por laboratorios farmacéuticos. En la rayita se quedarían algunos como Matemáticas Aplicadas, Materiales o Ecología, pues no está claro si sus servicios puedan venderse.

Pero, desde luego, no estoy proponiendo que los institutos económicamente improductivos se cierren y ya: con un poco de ingenio se pueden hallar nuevos usos para sus instalaciones. Las bibliotecas podrían conservarse para ser usadas ¾mediante módicas cuotas¾ por los estudiantes (la de Fisiología Celular es mi favorita). En Astronomía tienen telescopios que pueden rentarse a grupos de muchachos (o a parejas enamoradas) para ver la luna y las estrellas. El Instituto de Física tiene un acelerador de partículas que podría ser el atractivo central de una gran discoteca (propongo un nombre como “Technobar Rayos Cósmicos”). Y muchos otros institutos tienen salas de conferencias que podrían adaptarse para fiestas de quince años y banquetes de bodas.

Tal vez haya quien esté en desacuerdo con mis ideas, pero me permito recordarles que estamos en tiempos de vacas flacas, y que cuando el hambre apremia, hay que abandonar lo importante y concentrarse en lo urgente. En otras palabras, si lo que está en juego es nuestro alimento de cada día, conceptos obsoletos como la dignidad y los ideales salen sobrando (y ni hablar del amor al conocimiento o la cultura). Sólo pido que, si mis ideas son aprovechadas, se me dé el crédito correspondiente y una compensación en efectivo.