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2 de mayo de 1997

Di sí ala ciencia ficción

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
2 de mayo de 1997


En mi anterior colaboración, hablando de ciencia ficción, usé algunas expresiones como “productos comerciales de segunda” y “ciencia ficción barata” al referirme a La guerra de las galaxias y Viaje a las estrellas. Como no quisiera quedar como alguien que no aprecia la ciencia ficción (por el contrario, soy aficionado), he decido comentar aquí algunas de mis opiniones respecto a este género.

En primer lugar, hay que pensar qué tan conveniente resulta el nombre mismo: algunos afirman que “ciencia ficción” es una mala traducción del inglés science fiction, y que deberíamos referirnos al género como “ficción científica”. Otros consideran mejores términos como “relatos de anticipación” o hasta engendros como “fantaciencia”. Yo me inclino por aceptar los hechos consumados, así que usaré “ciencia ficción”.

Como segundo punto habría que definir el género, lo cual a primera vista parece fácil. Aparte de los dos ejemplos ya mencionados, tenemos novelas como 2001: Odisea espacial, de Arthur C. Clarke; la trilogía de Fundación, de Isaac Asimov; la serie de Dune, de Frank Herbert, y las novelas de Larry Niven, Orson Scott Card y muchos, muchos otros ejemplos (no habría aquí espacio para mencionarlos, además de que -la aclaración sobra- no soy un experto en el campo). Todos estos son reconocidos amplia y claramente como productos de ciencia ficción. Pero hay otros casos en que la distinción no es tan clara, como cuando hablamos de programas de TV como Mi marciano favorito, Perdidos en el espacio o Mork y Mindy, o de novelas en que las referencias a aspectos científicos y tecnológicos se mezclan con lo sobrenatural o lo francamente fantástico -como, hadas, duendes y dioses. Las obras de H. G. Wells se consideran generalmente ejemplos clásicos de ciencia ficción, pero no así las de Julio Verne (tendría que escribir “Jules Verne” pero yo siempre lo conocí como Julio). ¿Es Frankenstein una novela de ciencia ficción, o de terror? Supongo que depende del interés del lector.

Quizá lo que habría que hacer es definir las reglas para hacer ciencia ficción. Esto nos lleva al problema central del que quiero hablar: la distinción entre “buena” y “mala” ciencia ficción. Pero permítame el lector no usar términos tan (para no desperdiciar la cacofonía) terminantes. Hablemos mejor de ciencia ficción “rigurosa” (lo que los gringos llamarían hard) y ciencia ficción “laxa” o “comercial” (soft). El gran maestro Asimov (no le digo así por veneración personal -aunque ganas no me faltarían-, ni tampoco fue masón; se trata de un título que la comunidad de ciencia ficción de los EUA confiere a los más grandes exponentes del género) describía más o menos así las reglas del juego. Para hacer ciencia ficción rigurosa:

1) Se toma una situación “real” y se plantea un aspecto científico, sólo uno, en que el mundo del relato difiera del nuestro. ¿Ejemplos? Una Inglaterra de principios de siglo en la que un hombre construye una máquina para viajar al pasado o al futuro; una colonia de humanos en la Luna, dentro de algunos años o siglos; un hombre que logra volverse invisible; una Tierra en la que toda la población vive en cuevas subterráneas, lejos de luz del Sol; una sociedad que cuenta con robots cada vez más perfectos; un mundo en el que el agua es un recurso más raro que el oro.

2) A continuación, se extrapola, en forma realista, para explorar las consecuencias que tendría sobre la situación ese aspecto distinto. Pero el chiste es no “sacar conejos del sombrero”: aparte de ese “algo” sorprendente que plantea el escritor, todo lo demás debe resultar “normal” y creíble. Aquí es donde productos como La guerra de las galaxias quedan fuera del juego de lo riguroso y se vuelven comerciales: en ellos, siempre puede aparecer otro aspecto inesperado, muchas veces en el momento preciso para salvar al héroe. Es un poco como escribir una novela de detectives en la que, en el momento en que lo necesitara, el escritor hiciera aparecer un recurso o personaje nuevo para resolver el misterio (recordemos el famoso baticinturón de Batman).

Uno de los aspectos que más se le ha criticado a La guerra..., por ejemplo, es el uso de “la fuerza”, ese poder místico que proporciona habilidades sobrenaturales a los caballeros Jedi. ¿No se trataba de una película de ciencia ficción? ¿Por qué meter entonces esa fuerza misteriosa? Lo cual no le quita nada de lo divertido o entretenido que pueda resultar la película, por supuesto... sólo que no es ciencia ficción; no rigurosa, al menos. No de la que los expertos consideran verdadera ciencia ficción.

Asimov, y muchos de sus colegas, opinan también que la ciencia ficción fomenta que la población conozca y entienda los conceptos y avances científicos y tecnológicos, es decir, que en cierto modo se trata de un medio de divulgación de la ciencia. Una razón más para apoyarla.

¿Cuál es el panorama en México? Existe una sociedad de aficionados a la ciencia ficción (de hecho, he oído que van a tener un congreso a principios de mayo en el D. F.); también hay al menos una revista que puede conseguirse en tiendas como Sanborns: la revista Asimov, que en parte traduce material de la edición original en inglés y en parte presenta el trabajo de autores mexicanos del género. Y no olvidemos los dos o tres premios para cuentos de ciencia ficción que existen en el país. Es más, hay hasta algunos intentos de hacer ciencia ficción en el cine, como La invención de Cronos. Lo siento: las viejas películas del Santo, con sus marcianos pintados de plateado, no cuentan...

7 de marzo de 2001

2001: Odisea de ciencia ficción

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 7 de marzo de 2001)

Hace unos días fui a ver una película titulada Planeta rojo. Desgraciadamente, caí en el engaño de pensar que se trataba de una cinta de ciencia ficción, y sufrí una gran desilusión, pues el argumento, lleno de errores, huecos y trampas, puede ser calificado como cualquier cosa menos ficción científica. (La mercadotecnia que acompañó el estreno de la cinta, en cambio, fue un ejemplo de campaña bien orquestada para crear expectativa y conseguir una afluencia masiva de incautos espectadores).

Lo triste es comprobar que el público, tan malacostumbrado a aguantar sin queja cualquier atentado que los estudios hollywoodenses, las distribuidoras de cine o las cadenas de salas cinematográficas quieran ejercer en su contra, muestra también una ausencia de criterio tal que resulta incapaz de diferenciar una buena película perteneciente a este género de un bodrio del tipo de aquellas viejas películas japonesas con monstruos de plástico que luchaban contra hombres vestidos con trajes de licra. (Por cierto, me quedé con ganas de ver otro estreno reciente que recupera esta línea: Godzila 2000 contra el calamar extraterrestre. Sobra decir que si deseaba verla era por puro morbo.)

De cualquier modo, convendría distinguir la buena ciencia ficción de la mala. Ya hace tres años hablé en este espacio un poco del tema, por lo que sólo mencionaré algunas características que el producto genuino debe reunir.

En primer lugar, debe ser una obra de ficción que contenga elementos científicos, y que éstos que resulten centrales para la trama. Isaac Asimov solía plantear un escenario en el que todos los elementos eran congruentes con la ciencia conocida hasta el momento, añadiendo un solo elemento ficticio, para a partir de ahí construir un relato apasionante que siempre resultaba verosímil y coherente con el resto del conocimiento científico. Muchos autores de ciencia ficción proceden de modo similar, tratando de proyectar en su mente y en sus relatos, en congruencia con la ciencia conocida, un escenario futuro.

Es por esto que muchas veces se ha calificado a la ciencia ficción como “literatura de anticipación”, pues los mundos que plantea suelen ser posibles en el futuro real... aunque pocas veces lleguen a serlo en sus detalles. Son escasos los ejemplos como Julio Verne, quien en sus novelas predijo adelantos tecnológicos como el submarino, los viajes a la luna por medio de cohetes (aunque se trataba más bien de gigantescas balas disparadas por un monumental cañón tipo columbiad) y otros más.

Un caso que suele causar leve confusión es el gran maestro de la ciencia ficción Arthur C. Clarke -reconocido por la película y novela clásicas del género: 2001: Odisea espacial–, quien en 1945 propuso la posibilidad de colocar satélites en órbitas geoestacionarias, es decir, girando a la misma velocidad que la tierra. De este modo, los satélites parecerían estar inmóviles respecto al suelo debajo de ellos. Hoy la comunicación telefónica y por radio con todas partes del mundo es una parte indispensable de la vida moderna. Muchos consideran que éste es un ejemplo de predicciones de la ciencia ficción que pueden convertirse en realidad. El problema es que Clarke no planteó este desarrollo tecnológico en un escrito de ciencia ficción, sino en un artículo serio publicado en una revista técnica.

Un segundo elemento que requiere la buena (la verdadera) ciencia ficción es un respeto por el conocimiento científico. En otras palabras, excepto por el elemento fantástico que constituye el meollo de la historia, el argumento de ciencia ficción debe ser coherente con el conocimiento científico del momento. Esto explica por qué la ciencia ficción seria (buena) no tiene comparación con las historias fáciles tipo Guerra de las Galaxias o Planeta rojo, en las que se inventan en todo momento recursos como naves que viajan más rápido que la luz sin explicar cómo logran esta hazaña (hasta hoy considerada imposible según la teoría de la relatividad einsteniana), o peor, “fuerzas” sobrenaturales que confieren a los poseedores habilidades telepáticas, etcétera.

Pero basta de caracterizar a la ciencia ficción. Hablemos de su valor. Independientemente del valor literario, que muchas veces ha sido puesto en duda –yo aceptaría que puede tratarse de un género menor, pero uno que ha dado varias verdaderas obras maestras–, la ciencia ficción es un interesante puente que une el campo de lo científico con lo artístico. Es ciencia y es literatura.

Octavio Paz, humanista prototípico –aunque también humano, con todo lo que esto implica–, se interesaba por la ciencia, y trataba de leer algunos libros científicos para mantenerse informado de lo que pasaba en esa “otra” cultura que resulta cada vez más importante para comprender al mundo. En su libro La llama doble, dedicado a explorar los temas gemelos del erotismo y el amor, menciona dos anticipaciones del futuro humano. Una era 1984, de George Orwell, que planeaba una sociedad totalitaria y completamente controlada por medio de tecnología y métodos represivos que incluían la alteración del lenguaje y la realidad histórica con el fin de mantener el control absoluto del individuo por el estado. La segunda es “Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que la antiutopía era producto de la manipulación de óvulos fecundados, que permitía obtener clonas humanas de diversas categorías: en la punta de la pirámide social se hallaban los individuos alfa, cada uno producto de un óvulo fecundado sano e intacto. Después venían los beta, los gamma, y finalmente los épsilon, de los cuales se obtenía una docena por cada óvulo original, y que tenían capacidades severamente disminuidas por lo que eran usados como esclavos.

Durante toda la segunda mitad del siglo xx, la amenaza del comunismo mantuvo a los Estados Unidos y a sus aliados bajo el temor de la predicción de Orwell. Paz se asombraba de ver cómo, con la caída del bloque socialista y los desarrollos en el campo de la ingeniería genética, la amenaza orwelliana resultó infundada, y la que parece hacerse presente es el futuro temido por Huxley.

En fin, podría concluir aventurando que el poder anticipador de la ciencia ficción no es quizá tan importante como su valor literario y su papel como un puente entre las ciencias y las humanidades. Es una de las maneras en que puede lograrse que la sociedad se informe y se cuestione acerca del futuro al que pueden conducirnos los avances técnicos y científicos. Finalmente, la ciencia ficción es un medio para volvernos más conscientes acerca del poder que deposita en nosotros el conocimiento que produce la ciencia.

15 de octubre de 1997

Contacto

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 15 de octubre de 1997)

“Leí que va a ser la película más aburrida del año”, dijo Raúl. Aún así, le rogué ir a verla en cuanto la estrenaron.

“Lloré en tres escenas: me sentí identificado”, dijo Enrique, que tiene mucha sensibilidad y adora la ciencia.

“La galaxia parecía hecha de chicle”, dijo Susana, astrónoma y divulgadora de la ciencia.

Ante tal diversidad de opiniones, tal vez lo más seguro sea recomendar a usted, amable lector, que vea y se forme su propia opinión sobre Contacto, la película de ciencia ficción basada en la novela del mismo nombre escrita por el nunca suficientemente llorado Carl Sagan, y con guión de él mismo y su esposa (y ahora viuda) Ann Druyan. Pero para no recomendarla así nomás, me permitiré comentar algunos de los aspectos que más me gustaron (prometo que puede usted leer este artículo sin ningún temor de que le cuente la trama).

Yo leí la novela hace algunos años, por lo que, aunque no recuerdo todos los detalles, sí noté algunos de los cambios que se hicieron al adaptarla para el cine. La novela es más rica, pero la película no desvirtuó la historia. Lo que pensé al leer el libro, y que ahora confirmo al ver la película, es que Sagan lograba transmitir en todas sus obras su gran amor por la ciencia y su asombro constante ante sus logros. Recordemos que, además de ésta (hasta donde yo sé), su única incursión en la ciencia ficción, Sagan escribió una cantidad de ensayos de divulgación de la ciencia, recopilados en varios excelentes libros (Los dragones del edén recibió el premio Pulitzer), además de realizar la maravillosa serie de tv Cosmos. Su último libro, La ciencia y sus demonios (Planeta, 1997), que ya comenté en este espacio, es una apasionada defensa de la ciencia y su método ante los ataques del oscurantismo que resurge en este fin de milenio.

La idea fundamental de Contacto no es nueva: ¿qué pasaría si tuviéramos, por fin, alguna señal inequívoca de que existen otros seres inteligentes en el universo? Y es más, ¿si supiéramos que están tratando de comunicarse con nosotros? Nada nuevo, como se ve. De hecho, hay escenas y situaciones que remiten a varios clásicos del género (la escena del viaje espacial, en particular, es un hermoso tributo a 2001: Odisea espacial, de Clarke/Kubrik, y la maravillosa secuencia inicial de la cinta es un homenaje a los famosos créditos iniciales de Cosmos).

Pero lo que es único en Contacto es la manera en que Sagan presenta el tema en una forma que, sin dejar de ser interesante (y hasta apasionante), no cae en los lugares comunes de darle al público lo que quiere ver sólo para obtener éxito comercial. Los conceptos científicos que se presentan son sólidos (aunque Susana, la astrónoma, halló algunas inconsistencias leves en la película ¾no creo que las haya en la novela).

Las implicaciones extracientíficas de la comunicación con seres extraterrestres también son encaradas en forma interesante, realista y profunda: los conflictos entre políticos y científicos, las luchas por el poder y, sobre todo, las diferencias y disputas entre la fe religiosa y el afán científico de hallar explicaciones. Hay también (claro), una historia de amor, pero Sagan supo combinarla con los temas más profundos de la trama para convertir el clásico encuentro entre la mujer dedicada a su trabajo y alejada de todo contacto sentimental (e, irónicamente, buscando el contacto con seres de otros mundos) en una oportunidad para discutir las verdaderas diferencias y las semejanzas profundas que hay entre ciencia y religión. En esto es fácil caer en lugares comunes. Sagan, sin embargo, toca el punto fundamental: en el fondo, ambas empresas son una búsqueda de sentido para el universo que habitamos.

Este último tema, en particular, tal vez merezca más espacio en una colaboración posterior. Por el momento sólo quiero recomendar a lector que, si disfruta de la buena ciencia ficción, vea esta película: es emocionante, interesante, profunda. Yo en lo personal estoy sorprendido de cuánto le ha gustado a tantos de mis conocidos provenientes de los campos más disímbolos. Algo tendrá, para gustar tanto. Y algo, definitivamente, tenía Carl Sagan, pues El mundo y sus demonios, en cierto modo su testamento, se mantiene en los primeros lugares de popularidad. Tal vez ese algo era su capacidad para transmitirnos no sólo el interés, sino también la importancia y la belleza de la ciencia.

16 de abril de 1997

¿Locos por la ciencia? Como no explicar una tragedia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
16 de abril de 1997

El viernes 28 de marzo le pregunté a una amiga astrónoma, que no suele leer el periódico, si me creería que dos días antes 39 personas se habían suicidado porque estaban convencidas de que tenían que abandonar sus “envases” corporales para ir a reunirse con los extraterrestres que tripulan una nave que viaja escondida detrás del cometa Hale-Bopp. Por supuesto, me dijo que no.

Se equivocaba, como todos ya sabemos. La noticia ocupó las primeras planas de los periódicos y se comentó en noticieros y revistas. Pero, además de lo lamentable del suceso mismo, fue muy preocupante ver cómo los medios informativos comenzaron inmediatamente a ofrecer posibles “explicaciones”, a cuál más absurda y tendenciosa, de cómo Marshall Applewhite, líder de la secta “Puerta del cielo” pudo convencer a 39 seres humanos normales y libres de que aceptaran morir en aras de sus fantasías interplanetarias. Encabezados del tipo “Suicidio por internet”, “El líder era homosexual”, “El cometa de la muerte” o “¡Viaje a las estrellas!” sólo contribuyen a fomentar en el público desinformado conceptos erróneos y prejuicios que, lejos de evitar este tipo de desgracias, ayudan a diseminar de las ideas que las provocan y ofrecen un terreno fértil para que florezcan la superstición, la fantasía desbordada y el fanatismo.

Comentemos, pues, que hay detrás de algunas de estas explicaciones.

"La información científica puede ser peligrosa." Se podría argumentar que los suicidios de San Diego fueron una consecuencia de la avalancha de “propaganda” científica en que vivimos sumidos y que, de alguna manera, el tratar de asimilarla condujo a las absurdas interpretaciones que causaron esas muertes. El exceso de confianza y la soberbia de muchos científicos, que resultan molestas y preocupantes para humanistas, artistas y en general para el resto de los mortales, ocasionan un rechazo a la ciencia y facilitan que se llegue a conclusiones como ésta.

Es cierto que muchas veces los científicos exageran al afirmar que el conocimiento científico es absolutamente “cierto” y “objetivo”. A veces llegan a descalificar, prejuiciosamente, todo conocimiento al que se llegue por medios distintos a la investigación científica (y no me refiero a revelaciones místicas, intuiciones o adivinación, sino a tradiciones, reflexiones, interpretaciones históricas, sociales o artísticas, etc.). Este tipo de actitud se conoce como “cientificismo”, y es una de las causas de rechazo irracional que mucha gente siente ante la ciencia.

Pero en el caso que nos ocupa, sin embargo, el que un grupo de fanáticos haya escogido a una simple bola de hielo que viaja por el espacio como la “señal” que esperaban para morir no puede achacarse a un exceso de información científica. Por el contrario, refleja una falta de información y de comprensión acerca de lo que los científicos saben sobre los cuerpos celestes.

“La ciencia-ficción tiene una influencia perniciosa.” Los testimonios de las “víctimas” (?) sobre su afición a “La guerra de las galaxias”, “Viaje a las estrellas” y demás productos gringos de ciencia ficción barata apoyan esta opinión. En realidad, la buena ciencia ficción fomenta la mejor comprensión de la información científica auténtica, no la creencia en supercherías acerca de extraterrestres. Pero incluso los productos comerciales de segunda (como los mencionados) se ofrecen sólo como fantasía y entretenimiento. Culparlos de estas muertes equivaldría a decir que “Romeo y Julieta” debe prohibirse, pues puede causar suicidios entre los enamorados.

“El líder era homosexual” (y por tanto, estaba loco). La realidad es exactamente lo contrario de lo que parece indicar este tipo de opinión. El líder era un homosexual reprimido, y por eso (entre otras cosas, seguramente) buscaba evadir la realidad a través de la fantasía. Un encabezado más adecuado hubiera sido algo así como “Los peligros del clóset”. En efecto, Marshall Applewhite se avergonzaba de su homosexualidad, y recurrió a una clínica para tratar de “curarse”. Las notorias prácticas represivas que buscaban eliminar todo rastro de sexualidad entre sus discípulos (llegando incluso hasta la castración para “eliminar los impulsos animales”) revelan el temor que tenía a aceptar su propia realidad, a la que trató de escapar mediante sus disparatadas fantasías. Probablemente, si hubiera logrado superar su homofobia y reconciliarse consigo mismo, aceptándose como un ser humano libre para vivir su sexualidad en la forma que lo deseara, hubiera sufrido menos y hubiera causado menos daño.

“El primer suicidio por internet.” Ésta es una expresión del prejucio de que la “demasiada libertad” o el “exceso de información” pueden ser peligrosos. Las sociedades parecen tener un gran temor al libre flujo de las ideas, que se refleja especialmente en los varios intentos que se están haciendo para limitar la transmisión de información a través de la red (por ejemplo, el debate acerca de la pornografía en internet que se está dando en los Estados Unidos). La secta de Applewhite difundió sus ideas en la red, pero culpar a ésta de las muertes sería como culpar a las carreteras de los miles de muertes que se producen cada año en ellas.

Mi opinión, que además de resumir lo que he querido expresar en esta nota, es que la realidad es más complicada, y las causas de esta tragedia no pueden reducirse a este tipo de ideas simplistas. La única arma con que contamos para combatir los prejuicios, el fanatismo y, en general, la ignoracia, es la educación. La libre difusión y, sobre todo, la discusión razonada de todo tipo de ideas científicas, humanistas, artísticas, religiosas y de todo tipo es el único antídoto que conocemos contra el totalitarismo y la censura, que sólo ponen nuestras mentes a merced de fanatismos y fantasías los cuales, si no nos llevan al suicidio, sí pueden acabar con lo más valioso que tenemos: nuestra capacidad de creación, crecimiento y desarrollo como personas y como seres humanos.

21 de mayo de 2003

Tecnoamenaza microscópica (o los placeres de la paranoia)

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 21 de mayo de 2003)


Todo comenzó con el anuncio de una mesa redonda sobre nuevas tecnologías. “La convergencia tecnológica: nanotecnología, biotecnología, informática... ¿el futuro de la ciencia?”, anunciaba el cartel. Estaba ilustrado con un fragmento del infierno del famoso tríptico del Jardín de las Delicias, de Hyeronimus Bosch (El Bosco), en el que se observa un humano con cabeza de pájaro y una olla de sombrero, sentado en un trono, que devora a un ser humano mientras defeca a otro dentro de una burbuja. Pero para mí quedaba claro, por lo simbólico de la ilustración, que el tema de la mesa redonda debía ser algo muy peligroso.

El texto que acompañaba a la imagen eliminaba cualquier duda: “Nuevas y poderosas tecnologías con gran potencial militar (como genómica, neurociencias, robótica, informática y la más significativa de todas: la nanotecnología o tecnología atómica [sic]), están siendo desarrolladas principalmente por el gobierno de Estados Unidos, sin que la sociedad tenga prácticamente ninguna información sobre éstas ni sobre sus proyectos. Invitamos a este panel para compartir nuestra investigación sobre estas tecnologías, el contexto en que se desarrollan, y sus posibles consecuencias.”

Decidí asistir, con el fin de enterarme de la versión que el grupo ETC (Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración) tenía del asunto, y quizá para expresar la opinión de un divulgador de la ciencia (yo).

Por coincidencia, unos días antes un amigo me había enviado una nota periodística muy curiosa: el príncipe Carlos de Inglaterra había convocado a la prestigiosa Royal Society de Londres (la institución científica más antigua del mundo) a debatir los riesgos de la nanotecnología, bajo la impresión de que esta disciplina -que busca producir máquinas de tamaños submicroscópicos (nano se entiende como apócope de nanómetro, la millonésima parte de un milímetro), compuestas por relativamente pocos átomos- podría llegar a crear una especie de virus artificiales que acabaran con la vida en el planeta. La idea es que los científicos y tecnólogos, apoyados por las grandes empresas y el gobierno estadounidense, están tratando de desarrollar nanorrobots capaces de reproducirse a sí mismos, que posteriormente podrían (como tiene que ser, según el canon anticientífico establecido por Frankenstein) salirse de control y apoderarse del mundo.

Pues bien, resulta que la principesca angustia fue causada por la lectura de un documento llamado The big down (traducido extrañamente como “la inmensidad de lo mínimo”), escrito por el activista Pat Mooney y distribuido precisamente por el grupo ETC. La noticia había salido a la luz el día de la mesa redonda, causando curiosidad y risas en la comunidad científica de todo el mundo. Los organizadores de la mesa, sin embargo, no tuvieron empacho en vanagloriarse del “apoyo” que estaban recibiendo del real personaje.

La convocatoria para la mesa, que se realizó en la Facultad de Economía, había sido distribuida ampliamente en la UNAM, así como en los medios de comunicación. Yo esperaba encontrar un discurso relativamente moderado, cauteloso, que tratara de convencer por medio de una historia más o menos creíble.

Lo que me encontré fue exactamente lo opuesto: ciencia ficción pura. No puedo negar que los ponentes contaban con datos bastante precisos, pero la historia que hilvanaban, con base en sus muy peculiares interpretaciones de esos datos, y sobre todo las predicciones que pretendían deducir de ellas, eran tan increíbles como las space operas (novelones tipo Guerra de las Galaxias) que le recetan a los estudiantes de Dianética y Cienciología.

Junto con la historia de la amenaza de la nanotecnología fuera de control (que denominan grey goo, o plasta gris), este grupo, al que netamente puedo denominar anticientífico, propaga la llamada (por ellos) “teoría del pequeño BANG”. Basada en las iniciales de Bit, Átomo, Neurona y Gen (objetos de estudio de las nuevas y peligrosas tecnologías que tanto temen los de ETC: informática, nanotecnología, neurociencias y biotecnología), la “teoría” advierte que el gobierno de los Estados Unidos está promoviendo la fusión de estas cuatro ramas para “garantizar la dominación... tanto militar como económica en el siglo 21”.

¿Por qué es anticientífico el enfoque de este grupo? Después de todo uno podría pensar que simplemente tratan de advertir a la sociedad sobre posibles peligros de las tecnologías futuras.

Pero hay varias pistas que delatan la agenda oculta del grupo. Una es la burda estrategia que usan de cambiar nombres para crear asociaciones negativas (la sigla BANG, por ejemplo, o proponer que a la nanotecnología se la llame “tecnología atómica”).

Otra es su confusión entre ciencia y la tecnología (aunque lo mismo se podría decir del Conacyt...), así como la visión amenazante que tienen de ellas (a diferencia del Conacyt, afortunadamente). En su opinión, la meta de los Estados Unidos es desarrollar los nanorrobots autorreplicantes para poder así ¡manipular las mentes de la gente! La prueba de ello, según ETC, es que se está tratando de desarrollar un mapa de cada neurona del cerebro humano. Matrix combinado con el Big Brother de George Orwell.

Otra pista es la manera tramposa en que argumentan: si algo podría ser peligroso (ciencia ficción), pero no hay datos para evaluar si ese riesgo es realista (ciencia), ETC decide que está comprobado y hay una conspiración para ocultarlo (amarillismo). También liga datos inconexos para crear la ilusión de riesgo, como cuando afirman que las nanopartículas que forman parte de la contaminación causan daño a la salud, y concluyen que la nanotecnología causará daños a la salud.

Pero lo más notorio, a pesar del barniz superficial que presentaban los oradores de la mesa, aparentando ser expertos en ciencia, era su gran ignorancia en cuanto a los temas científicos.

En efecto: a pesar de manejar palabras y conceptos científicos sencillos, los conceptos en los que se basa la visión apocalíptica de ETC contienen graves errores. Uno que ha sido señalado por la prensa mundial es la extraña concepción que tienen de la nanotecnología: parecen pensar que los átomos pueden manipularse como si no estuvieran sujetos a las leyes de la química, formando enlaces unos con otros. Creen que los átomos se pueden manipular como si fueran ladrillos inertes.

He aquí otras perlas que alcancé a pescar durante la mesa:

“Creemos que la nanotecnología va hacia la manipulación subatómica” (como si también electrones y protones se pudieran manejar como ladrillos –las reacciones nucleares vistas como sencillos rompecabezas).

“A escala nanométrica, los átomos de oro son rojos” (a escala nanométrica, el concepto de color pierde sentido. Quizá querían decir que las partículas nanométricas de oro, no los átomos, vistas macroscópicamente, son rojas).

“Los trabajos de los bio-nanotecnólogos (otro invento de ETC) tienden a borrar la diferencia entre lo vivo y lo no vivo” (no es ninguna novedad: desde el advenimiento de la biología molecular se sabe que no hay ninguna “esencia” que distinga a lo vivo de lo inerte, excepto su alto nivel de organización).

“Gracias a la nanotecnología, de basura se podría hacer una hamburguesa” (sólo si se lograra la transmutación alquímica de los elementos, pues una hamburguesa está hecha de elementos distintas que la basura).

El problema con grupos como ETC es que son gente que sabe muy poca ciencia, pero es suficientemente hábil en su discurso como para que su público –que no sabe nada de ciencia– les crea cuando se hacen pasar por expertos.

El discurso amarillista que manejan les asegura amplia aceptación en una prensa cada vez menos dispuesta a dedicar un espacio a la ciencia. Un ejemplo: el periódico La Jornada cuenta entre sus columnistas a Silvia Ribeiro, miembro de ETC y destacada por su furiosa oposición a todo lo que huela a biotecnología, genómica, y ahora nanotecnología, así como por la dudosa calidad de su información “científica”. (Y al mismo tiempo, hace muchos meses que La Jornada suspendió la publicación de su suplemento de ciencia.)

Quienes nos dedicamos a divulgar la ciencia tenemos un compromiso no sólo con compartir con el público los placeres y la importancia de la actividad científica y del conocimiento que produce: también tenemos que señalar los errores y tergiversaciones que grupos como ETC, lamentablemente, difunden en los medios. Después de todo, su verdadero objetivo no parece ser fomentar el bueno uso de la ciencia, sin combatir su desarrollo. ¿Se tratará, después de todo, de una conspiración imperialista para impedir que haya ciencia en otras partes del mundo? (Pero no, en realidad no lo creo: se trata simplemente de una gran dosis de ignorancia combinada con el enemigo de siempre: la tontería.)

5 de febrero de 1997

Réquiem por un comunicador de la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM)
5 de febrero de 1997

Carl Sagan posee el toque del rey Midas:
todos los temas que aborda se convierten en oro.

Isaac Asimov

La importancia de poner el conocimiento científico al alcance de todo el público tradicionalmente es ignorada por las autoridades (de esto tenemos una prueba en la actual política del Conacyt en relación con la divulgación de la ciencia). Aparte de las materias científicas que se cursan en la escuela, hay pocas instancias a través de las que una persona interesada pero no experta pueda ponerse en contacto con los avances científicos recientes, y ni siquiera con los no tan recientes (y aunque esta situación parece estar cambiando ¾la ciencia está de moda¾ no me atrevo a ser optimista, pues no poco del material que puede encontrarse se limita a proporcionar información vistosa, pero superficial).

Sin embargo, desde los inicios de la actividad científica ha habido personas convencidas de que vale la pena compartir el interés y hasta el placer que el conocimiento científico puede aportar a nuestras vidas. Luchando en ocasiones contra la falta de medios, de cooperación, de dinero, de foros para compartir sus ideas o, al menos, contra los arraigados prejuicios acerca de los peligros de la ciencia o de lo aburrido y difícil que resulta comprenderla, sólo unos pocos de estos comunicadores han logrado tener un público verdaderamente masivo. Esto los hace doblemente valiosos, y la desaparición de cualquiera de ellos resulta muy lamentable.

Todo esto viene a cuento porque, como ya es conocido, el viernes 20 de diciembre de 1996 murió Carl Sagan, el viajero del cosmos, como lo llamó uno de los periodistas que reseñó su muerte. Con él perdemos a quien, junto con Isaac Asimov (muerto en abril de 1992) fuera quizá uno de los dos comunicadores de la ciencia más populares de este siglo. Es por ello que quiero dedicar este espacio a una breve reseña de su obra.

Los integrantes de mi generación conocimos a Sagan principalmente a través de su famosísima serie de televisión Cosmos, que en México se transmitió alrededor de 1978. Ahí, con el subtítulo “un viaje personal” y acompañado de la música de Vangelis, el astrónomo, ataviado con saco de gamuza y zapatos de suela de goma, nos llevó a través de un recorrido por la historia del universo, de la vida y de la cultura, mostrándonos las maravillas que la investigación científica ha ido descubriendo.

Sin embargo, a pesar de ser su obra más conocida, la popularidad de Sagan no se basó exclusivamente en Cosmos. Tenía una sólida reputación como astrónomo: desde pequeño soñaba con la conquista de Marte, y participó en investigaciones sobre los planetas del sistema solar por medio de las misiones no tripuladas de los programas Mariner, Viking y Voyager. Lo entusiasmaba la posibilidad de encontrar vida en otros planetas y fue uno de los principales promotores del proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence, búsqueda de inteligencia extraterrestre), que durante años ha escudriñado los cielos con la esperanza de detectar señales de radio que indiquen que no estamos solos en el universo.

También como divulgador de la ciencia Sagan tenía ya un largo trecho recorrido antes de Cosmos: había publicado libros como La conexión cósmica (1973) y El cerebro de Broca (1974), donde recuperaba ensayos breves publicados en otros medios sobre temas como la relación entre el cerebro y la conciencia, el espacio, la tecnología, la educación, las pseudociencias y la importancia de la ciencia para la sociedad. Y en 1978 recibió el premio Pulitzer por su libro Los dragones del edén (1977), dedicado por completo a temas relacionados con la evolución, el cerebro, la mente y la conciencia. Posteriormente continuó publicando otros libros (incluso una excelente novela de ciencia ficción, Contacto, en 1985), y tenemos la fortuna de que prácticamente todos ellos pueden conseguirse fácilmente, traducidos al español.

A pesar de que su prematura muerte, a los 62 años, nos privará de contar con futuras obras, podemos seguir disfrutando de las que nos dejó, y en particular espero con ansia la traducción de su último libro, The Demon-Haunted World, donde defiende a la ciencia contra los embates de la irracionalidad, la superstición y las pseudociencias.

Su mayor logro, sin embargo, sí está relacionado con Cosmos: es el de haber llevado con un éxito total la ciencia a la televisión, y por tanto a los hogares de millones de personas en todo el mundo.

27 de junio de 2001

Tres libros a favor del ambiente

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 27 de junio de 2001)


Entre las muchas vías que se pueden elegir para divulgar la ciencia –para ponerla al alcance del público no especializado– una de las más interesantes es el uso de la literatura.

La escritura de cuentos y novelas “de ciencia” ha sido explorada de diversas maneras, y con resultados de lo más diverso, especialmente porque como se trata de un área en que la literatura se confunde con la divulgación, los productos tienen destinos de lo más inesperado. A veces una obra que se escribió sin el menor interés por transmitir conceptos científicos al lector funciona admirablemente para este fin, llegando incluso a ser utilizada como material didáctico en cursos escolares. Así, algunas obras, por ejemplo de ciencia ficción, que se escribieron sólo con fines literarios, han permitido que generaciones de jóvenes –y adultos– comprendan principios básicos de la física, la química o la biología. En otras raras ocasiones, una obra que pretendía educar acaba siendo reconocida más por su valor literario que por ser especialmente buena para transmitir ideas (aunque lo normal es que las dos cosas vayan juntas).

De cualquier modo, la escritura de libros de divulgación dirigidos a los jóvenes que puedan servir para comunicar conceptos, actitudes y valores relacionados con la ciencia ha sido una estrategia bastante exitosa en nuestro país. Como prueba están los casi 200 títulos de la colección “La ciencia para todos” (antes “La ciencia desde México”), publicada por el Fondo de Cultura Económica. A pesar del muy desigual nivel y calidad de sus textos, y de que no siempre cumplen su función estrictamente divulgativa, pues llegan a semejar libros de texto, existen en esta colección muchas obras admirables (y algunas que, paradójicamente, llegan a ser utilizadas en cursos de posgrado).

Existen otras colecciones que, aunque constan de un número mucho menos de títulos y no cuentan con los amplios recursos propagandísticos que el FCE tiene a su disposición (entre los que destaca el exitosísimo concurso anual que se organiza para que los estudiantes de secundaria y prepa escriban ensayos y reseñas sobre sus títulos, una idea genial), ofrecen textos de gran calidad y originalidad. “Viajeros del conocimiento”, de Pangea Editores, y “Viaje al centro de la ciencia”; de ADN Editores y CONACULTA son las más destacadas.

Pero existe otro esfuerzo, menos conocido, que hoy quisiera destacar. Se trata de la Colección básica del medio ambiente, coeditada por la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT) y la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT). En la Casa Universitaria del Libro –recinto que, por cierto, merece todo tipo de felicitaciones por la importante y excelente labor que realiza, no sólo en la presentación de libros, sino en la impartición de cursos que han sido decisivos en la formación de una nueva generación de editores, correctores y escritores en nuestro país– se presentaron recientemente tres nuevos libros de esta colección, que completa así diez títulos, todos ellos dedicados a la promoción y divulgación del conocimiento del ambiente y el cuidado del mismo.

El suelo: ese deconocido, de Elizabeth Solleiro Rebolledo, nos habla de la ecología del suelo. A través de un ameno relato acerca de varios adolescentes el libro nos explica las principales características del suelo, su origen y destino, su degradación y conservación. “El suelo es como la piel de la tierra, la parte superficial de la corteza terrestre que permite sostener la vida vegetal y animal. Si no se conoce no se puede decidir qué sembrar o cómo sembrar, sin que se deteriore o pierda”, dice la autora. Y en efecto, es curioso cómo el conocimiento que uno generalmente tiene del suelo que pisa es prácticamente nulo. Cuando se descubren las maravillas que hay bajo nuestros pies es cuando se aprecia el valor de este interesante librito.

Por su parte, Aguas con el agua, de Ernesto Márquez Nerey, se enfoca a promover la “cultura del agua”, recurso que como sabemos es vital para cualquier sociedad, y que aunque es abundante en nuestro país, está muy mal distribuido, además de mal utilizado, contaminado y desperdiciado. Un grupo de estudiantes que deciden organizar un pequeño congreso sobre el agua descubren lo esencial acerca de este recurso en México, su papel en la civilización y en la salud, y las maneras de conservarla, y de paso permiten que el lector se apasione y se informe sobre este refrescante tema.

Finalmente, Campamento Biofilia, de Alejandra Alvarado Zink, el número 10 de la colección, aborda el popular tema de la biodiversidad, esta vez mediante un fresco relato acerca de la visita de un grupo juvenil a un campamento en el que traban contacto con la diversidad biológica de nuestro país, con sus diversas caras, las amenazas que enfrenta y la manera de eludirlas para conservar este importante patrimonio.

Hasta hora, los primeros siete libros de la Colección básica del medio ambiente han tenido muy buena aceptación en el medio escolar, y a decir de estudiantes y profesores cumplen bien su objetivo de divulgar los conceptos básicos del cuidado del ambiente. Es seguro que estos tres nuevos títulos tendrán también éxito. De este modo, la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica cumple admirablemente con su objetivo.

Es de agradecer que en un país tan grande y diverso como el nuestro, pero en el que la ciencia es –¡todavía!– tan poco apreciada, exista una sociedad tan empeñosa como la SOMEDICYT (a la que me honra pertenecer), que a lo largo de más de diez años ha realizado labores de divulgación de la ciencia y ha promovido la formación y profesionalización de los divulgadores, especialmente a través de su congreso anual. La Colección básica del medio ambiente es una muestra de que, aún con pocos recursos, pueden lograrse resultados ampliamente recomendables

Nota final: los tres títulos, junto con el resto de la colección, están disponibles en las oficinas de la SOMEDICYT, en planta baja de La casita de la ciencia, frente al museo Universum, en el circuito cultural de ciudad Universitaria, o al teléfono 56-22-1-73-30, en días hábiles por las mañanas.

1 de julio de 1997

El temor por la ciencia

Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
en julio de 1997)


Recientemente fui a ver El mundo perdido, nueva película de Stephen Spielberg. En primer lugar me decepcioné al no encontrar nada nuevo ni especialmente interesante (lo cual, en cambio, sí hallé en Parque Jurásico). Pero luego, al ver a un tiranosaurio recorrer, cual King Kong posmoderno, las calles de una ciudad costera gringa (nunca vi las series de Godzilla, así que esa comparación no vino a mi mente espontáneamente) no pude menos que admirarme de cómo los mitos cinematográficos regresan cada cierto tiempo.

Más tarde reflexioné que en ambas películas, así como en las novelas del excelente Michael Crichton que les dieron origen, el fantasma más notorio no es el del simio gigantesco que se enamora de una muchacha guapa, sino la de la pesadilla producto de la ambición del científico loco: Frankenstein.

Y así es: el símbolo del monstruo que, perdido el control y deseoso de venganza ante una vida desgraciada y solitaria que él no pidió vivir se vuelve contra su creador es una de las más recurrentes en el cine de ciencia ficción. Y también en mucha de la literatura en la que la ciencia participa como personaje importante (y ni hablar de los programas de televisión y las historietas, donde la figura del “científico loco” es ya no sólo un estereotipo, sino prácticamente un personaje regular).

Dejemos de lado la vocación alarmista de Crichton, que en casi todas sus novelas pretende, siempre con gran maestría, dar la alarma contra alguna nueva amenaza, científica o no, ya sea el avance de la ingeniería genética (Parque Jurásico), la posible contaminación con organismos del espacio exterior (La amenaza de Andrómeda) o el creciente poderío de las empresas japonesas (Sol naciente). Tampoco mencionemos las muchas facetas con que desde finales del siglo pasado y hasta la actualidad se ha abordado el tema, de los animales cruelmente modificados en La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells a la computadora hal de Odisea 2001, de Arthur C. Clarke. En cada caso, la ciencia siempre es vista como una amenaza no sólo potencial, sino casi segura.

Lo notorio (y triste) es que los avances científicos siguen, después de cuatro siglos de ciencia y casi dos de revolución industrial, luego de casi medio siglo de genética molecular y computadoras, en una época en que a cada paso y toda circunstancia nos encontramos con productos de la ciencia que facilitan y enriquecen nuestra vida, luego de todo esto, digo, seguimos viendo a la ciencia y sus productos con temor e inquietud.

Y no es necesario ir muy lejos buscando pruebas: recordemos la larga moratoria que se impuso a los experimentos de ingeniería genética en los setenta, ante el temor de que de los laboratorios comenzaran a salir una serie de monstruos microscópicos que destruyeran a la humanidad que los creó. Recordemos el escándalo en los ochenta a raíz del nacimiento de la primera niña de probeta. Y veamos actualmente la alarma en torno a la factibilidad técnica de clonar seres humanos, y el horror que sentimos ante (y aquí estamos de nuevo ante el viejo temor a Frankenstein) la simple posibilidad de que una creación nuestra, una computadora, pueda vencer a un gran maestro de ajedrez, supuestamente una de las mentes humanas más poderosas.

¿Qué es lo que nos orilla a preocuparnos, a ver con horror o al menos con gran desazón e inquietud la posibilidad de crear, por fin, una máquina que supere a nuestra herramienta más preciada, la mente humana? La respuesta puede ser múltiple: inseguridad; desconocimiento, temor a lo nuevo, ignorancia.

En realidad nada debería hacernos sentir más felices y satisfechos. Tal vez la energía atómica, el manejo de genes y la clonación puedan presentar riesgos; tal vez problemas como la contaminación química, la desforestación y el calentamiento global sean consecuencias directas o indirectas (aunque ciertamente no exclusivas) de la ciencia y la tecnología. Pero las computadoras, lejos de representar una amenaza, constituyen uno de los logros técnicos más útiles en la historia de la humanidad.

El contar con artefactos que puedan manejar información, datos, con todo el poder y versatilidad que poseen las modernas computadoras, capaces de simular y modelar prácticamente cualquier cosa que pueda representarse simbólica o matemáticamente, literalmente nos abre nuevos mundos. Estoy seguro de que internet, la realidad virtual y la telepresencia son sólo el principio. Probablemente pronto (quizá en unas décadas, o incluso menos) contaremos con sistemas que podamos llamar, sin la menor duda, “inteligentes”.

Y veremos que son buenos y útiles, si los usamos con esa intención. De nada sirve buscar excusas como que “las computadoras aún no vencen a la intuición femenina”, como dijo con involuntario humor una investigadora de la unam: en esta ocasión no hay que temer al monstruo de Frankenstein, sino estar orgullosos de nuestra creación y buscar ponernos a su altura, para darle el mejor uso posible.

17 de marzo de 1999

Electrones y relaciones humanas

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 17 de marzo de 1999)


Dos de los problemas centrales de la divulgación de la ciencia son cómo expresar los conceptos y métodos de la ciencia de modo que sean interesantes para el público y cómo, al hacer lo anterior, evitar el peligro de tergiversar, sobre-simplificar o simplemente traicionar los conceptos. Muchas veces el uso de una metáfora demasiado lejana al concepto original hace que lo que se transmite sea ya simplemente una idea bonita, pero que nada tiene que ver con la ciencia.

Isaac Asimov, probablemente el divulgador de la ciencia más prolífico de que se tiene noticia (escribió alrededor de 450 libros, más de la mitad de los cuales eran ensayos científicos) gustaba de usar metáforas, y normalmente solía lograr cumplir con los dos requisitos que he mencionado.

Ernesto Sábato, por su parte, se quejaba amargamente en su libro Uno y el universo de cómo, cuando un amigo le pedía que le explicara la teoría de la relatividad, se veía obligado a ir presentándole versiones cada vez menos matemáticas y más llenas de trenes, luces y campanitas. Finalmente, cuando el amigo por fin entendía, Sábato respondía amargamente: “sí, pero eso no es más la relatividad”.

Todo esto viene a cuento porque hace poco se me cruzaron los cables (cosa que me sucede a menudo) y estuve pensando cómo relacionar dos temas aparentemente inconexos.

El primer tema lo encontré mientras hojeaba ociosamente la red (creo que el verbo es válido, pues lo que uno encuentra en la red se denomina “páginas”). Se trata de la existencia de grupos de hombres y mujeres que han decidido rechazar la monogamia (espero que el grupo Pro-sida no censure este párrafo) y se dedican a encontrar otras formas de relacionarse, como tríos, cuartetos, familias múltiples y otras cosas más extrañas como triángulos, ángulos, polígonos, ruedas de carreta y varios más. La denominación que este tipo de personas ha adoptado no es fácil de traducir (no, no es “promiscuos”), pero un buen intento sería “poliamóricas” o “poliamorosas”. Para mayor facilidad, prefieren decir simplemente que son “poli”, y han adoptado el simpático símbolo de un loro (como el típico “Polly” de las caricaturas gringas).

El segundo tema lo traía en la mente desde hacía varios días: cómo explicar en términos sencillos qué es un enlace químico. En los libros de texto sencillos se afirma que un enlace químico (lo que hace que dos átomos se unan entre sí y formen una molécula) está formado por dos electrones, con carga negativa, que son compartidos por dos átomos, cuyos núcleos tienen carga positiva. (Si esa explicación suena complicada, imaginen la que se puede encontrar en un libro de química cuántica, que abunda en ecuaciones de Schröedinger, exponentes, integrales y demás preciosidades.)

Y, debido a que el tema de los “poli” llamó mi atención, me encontré pensando que una posible analogía (aunque, tengo que aceptarlo, algo obscena en una primera aproximación) podría ser la siguiente. La unión entre dos átomos podría asemejarse a dos hombres (los átomos) que estuvieran unidos por la compartición de dos mujeres. Después de todo, ¿qué vínculo podría haber más profundo que ese? Dos hombres que tienen, cada uno, dos mujeres sólo que son las mismas. Esos hombres, necesariamente, convivirían, se estimarían y tendrían intereses comunes: formarían una unidad. Como dos átomos de hidrógeno, pongamos por caso, que compartieran un par de electrones.

Claro que luego me dí cuenta de que esta metáfora tiene serios defectos: es profundamente sexista, pues toma a las mujeres como si fueran entes carentes de voluntad, menos importantes que los hombres y supeditadas a sus deseos. Hombres y mujeres son iguales, mientras que los núcleos de los átomos de hidrógeno son muy distintos de sus electrones (cada átomo de hidrógeno tiene sólo un núecleo, formado por un protón, y un electrón que gira alrededor de él).

Un segundo intento sería el de dos madres que compartieran sendos hijos. Es decir, las dos serían madres de los dos hijos (olvidémonos de los padres, para compensar lo sexista de la metáfora anterior). Nuevamente, el sistema podría resultar una buena analogía con la molécula de hidrógeno: las dos madres permanecerían juntas, unidas por el amor a sus hijos y el interés común de asegurar su bienestar.

¿Podría extenderse esta analogía a moléculas más complicadas? Probablementes sí: Robert A. Heinlein, escritor de ciencia ficción que ha servido de inspiración para muchos grupos poliamorosos, presenta en varias de sus novelas ejemplos de grupos de personas no monogámicas que forman, por ejemplo, familias múltiples en que todos los hombres son esposos de todas las mujeres, de modo que se forma una especie de dinastía que perdura a lo largo de década y siglos, pues conforme los miembros viejos mueren, otros más jóvenes se “casan” con la familia y la perpetúan. Una cosa así suena bastante parecida, por ejemplo, al llamado “enlace metálico”, en que los electrones se mueven libremente y forman una especie de “mar” que es compartido por todos los átomos del metal. Estos electrones compartidos son los que mantienen unidos a los átomos del metal y son responsables de su conductividad eléctrica, entre otras propiedades características.

Pero me doy cuenta de que regresé a la metáfora sexista del principio, y por otro lado puede pensarse que estoy tratando de hacer propaganda velada a estas alternativas a la monogamia. Así que, antes de que Pro-sida me incluya en la lista de periodistas y maestros a quienes hay que boicotear (junto con los participantes en el congreso de sexualidad llevado a cabo recientemente), más vale que me despida. Salud.

16 de mayo de 2001

Tito, Tito, Capotito

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 16 de mayo de 2001)


“Tito, Tito, capotito, sube al cielo y pega un grito. ¿Qué es?” Así rezaba una adivinanza muy popular, cuya respuesta era invariablemente “el cohete”. El grito, por supuesto, era la colorida explosión que normalmente acompaña a los petardos empleados en ferias y festejos.

Afortunadamente, el cohete en el que viajó Dennis Tito, millonario californiano que tuvo el dinero y la voluntad suficiente para convertirse en el primer “turista espacial”, no sufrió ningún tipo de explosión. Eso sí, seguramente este Tito sí habrá pegado varios gritos, pero de júbilo (“fue como estar en el paraíso”, dijo a su regreso). Y no es para menos, pues logró cumplir un sueño que había acariciado largamente y que muchos otros seguramente querrían compartir (como lo atestiguan las decenas de aspirantes que supuestamente ya se apuntaron en la lista para hacer un viaje a la Estación Espacial Internacional). Originalmente su excusión estaba planeada para visitar la estación MIR, pero como ésta había excedido su vida útil y tuvo que ser destruida, la estancia de Tito se cambió al proyecto internacional.

Al parecer, el viaje de Tito costó la friolera de 20 millones de dólares –lo que pone al turismo espacial un poco fuera del presupuesto de la mayoría de nosotros–, y fue realizado no a bordo de una nave estadounidense –como hubiera sido lógico esperar–, sino de un cohete Soyuz ruso. De hecho, la NASA se opuso a que los rusos enviaran al millonario al espacio, e incluso amenazaron con prohibir su ingreso a la parte estadounidense de la estación espacial. Destacó la ligeramente cínica crítica de John Glenn, el septuagenario astronauta y ex senador gringo, quien afirmó que el viaje de Tito era un uso incorrecto para la estación, que se supone debe usarse para fines de investigación. Recordemos que hace unos años Glenn logró volver al espacio a los 77 años de edad, viaje que muchos consideraron como un capricho que logró cumplir gracias a su puesto en el senado.

De cualquier modo, el viaje de Tito lo pone a uno a pensar en muchas cosas. En primer lugar, lo más obvio: la posibilidad de realizar viajes turísticos al espacio, a la luna, algún día quizá a Marte... ¿qué tan realista será esta idea, antes sólo posible en la ciencia ficción?

Y más allá de las posibilidades e implicaciones del turismo espacial, ¿qué nos dice el viaje de Tito acerca de la utilidad que tiene seguir desarrollando la ciencia y la tecnología que permiten los viajes al espacio?

Un argumento que se oye frecuentemente a favor de estas inversiones es el que cuestiona la validez, e incluso la ética, de gastar grandes cantidades de dinero en proyectos como mandar hombres a la luna o explorar otros planetas con sondas que cuestan cifras de 6 ceros en dólares, mientras por otro lado millones de seres humanos viven en la extrema pobreza o mueren de hambre aquí en la tierra.

Hay varias respuestas posibles a este cuestionamiento: uno es la importancia de explorar otros mundos, no sólo por el conocimiento mismo que se obtiene, sino por la tecnología que se desarrolla colateralmente a esta empresa. Muchas de las comodidades de que gozamos en la vida moderna –los privilegiados que podemos gozar de ellas, no olvidemos que una gran fracción de la población del planeta no cuenta ni siquiera con servicios básicos como agua corriente, electricidad o teléfono- son producto de las investigaciones tecnológicas que se hicieron en la década de los 60 para poder llegar a la luna. Todavía hoy seguimos recibiendo avances técnicos como nuevos materiales, alimentos, tecnología computacional y de comunicaciones que directa o indirectamente son derivadas de la investigación espacial.

Y sin embargo, no puede negarse que el viaje de Dennis Tito no parece haber aportado ningún beneficio importante para la humanidad -ni siquiera para un parte de ella. Lo único que parece haber demostrado es que, si uno tiene el dinero suficiente, puede hoy cumplirse caprichos tan extraños como hacer turismo en una estación espacial.

Ante esta realidad, la visión cínica que afirma que la ciencia y la tecnología son manifestaciones de un sistema capitalista que sólo busca la dominación y el enriquecimiento de unos cuantos, bajo el pretexto de la búsqueda del conocimiento. Cuesta trabajo no caer en este tipo de pensamiento. Consideremos, como un intento de antídoto, los riesgos de pensar así. ¿qué pasaría si proliferara la visión de la ciencia como un “gasto”, una empresa que no es costeable para una sociedad que enfrenta retos mucho más urgentes?

La consecuencia inmediata sería el empobrecimiento y quizá la desaparición del sistema científico, lo cual a su vez nos privaría de una de las fuerzas sociales que han resultado más influyentes en el rumbo de la humanidad en los pasados siglos. El peligro de perder de vista los amplios y múltiples beneficios que la investigación científica y tecnológica –en todas sus manifestaciones- nos proporcionan, deslumbrados tan sólo por el mal ejemplo de Tito y su capricho espacial es que nos ocupemos sólo de lo urgente, olvidando lo importante: que enfoquemos nuestros recursos sólo a los problemas del momento, y olvidemos el desarrollo que debemos mantener para el futuro.

Después de todo, no hay que olvidar que la ciencia y la tecnología sirven para muchas, muchas más cosas que para poner una sonrisa en el rostro de un millonario californiando de edad madura que siempre soñó con viajar al espacio.

6 de septiembre de 2000

El genoma humano: ni completo ni amenazador

por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM,
el 6 de septiembre de 2000)

Con una cariñosa felicitación a todo el equipo de Humanidades por sus 10 años de labor fructífera

Nuevamente el genoma. Esta vez para anunciar el final de lo que posiblemente sea, como se ha comentado ampliamente, uno de los proyectos más importantes y ambiciosos de la humanidad.

¿En qué consiste el publicitado logro? Básicamente en el desciframiento, o lectura (técnicamente llamado “secuenciación”), de la información genética completa de la especie humana, contenida en los 23 cromosomas que se encuentran en los núcleos de cada una de nuestras células. Dicho de otro modo, la determinación del orden en que están unidos los aproximadamente tres mil millones de nucleótidos, cada uno portador de una base (adenina, guanina, citosina o timina) que forman el genoma humano, formando 23 grandes moléculas de adn.

La hazaña fue lograda simultáneamente por dos grupos. Uno es un consorcio internacional, en el que participaban instituciones de investigación de varios países, el cual desarrollaba el Proyecto Genoma Humano, esa última gran empresa del siglo xx iniciada hace diez años. El otro es una empresa privada, Celera Genomics Corp., la cual, a base de dinero, computadoras y una estrategia menos precisa pero mucho más rápida que la usada por el Proyecto Genoma (un enfoque típicamente neoliberal, pues), estuvo a punto de ganar esta carrera de fin de siglo.

Al final, ambas empresas decidieron, gracias a la mediación diplomática de la administración de Bill Clinton, presentar públicamente sus resultados en una especie de empate técnico justo antes de llegar a la meta. Lo cual no significa que los dos científicos que dirigieron el Proyecto Genoma, Francis Collins y su antecesor James Watson (famoso por haber descubierto, junto con Francis Crick, la estructura en doble hélice del adn en 1953) hayan dejado de sentir una notoria animadversión hacia J. Craig Venter, presidente de Celera y uno de los científicos más presumidos y provocadores de los últimos tiempos.

Sin embargo, el estruendoso anuncio merece que hagamos algunas precisiones. Hay tres razones por las que el decir que se ha terminado de secuenciar el genoma humano es una imprecisión.

Primero: en realidad no se trata del desciframiento de toda la información genética de la especie humana: sólo de la de uno o unos cuantos individuos (el proyecto genoma analizó, según entiendo, adn procedente de una persona cuya identidad no es conocida, mientras que Celera analizó el de cinco individuos, en diversas proporciones). Pero debido a que –a pesar del hecho comúnmente aceptado de que no hay dos individuos genéticamente iguales (excepto los gemelos homocigóticos)– la variabilidad genética entre individuos es mínima (la más considerable diferencia entre el chimpancé Pan troglodytes y Homo sapiens es tan sólo de alrededor del uno por ciento), el determinar la secuencia del genoma de un individuo justifica la afirmación de que se conoce el genoma humano. Sin embargo, es precisamente en estas mínimas diferencias en las que radica el hecho de que algunas personas tengan enfermedades o características genéticas particulares y otras no. A partir de la información del genoma “base” que se ha determinado, habrá que determinar –de hecho, ya se está haciendo– las diversas variantes (alelos) de los genes involucrados en estas enfermedades y particularidades.

Una segunda precisión es que, aún considerándolo como un “genoma base”, no se puede decir que lo que se ha secuenciado sea el genoma humano completo, porque hay una parte mínima pero indispensable de la información genética de nuestra especie que no se encuentra en los cromosomas del núcleo, sino dentro de las mitocondrias, esas pequeñas “centrales energéticas” de nuestras células, como señaló recientemente Ruy Pérez Tamayo en un artículo publicado en Excélsior.

Finalmente, tampoco puede decirse que se ha terminado de descifrar el genoma porque Celera cuenta actualmente con el 99 por ciento de la información, mientras que el Proyecto Genoma con sólo el 97. Las partes que quedan por secuenciar son, como puede adivinarse, las más difíciles: aquellas cuya “lectura” resulta, por alguna razón, especialmente ardua.

Hechos estos comentarios, ¿qué podemos esperar de este logro histórico? No mucho por el momento, pero pronto seguramente serán identificados numerosos genes responsables de, o relacionados con, enfermedades genéticas, lo cual es un primer paso para comprender el mecanismo de las mismas y las posibles rutas para su prevención o tratamiento.

Por otro lado, las predicciones catastrofistas de los agoreros que están siempre prestos a ver en la ciencia la causa de las peores desgracias no tienen mucho fundamento. Desde luego, está descartada la creación de seres humanos diseñados para ser esclavos y otras fantasías de ciencia ficción, tanto por la actual imposibilidad técnica como por la actitud responsables que científicos y sociedades están tomando ante las nuevas tecnologías.

Un peligro más tangible es la posibilidad de discriminación genética basada en nuevas y poderosas técnicas de análisis genético, que permitan predecir la susceptibilidad de un individuo a numerosas enfermeadesa y que podrían dificultar su acceso a seguros de salud o a empleos: un escenario similar al de la película Gattacca. Sin embargo, es de esperar que conforme estas posibilidades se van convirtiendo en realidad, las sociedades vayan adaptándose y desarrollando maneras de lidiar con los posibles conflictos de un modo que no genere mayor inestabilidad.

¿Qué podemos esperar entonces para el futuro? En primer lugar, habrá que completar la secuenciación y comenzar a detectar los genes más importantes relacionados con enfermedades. También queda pendiente la tarea de determinar función del resto de genes, así como de sus secuencias reguladoras.

Con el tiempo, podemos esperar que esto lleve –quizá más rápidamente de lo que pensamos– a desarrollar nuevas y más efectivas terapias génicas, sustitución o eliminación de genes nocivos, primero de individuos y luego de pool genético de la especie

De lo que no hay duda es que, ante el nuevo futuro potencial de modificación genética, tendremos que aprender a ser responsables... pero para ello primero tendremos que estar bien informados.

21 de noviembre de 2001

Mente y belleza

Por Martín Bonfil Olivera
(Publicado en Humanidades,
periódico de la Coordinación de Humanidades de la UNAM,
el 5 de mayo de 2004)
Para Enrique, por tantas explicaciones.

El estudio del comportamiento humano es quizá una de las áreas más controvertidas en las ciencias biológicas. El debate entre lo que es producto de la cultura y lo que tiene una base biológica o genética ha durado cientos de años, y sigue siendo tema de debate e investigación. El comportamiento sexual del ser humano ha sido uno de los temas más favorecidos por este tipo de investigaciones.

Hace unos años, por ejemplo, varios investigadores, entre los que se encontraban Dean Hammer y Simon LeVay, investigaron acerca de las causas biológicas de la homosexualidad, el primero encontrando genes relacionados con este comportamiento, y el segundo estudiando las diferencias en ciertas estructuras de los cerebros de hombres homo y heterosexuales. Estos resultados parecían apoyar la idea de que las preferencias sexuales son algo determinado biológicamente, y no tanto un rasgo cultural aprendido (o incluso elegido por decisión personal). Desde luego, las protestas de quienes consideraban que este enfoque era reduccionista y absurdo no se hicieron esperar.

Pero la tecnología avanza, y los métodos para estudiar el funcionamiento cerebral permiten hoy hacer experimentos en humanos que antes hubieran sido inconcebibles (no por peligrosos o poco éticos, sino literalmente porque a nadie se le hubiera ocurrido que pudieran llevarse a cabo –excepto quizá a los escritores de ciencia ficción).

Recientemente, un reporte difundido por la agencia Reuters indica que investigadores de la universidad de Harvard han estudiado la respuesta cerebral de hombres heterosexuales ante las caras de individuos de uno y otro sexo considerados atractivos. Los resultados son por demás interesantes, y abren vías para numerosas investigaciones posteriores, así como para la especulación e incluso las visiones fantacientíficas.

Para el estudio, publicado en la revista Neuron, los científicos utilizaron una de las nuevas técnicas para obtener imágenes del interior del cuerpo vivo, todas ellas basadas en el fenómeno de resonancia magnética nuclear (RMN), descubierto en 1946. Las técnicas de RMN aprovechan la propiedad que tienen ciertos átomos –en particular el de hidrógeno– de absorber radiación electromagnética –ondas de radio– y emitirlas de nuevo con cambos en su fase o su frecuencia. Como las moléculas que forman la materia viva contienen abundante hidrógeno, y como la absorción y emisión de radiación varía según el tipo de tejido, es posible, utilizando computadoras, formar imágenes nítidas del interior del cuerpo vivo. Inicialmente estas imágenes estaban limitadas a una especie de “rebanadas” bidimensionales, pero posteriormente se ha avanzado hasta obtener imágenes volumétricas e incluso “videos” en los que puede apreciarse el movimiento o el flujo de sangre que ocurre en el interior de un cuerpo –o un cerebro– vivos.

En particular, la técnica particular utilizada en el estudio al que me refiero se denomina MRI, o visualización por resonancia magnética (magnetic resonance imaging). El experimento consistió en 3 fases: en la primera, varios varones heterosexuales jóvenes observaron en una pantalla fotos de rostros de hombres y mujeres, y las clasificaron en “atractivas” o “normales”. Las caras ya habían sido clasificadas previamente mediante un estudio de opinión. Se encontró que las opiniones de los sujetos del experimento coincidían con la clasificación previa: tanto caras femeninas como masculinas podían ser reconocidas como atractivas o “promedio” por los sujetos.

En la segunda fase, utilizando otro grupo de varones con las mismas características, los sujetos podían controlar mediante un botón el tiempo durante el que el rostro aparecía en la pantalla: se notó que tendían a ver por más rato los rostros femeninos atractivos, mientras que hacían desaparecer rápidamente todos los demás.

Finalmente, en la tercera etapa –la más interesante–, un tercer grupo de jóvenes observó las fotos mientras que los científicos observaban el interior de sus cerebros utilizando MRI. En particular, se estudiaron ciertos centros cerebrales (conocidos como “centros del placer”, entre ellos el llamado nucleus accumbens) cuya actividad ha sido relacionada con objetos placenteros (o como dicen los especialistas, “gratificantes”), por ejemplo, con la comida, las drogas o el dinero.

El resultado fue claro: sólo las fotos de mujeres atractivas activaban los “centros del placer”; las fotos de hombres, aun si eran considerados atractivos, no producían la activación de estas zonas cerebrales, e incluso produjeron “lo que puede considerarse como una respuesta de aversión”, en palabras de Hans Breiter, autor principal del estudio.

La finalidad del estudio era separar la apreciación estética de rostros bellos de la atracción hacia ellos (cuestión que ha sido debatida, según comentan los propios autores, desde hace largo tiempo en el campo de la estética –Kant se preguntaba si la percepción de la belleza podía separarse del deseo). El tema es apasionante, y tiene ramificaciones que abarcan de lo biológico (las bases evolutivas de la apreciación de la belleza) hasta lo social (la posible discriminación laboral hacia personas “promedio” para favorecer a la gente guapa).

Sin embargo, la metodología y las características del los sujetos resultan muy sugerentes más allá el campo de las bases neurológicas del juicio estético.

Por un lado, y regresando al tema con que inicia este texto, el experimento obvio que uno pensaría es realizar la misma prueba con individuos homo y bisexuales (así como mujeres con diversas orientaciones sexuales). Aunque el sentido común predice que los “centros de placer” de los cerebros de homosexuales sólo reaccionarían ante rostros atractivos del mismo sexo, y los de bisexuales ante los de cualquier sexo, sería muy interesante comprobar si en efecto sucede así. (Las elaboraciones sofisticadas como una “máquina para detectar homosexuales” me parecen demasiado fantasiosas –por inútiles–, pero sería interesante encontrar también si las reacciones cerebrales coinciden siempre con lo que se afirma a nivel consciente, por ejemplo en personas que no aceptan la atracción que sienten por su mismo sexo.)

Sin embargo, hay que tener cuidado. El boletín de Reuters cita a Nancy Etcoff, una de las coautoras del estudio, comentando que los resultados sugieren que “la percepción humana de la belleza puede ser innata”. Me parece que la afirmación es muy arriesgada: no hay que confundir el encontrar una estructura cerebral que se correlaciona con un fenómeno mental, con el erróneo concepto de que dicha estructura es el fenómeno. El hallar que un gen o una estructura cerebral sean indispensables y participan en un fenómeno de la conciencia no quiere decir que dicho fenómeno no sea mental, sino físico: por el contrario, sería absurdo pensar que pudiera haber fenómenos mentales que no tuvieran un sustrato en el cerebro.

Al final, lo que quizá este tipo de experimentos logren es enfrentarnos a la visión dualista que todavía muchas veces tenemos cuando nos enfrentamos al estudio de lo mental.